《Señores
viajeros, bienvenidos a bordo de este tren. Renfe les agradece su confianza.
Les recordamos que está prohibido fumar a bordo. Muchas gracias y buen viaje》
Maldita ley antitabaco. Nunca comprenderé
por qué tanta prohibición. Antes se
fumaba hasta en la consulta del médico y no pasaba nada. Resignado, me acomodo
en mi asiento y cierro los ojos. Me quedan cinco horas de viaje por delante y
estoy ya agotado. El susurro del viento al ganar el tren velocidad, invita a
relajarme. A mi lado, una chica joven escucha música desde su móvil. Repaso
mentalmente todo el equipaje. Espero no haberme olvidado de nada. La maleta de
ropa con cuatro camisas y tres pantalones de tela, la chaqueta y los botines y
mi arma reglamentaria. Aunque esté de vacaciones, debo llevarla encima. Bolsa
de aseo, portátil y los regalos. Está todo.
Obtuve mi plaza en el CNP (Cuerpo Nacional
de Policía) hará cinco años. En mis planes no estaba ser policía pero una novia
que tuve me convenció. Decía que ser funcionario era la mejor opción laboral. Y
la verdad, es lo mejor que pude hacer. Salario digno, buen ambiente y horarios flexibles. Pude pedir destino en
mi ciudad natal, Madrid. En una capital como aquella, trabajo no faltaba.
Robos, accidentes, altercados, todo tipo de denuncias y una lista interminable
de sucesos marcaban mi día a día.
El llanto de un niño me despertó de mi letargo.
Sus pulmones parecían no tener fin. Me revolví en mi asiento buscando de nuevo
postura. Sin querer toqué a la chica de al lado, pero me correspondió con una
sonrisa. Me dispuse a retomar mi lectura. Estaba leyéndome un libro de misterio
y fantasía. Y la verdad es que me estaba gustando mucho. Tenía ganas ya de ver a Lola y sus hijos.
Vivían en Donostia y aquella época del año era ideal para visitarles. Iríamos
de excursiones por la costa. Lola era una gran amiga de la infancia. Por motivos laborales emigró a Guipúzcoa y
allí se quedó.
De repente, el tren para en seco. Pienso
que es la típica parada que suelen hacer como control ferroviario, pero tardan
más de lo normal. Entonces, todo el vagón escucha un gran revuelo en el vagón
contiguo. Alarmados, los pasajeros comienzan a cuchichear. El interventor y
otro operario de Renfe están parados a la altura del aseo. El cadáver de una
mujer yace en el suelo. Me aproximo al interventor y me identifico como
policía. Está pálido y muy nervioso. Le calmo y me ofrezco a hacer varias
llamadas a los compañeros. Estamos entre Segovia y Valladolid. Hablo con él conductor del tren y decidimos
llegar a la estación más próxima. Le ruego que no deje bajar a nadie del tren.
El asesino está a bordo y no podemos dejarle escapar.
El cadáver de la mujer presenta signos de
ahorcamiento. ¿Cómo es posible que nadie haya oído nada? Las puertas de los
aseos son bastante rudas pero el espacio es ínfimo. A duras penas cabe una persona sola, como para
poder asesinar a alguien con la puerta cerrada. ¡Qué barbaridad! No tengo mucho
tiempo para pensar y mucho menos experiencia en este tipo de crímenes. Cierro
las puertas de los vagones y me quedo solo en la puerta del aseo con el
interventor y dos empleados. La mujer viajaba sola, tendría unos 35 años más o menos.
Custodio su móvil. Indico a los empleados que eviten tocarla a ella y a las
paredes. Cualquier punto de aquel escenario podría contener alguna huella. El
arma homicida, o, mejor dicho, aquello que usó el asesino para ahorcarla, no
estaba en la escena del crimen. Me dispongo a hacer varias llamadas. En cuestión
de diez minutos un equipo de criminalística nos espera en la estación de
Valladolid. Ante el nerviosismo de los pasajeros me hago con la megafonía y
emito un mensaje de calma.《Señores viajeros. Hemos
sufrido un percance y debe intervenir la policía en él. Les ruego tengan calma y estén atentos a
nuevas indicaciones. Llegaremos a Valladolid en diez minutos. Por favor, no se
bajen del tren hasta que se lo indiquemos》
****
Marisa pasa las hojas del periódico
matinal lentamente. Inflación, nuevo caso de violencia machista, vuelta al cole
y precios desorbitados en la cesta de la compra. Más de lo mismo. Cada día la
misma historia. 《Próxima parada: Palencia》.
Levanta la cabeza y mira por la ventanilla. Hace un día espectacular. Sol
mediano y viento fresco. Ideal. Espera encontrarse en Madrid un tiempo parecido.
Viaja por temas de trabajo pero no le importa porque adora la ciudad.
Aprovechará y se quedará allí el fin de semana. Fijo que se cuela en algún
musical, espectáculo o actuación en vivo. En Madrid siempre hay algo que hacer.
Se muere por un café, pero no quiere incomodar al chico que duerme en el
asiento contiguo. Decide esperar. Dos chicas más jóvenes hablan sin parar en
los asientos de atrás. Marisa ya conoce
al novio de una de ellas, el cual cuelga muchos vídeos en Instagram. Se sabe hasta la canción favorita de la pareja, una cuya letra no entiende
pero el ritmo le gusta. Y de la otra amiga sabe que ha mentido a sus padres,
que esta escapada es lo más para las dos. Aburrida de escucharlas, decide
despertar al bello durmiente. Entre ronroneos se mueve para dejarla pasar. La
cafetería está entre el vagón uno y dos. Ella está en el tres. Anda a
contracorriente por el pasillo principal. Como puede y para no caerse, se va
agarrando a los asientos del tren. Le
cuesta llegar a la cafetería pero al fin huele a café. Menudo robo estos de Renfe. Paga y decide
quedarse a tomarlo allí. Entonces un grito rompe el silencio. Sin saber que
pasa se asoma al pasillo y ve a varias personas de pie en el vagón.
— ¡Oh, Dios mío!. Una señora de mediana edad
llora desconsolada.
— ¿Qué ocurre?.
— ¡Por el amor de Dios!. Le han rebanado el
cuello.
Atónita, Marisa se echa encima el café. Se
quema la tripa pero no siente nada. Está alucinada.
Enseguida acuden al vagón empleados del
tren. Un trabajador de seguridad pide calma y que permanezcan en sus asientos.
Un hombre acababa de ser asesinado en el aseo del vagón número dos.
****
Dos cadáveres, una mujer ahorcada y un
hombre degollado. Ambos en un tren de
larga distancia, sobre la misma hora y en trayectos justamente opuestos. Uno
iba hacia Donostia desde Madrid y el otro viajaba de Donostia a Madrid.
Claramente no era casualidad. Las víctimas no tenían ningún tipo de relación
entre sí, en principio. Buscaban a más de una persona implicada en los crímenes
ya que una sola persona era materialmente imposible que lo hiciera.
La agente Jota jugaba con sus mechones de
pelo mientras miraba los atestados. El equipo de criminalística había tomado
huellas en ambos aseos. También restos de lo que podía ser el arma homicida en
el caso del hombre degollado. Muestras de pelo, huellas y restos de tejido.
Ahora estaban a la espera de lo que determinaran las autopsias. Se habían
registrado nombre y apellidos junto con cada billete de tren, de todos los
pasajeros. No había ninguna discordancia en los billetes.
Marcus fue llamado por la agente Jota. Ella
le agradeció su pronta actuación y la toma de mando del tren. Tras aquello,
Marcus había cancelado sus vacaciones con Lola, puesto que los acontecimientos
así lo exigían.
Le encantaba el físico de la agente. Era
la típica mujer en la que se fijaría sin dudarlo. Tenía un tic curioso, y es que
al hablar levantaba tan solo una ceja, lo cual hacían más creíbles sus
palabras. Además, tenía unos ojos
espectaculares, color miel. Se sentía afortunado por haber recibido ese
reconocimiento y quería pertenecer al caso hasta que se resolviera. Así se lo
hizo saber a Jota.
— Yo
creo que no deberíamos haber desalojado los trenes tan rápido. De esa manera los homicidas han escapado
fácilmente.
—
No podíamos retener a los pasajeros por tiempo
indefinido en el tren. Hay leyes que debemos respetar. Además tenemos
identificados a cada uno de ellos.
La agente ahora se mordía el labio
inferior. Gesto que puso nervioso a Marcus.
—
En una hora tendremos los resultados de las
autopsias. Espero que eso nos de alguna pista. Quédate con nosotros si quieres
contribuir al caso.
Para hacer tiempo, fuimos a tomar un café
de máquina en la comisaría. ¿Qué extraño motivo llevaría a alguien a asesinar
de ese modo? Pregunta que ni uno ni otro podíamos responder.
Las autopsias determinaron, a parte de lo
que ya se sabía, que tanto la mujer como el hombre habían forcejeado con su
agresor. Encontraron en las uñas de ambos un material pesado, como plomo. Ahora
tocaba investigar a qué clase de ropa o
vestimenta podía pertenecer. Aunque, ¿de qué serviría eso? Por mucho que
descubrieran de que tejido es, no podían saber quién iba vestido así ese día.
Pero, la cosa iba más allá. Esa clase de tejido también estaba presente en el
equipaje del agresor, y en las cámaras del control de acceso a ambos trenes se
podía apreciar dicho material.
Así que con los datos del laboratorio y
las imágenes, empezaron las estadísticas.
Del acceso a Madrid sólo dos maletas
tenían dichas partículas. Comprobaron el billete correspondiente a dichas
maletas y solo tuvieron que, por descarte, renunciar a uno de los
pasajeros. Fue tarea fácil, porque uno de ellos se había bajado en
Segovia, es decir, que en el momento del
asesinato ya no estaba en el tren.
Del acceso a Donostia fue un poco más complicado, porque al
contrarrestar los datos hubo cuatro coincidencias. Pero al tener ya un pasajero
sospechoso del acceso a Madrid, podían atar cabos.
Estaba siendo una tarde muy intensa para
Jota y Marcus. Estaban muy cerca de resolver el crimen pero también muy
agotados.
El sospechoso número uno, era un ciudadano
polaco. El material que portaba en su maleta y en su ropa, era usado en el
ejército. Protegía de la lluvia y otros
factores externos. La víctima se llamaba Elena Sartus, fue ahorcada con una
soga. Dieron la orden de búsqueda.
En los posteriores días, se supo que Orson
Paterson mataba a contrato. Es decir,
pertenecía a una mafia completamente estructurada. Habiendo pillado al
primero, ya no tuvo ningún misterio descubrir al segundo asesino del tren.
Pertenecían a la misma mafia y los datos de los billetes lo revelaron.
Tanto Elena Sartus como la otra víctima fueron
asesinados a cargo de sus exparejas, que casualmente estaban liadas una con
otra. Es decir, habían contratado a estos matones para tal fin. Debían asesinar
en un entorno poco común para no levantar sospechas. Eligieron ese día en
concreto porque ambos cónyuges viajaban en direcciones opuestas. ¿Quién iba a
pensar que tenían relación alguna?

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