Camino
Soria encontré esta estampa. Nevada, solitaria, olvidada.
El manto frío y helado de sus cumbres no parecía impedirlo.
El rebaño de ovejas avanzaba por la montañosa pradera. El sonar de los
cencerros pone melodía a su paseo, las pisadas y los berreos, el son de la
canción que compongo mientras las veo. Tras la vegetación oscura y solemne se
alza una choza, propia de un cuento de misterio. La humedad se adentra en mis
huesos mientras la chimenea humea sopor. Corderos lanudos y sombríos pastos
esconden mi ser.
Tú, tímida y ausente, me ves desde el balcón. La luna
ilumina el paisaje, nevado, oscuro, único y sutil. Pronto amanecerá, pero se
que aún estarás ahí. Inamovible, tras el visillo me observas andar por estas
tierras. Tierra de vid y ganado. Tierra de profundas raíces donde te conocí. Tras
tus pasos yo voy. Cada huella helada que me encuentro me permite dar un paso
más. Avanzo en la nieve y rastreo tu
olor. Nada es ya como antes. Ahora es mucho mejor. Yace en el monte un cuerpo,
una oveja descarriada que abandonó su rebaño. Sin los suyos no pudo sobrevivir,
lo mismo me pasa a mí sin ti.
Pasto en Soria esperando una señal. Me escondo en la nieve
huyendo del sol. Solo la luna me inspira confianza, porque ella nos descubrió
en una noche ya pasada. Años atrás, cuando todo era distinto, años atrás cuando
el rebaño estaba íntegro. Murmullo entre arbustos helados, esperando
encontrarme con tus labios. Y sé que no me fallarás, porque si en Soria te
enamoras, en Soria permanecerás.
La noche avanza y la luz del sol comienza a emerger, la
nieve lucha por mantenerse intacta y tu recuerdo sigue presente. Huele a monte
y leña quemada. Una sensación que invade mi alma.

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