Estaba en paz. Ni tristeza ni
alegría. No sentía nada, solo una
auténtica paz que inundaba todo mi ser. Te veía desde arriba, como levitando en
aquella habitación del hospital. Te veía allí, apoyado en la camilla y me veía
a mí misma, tumbada en ella. Pero no me lastimaba verte llorar, tampoco me
importaba verme maltrecha, solo observaba y estaba ahí, sin más. Ningún sentimiento afloraba mi piel mientras permanecías
a mi lado. Cuando entraba mi hermano a verme tampoco me producía ningún anhelo
o efusividad. Era raro, muy raro. Pero os escuchaba hablar, veía como os abrazabais
y os dabais palmadas en la espalda. No tenía ganas de gritar, tampoco de llorar
ni reír. Mi cuerpo no sentía las vías que habían atravesado mi piel. No sentía
dolor en la cabeza aunque en ella asomara una gran cicatriz. Mi mundo ya no era
mío. No era mío porque ya no estaba en él. Lo veía pero no formaba parte de
aquellos momentos.
Permanecí en ese
estado catatónico durante veinte días, con sus 24 horas, todos sus minutos y
segundos, sus lluvias y sus luces. En todo momento te vi a mi lado. Nunca te
separaste de mí. El coma nos enfrascó en una rutina incierta en la que
desesperado, tú no sabías hacia donde ir. La gente te aconsejaba. Te decían que
pensaras en tí. Que no me abandonaras, pero que te mantuvieras al margen. “ ¿A
qué margen?”. No había ningún margen porque tú y yo éramos un todo. No había
ningún margen porque nada ni nadie nos separaba. Éramos una simbiosis perfecta
y gracias a eso puedo hoy contarlo. Sin tu apoyo no hubiera sido posible.
Pasaron los días y mi
estado no mejoraba. Constantes vitales estables pero dependencia emocional
nula. Te fuiste consumiendo en una depresión enorme en la que estabas
completamente solo. Yo, tu compañera de viaje, te había dejado en un stand
by y era difícil que volviera para activarte. Aún y todo, no perdías la esperanza.
Cada día era un nuevo juego que comenzar, cada momento podía ser el primero de muchos.
Confiabas en mí y creías en mis posibilidades de renacer. Todas las cenizas se
unirían para hacer de mí una nueva mujer. Sería un milagro o tal vez una
segunda oportunidad, pero estaba claro que no iba a terminar así. No podía
acabar conmigo. Demasiado sufrimiento para
no verse recompensado.
Y un 12 de Febrero
volví a ser yo. Comenzaba un nuevo día y noté como los dedos de mi mano podían
moverse. Volví a conectarme de esta manera al mundo. En la visita diaria, me
besaste y por fin pude corresponderte con una lágrima. Te quedaste alucinado y
rompiste a reír y llorar al mismo tiempo. Era el comienzo de un nuevo
principio. Mi segunda vida. Poco a poco fui recuperando movilidad, cogí peso y
mis facciones se fueron pronunciando. Los días avanzaban lentos pero eran
necesarios para que yo mejorara. No desesperaste. No me abandonaste. Volviste
conmigo a aprender a hablar, a poder escribir, a indagar en la memoria más oscura
e impenetrable. Juntos.
Como un nuevo
amanecer, las luces se abrían paso en el cielo. Las posibilidades de mejorar
eran más grandes incluso. Sin tí no lo hubiera hecho. La paz que sentía cuando estaba en coma no
podía ser eterna. Aún me queda mucha guerra que dar aquí.
Ahora en el ocaso, el
sol se esconde pero no es la oscuridad la que me atormenta esta vez. Es tu
ausencia lo que no podría soportar. Gracias compañero. Gracias por estar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario