domingo, 22 de septiembre de 2024

MUERTE




Se puede morir de muchas maneras. Morir ahogado, electrocutado, atragantado,  quemado. Morir por una enfermedad, en un accidente, morir de casualidad o de forma predeterminada. Morir sin apenas enterarse, morir agonizando, sufriendo, morir lentamente o de manera precoz. Gritando o en silencio. Habiendo vivido mucho o apenas haber empezado. Se puede morir vestido o desnudo, recién comido o en ayunas. Morir solo o acompañado. En tu casa o de viaje. En definitiva, se puede morir de muchas maneras. Pero la peor de todas las muertes es morir en vida. En ella, sigues respirando, sigues viendo lo que te rodea, sientes frío o calor, pero estás muerto. Puedes pensar por ti mismo, dar un paso hacia delante,  otro hacia atrás, reír y llorar, gritar o callar,  pero sigues muerto. Nada hará que mejores, porque para ti la vida terminó. Puedes escuchar, hablar o simplemente mirar, pero nada te llena o hace sentir bien. Tu mente está totalmente bloqueada, anulada, inservible. Por mucho que te esfuerzas, no mejoras ni cambia nada. Morir en vida es dejarte marchar, estar pero sin estar.  Es la peor muerte porque no es una muerte en sí, sigues viviendo y lo haces sufriendo, perdido en tus miserias y en el mundo mudo que te rodea.

                                                                           ***

Los zapatos esperaban un poco mugrientos en la balda del pasillo principal de la casa. Esperaban ser calzados y poder salir a recorrer caminos hechos, caminos sin camino  y caminos a medio hacer.  Mientras, tú te debatías entre ducharte o lavarte sin más,  por encima. Te daba pereza cualquier cosa. Las ganas de vivir se habían marchado hace tiempo y no hacías nada para remediarlo. Al igual que tus zapatos, te sentías olvidado. “No” era tu palabra, no. A todo le veías el lado negativo y ni un ápice de luz o esperanza asomaba en tu día a día. Sin saber por qué, habías sucumbido a la oscuridad de tu hogar. Te habías atrincherado en ella como si fuera el único refugio donde sentirte cómodo. La gente ya no se acordaba de ti, nadie te esperaba fuera, ni dentro, ni al otro lado, nadie. Las horas pasan, marcan cada segundo que se va para no volver. Respiras por supervivencia pero en realidad estás muerto.

En una amago de resurgir de tus cenizas, fijas la mirada en el aparador. Ves tus zapatos y decides calzarte. Echas un último vistazo a tu salón,  a tu sofá, ese que te atrapa cada día y no te deja marchar. Decides dejarlo atrás y con ímpetu cierras la puerta de tu casa. El tímido sol te ciega al salir a la calle. Por primera vez en mucho tiempo te sientes bien, respiras hondo y tus pulmones se ensanchan. Estás relajado, comienzas a andar con tus mugrientos zapatos color marrón. Están viejitos pero son cómodos y te permiten caminar como si el suelo fuera un gran algodón. Cruzas el barrio y sonríes. Sin saber por qué, has roto con la rutina y eso es un gran paso para ti. Te paras en el quiosco y compras la prensa. En la siguiente esquina decides tomar un café y leerlo. Tras ponerte al día: nuevos casos de corrupción, más crímenes por violencia machista, peleas entre diferentes partidos políticos, huracanes y huelga de transporte. Te paras en la página de las esquelas. — ¿Qué se sentirá al morir? —te preguntas mientras repasas cada nombre de los fallecidos. Tal vez para ti la muerte se trate de algo liberador. Acabar con tanto sufrimiento acumulado. Poder terminar con esa agonía que te persigue, descansar de la ansiedad y la depresión. Poner fin a todo lo malo. Pero no te atreves a quitarte la vida. Crees que es algo muy heroico que tú no puedes hacer. En realidad si tú murieras no cambiaría nada.  El mundo seguiría girando, la gente se mataría igual,  el planeta se manifestaría a base de tornados, volcanes y demás efectos climáticos. Sí, nada afectaría tú muerte. La porción de vida que ocupamos en el universo es sumamente pequeña. La percepción del mundo acaba cuando nosotros desaparecemos. Nada cambia eso. Y tú, aunque no tengas nada por lo que vivir, quieres seguir esperando. Esperar por si acaso, por si las cosas cambian, por si tus anhelos te hacen revivir, por si el sol deja de lucir un día, por si te pierdes cosas interesantes. Por si la vida tiene remedio.

Mueves los dedos de los pies dentro de tus zapatos desgastados y un impulso de seguir andando llega a ti. Ahora paseas contemplando la calle, los escaparates y la gente que pasa por tu lado. “Qué diferentes somos cada uno de nosotros”. Si te paras a pensar no hay dos personas iguales, ni siquiera si son gemelos, cada cual es peculiar y único.  El cielo se ha oscurecido y sientes alguna gota de lluvia caer sobre ti. No llevas paraguas, pero te da igual. La sensación de mojarte te hace sentir vivo. Sigues paseando bajo la lluvia y lanzas un pequeño suspiro. Hoy la cosa va a cambiar. Vas a empezar a hacer cosas, como pintar que tanto te gustaba. En cuanto llegues a casa vas a desempolvar tus lápices y dibujarás todo aquello pendiente.

Pensando en todo eso te descuidas al cruzar la carretera.  De pronto un claxon se oye en toda la calle, a continuación un gran frenazo. Un fuerte golpe te eleva por los aires. Luego, la nada.

Pensamos que mañana será el día, todo lo dejamos para luego sin pensar en que el destino es caprichoso. Tú quisiste cambiar, mejorar tu bienestar. Dar un giro a tu vida, pero ya era tarde.

 

lunes, 16 de septiembre de 2024

EL INGRESO

 


EL INGRESO

Oscuridad. Abro los ojos y veo eso, oscuridad absoluta. Negro es el ambiente como negro está mi corazón. No puedo moverme, estoy amarrada a una camilla. No entiendo nada, no sé dónde estoy ni que he hecho para estar así. Grito. Con todas mis fuerzas intento desatarme, pero solo consigo hacerme daño. Mi corazón late fuerte, tengo la boca seca y ganas de orinar. No hay nadie alrededor. Sólo puedo ver el techo. Me giro como puedo, la puerta de la habitación está entreabierta, se oye murmullo fuera. Vuelvo a gritar. Clamo ayuda pero no obtengo respuesta alguna. El tiempo pasa. Nadie viene. Me siento olvidada y maltratada en aquella sala del hospital. Entonces comienzo a recordar. Anoche acudí a urgencias. Sufrí un brote psicótico en los andenes del cercanías de Madrid. No era capaz de viajar en tren. Mi mente me traicionó y me hizo vivir sucesos que no estaban pasando en la realidad. Sentí miedo, mucho miedo.

La enfermedad mental nos asusta. Sentimos rechazo ante lo desconocido, ante el sufrimiento y la ansiedad. Nadie está libre de padecerla, y nadie la comprende en su totalidad. Pero ahí está, acechante y permisiva, esperando el momento adecuado para atacar. La medicación ayuda a nivel cerebral a restablecer niveles óptimos , pero lo que de verdad ayuda es una terapia adecuada. Atarme a una camilla solo consigue el efecto contrario. Te vuelves débil y te revelas, sacando lo peor de ti mismo. Además, tus extremidades se ven afectadas, pueden producirse trombos por la mala circulación. Estar atada te inhabilita por completo. Es inhumano. La práctica de la contención mecánica lleva haciéndose desde mucho tiempo atrás. Es  hora de avanzar. Es hora de tratar a la gente como lo que son, personas. Si acudes a un centro sanitario es en busca de ayuda, no para que te torturen.

Extasiada, miro hacia la ventana de rejas que me aparta del mundo. Un pequeño haz de luz entra por ella. Sigo atada. He perdido la noción del tiempo y estoy agotada de llorar. Me siento culpable y no sé de qué. Debo ser una horrenda persona. No entiendo nada de lo que me está pasando y nadie me lo explica. Oigo ajetreo detrás de la puerta de mi habitación. Unos pasos se aproximan. Y al fin, oigo girar el pomo. Dos enfermeras entran y me dan los buenos días. Buenos días dicen, maldita sea. Intento hablarlas pero mi voz se pierde en mi garganta. Estoy agotada, no tengo fuerzas.

Me quitan las amarras y me ayudan a incorporarme. Me mareo. Con su ayuda vamos a la ducha y me vuelvo a marear. Tienen que ducharme ellas porque soy incapaz de moverme. Tras el aseo me quedo sentada en una silla al lado de la camilla. El médico vendrá enseguida. Me explican que ayer estaba muy alterada y tuvieron que recurrir a esa técnica de amarre. Les digo que es lo peor que me han podido hacer. Se hace el silencio. Ellas lo saben también. Ellas no se lo harían a un familiar. Ellas son cómplices de esa tortura.

Tras la visita médica tengo claro que quiero salir de allí cuanto antes. Colaboro en lo posible para ello. Intervengo en las terapias,  me relaciono con otros pacientes y rezo para mis adentros. La unidad de agudos de psiquiatría no es camino fácil.  El trato es frío y el tiempo pasa despacio. Tan solo una enfermera empatizó conmigo. Se tomó su tiempo para escucharme, asesorarme y hacerme sentir mejor. Siempre le estaré muy agradecida.

Mi estancia allí se alargó un mes. Un mes en el que cumplí años y tan sólo una nota en el menú me lo recordó. Estaba triste, apática y desmotivada. Mis emociones se habían paralizado. Solo tenía ganas de fumar. Las visitas de mis padres amenizaron un poco mi ingreso. Lo estaban pasando realmente mal. Acabábamos discutiendo por esto y lo otro, sin llegar a una conclusión tajante. Pero sin su apoyo no hubiera sobrevivido.

Esquizofrenia, bipolaridad, trastorno límite de la personalidad,  depresión, etc. Etiquetas que te marcan de por vida, etiquetas que te hacen sentir distinto. Etiquetas al fin y al cabo. Cada uno es más que todo eso. Cada persona es única e irrepetible. Es duro cerciorarse de tu enfermedad, pero una vez asumida puede abrirte puertas de esperanza. Yo tardé en asumir mi “ tara”, mi “peculiaridad”, mi “ distinción”. Y sé que eso no me hace diferente, si no más especial si cabe. Estar metida en el fango más hondo no hace otra cosa que fortalecerte y hacer que resurjas con más luz.

Hoy celebramos la salud mental como parte de nuestras vidas. Nos empoderamos porque sabemos que la lucha por vencer el estigma y la discriminación nos hace fuertes. Fuertes ante el sistema, ante una sociedad ciega que cada vez contiene más afectados. Sin una buena calidad mental no somos nada. Debemos unirnos ante esto. Tejer una Red de ayuda, acompañamiento y apoyo. No estás solo. No estás sola. Juntos hacemos la recuperación más llevadera. Porque de todo se sale, eso es así. Y aunque los baches son duros de traspasar, la fuerza interior es más auténtica.

Por una salud mental libre de prejuicios y abierta a nosotros mismos.

NOW JUMP

 


NOW JUMP

La ira por tu injusta muerte vengaré. Melenas rojas cual ríos de lava arrojaré por ti. La vida no es eterna, la muerte, sí.

La isla se veía enorme desde el avión. Siempre nos había gustado veranear en Canarias, puesto que todo lo que en esas islas había, no lo encontrabas en la península. Sus montes y aguas, la calima y sus nubes, el todo y el nada. Podías pasar de un ambiente totalmente veraniego al paisaje otoñal en sus rocosos montes. Sus tierras volcánicas formaban playas de arena negra. Yo nunca había visto algo así, tan rocosas y oscuras y, a la vez, tenues y finas.

Aquellas vacaciones quisimos practicar algún deporte de riesgo. Así que me acerqué a los monitores para pedirles información. Enseguida se ofrecieron a planear nuestras excursiones. Todo por un módico precio. Todo por un viaje inolvidable. Llegamos a la hora de comer al hotel. En el catering había una chica inglesa con su pareja. Ambos me llamaron la atención. No eran los típicos anglosajones rubios y de ojos azules. Al contrario, ella era pelirroja y él, moreno tizón. Siempre me acordaré de la mirada de la chica, de su melena roja y su voz angelical. Coincidimos en varias actividades dentro y fuera del hotel. Hablaban poco castellano,  pero entre el chapucero inglés de mi novio y mi arte gesticular, pudimos entendernos. La semana  prometía ser intensa. Primero visitaríamos el parque nacional de la Caldera de Taburiente, donde se encuentra el mayor cráter emergido del mundo. Decían que aquel volcán estaba activo, pero la verdad que nadie lo diría.

 Al día siguiente iríamos a hacer barranquismo y no sería un barranquismo cualquiera, lo haríamos ni más ni menos que en tierras volcánicas. Entre visitas guiadas a los diferentes puntos de la isla de La Palma, acabaríamos por hacer puenting. Pronto hicimos buenas migas con aquella pareja inglesa. Nos reservábamos las mesas a la hora del desayuno y la comida, siempre y cuando estuviéramos en el hotel, porque la mayoría de los días comíamos fuera. El volcán nos fascinó, las vistas desde allí eran espectaculares.  Gina me hizo un book de fotos con su Smartphone de última generación. Yo también le saqué muchas, con su melena roja al viento. Me fascinaba su pelo. Además era guapa, muy guapa.

 

    Please Rachel, Can you photograph me with my boyfriend here?

     Of course.

Les tomé unas diez fotos con el auto disparador. Quedaron genial. Siempre me ha gustado la fotografía y el encuadre en aquel paisaje lo hice bastante bien, todo hay que decirlo. La semana iba pasando y a mi aquello me entristeció. Estaban siendo unas vacaciones perfectas. Además,  a pesar de ser ya últimos de septiembre, el tiempo nos acompañaba. Llegaba nuestra última actividad: puenting. No era muy miedosa a las alturas, vivía en un doceavo piso en Donosti,  pero si me daba respeto el salto. La incertidumbre de no saber si el golpe al caer me produciría algún daño era lo que más me angustiaba. Los cuatro intrépidos prestamos  mucha atención al monitor. Lo explicaba en varios idiomas, castellano, inglés y francés. Gina nos había pedido ser la primera,  porque llevaba toda la vida soñando con aquello. Cuando el monitor estaba revisando los arnés, le dijo 《No jump》(no saltes), pero con la mala pronunciación, nuestra amiga entendió《Now jump》(salta ahora), por lo que se precipitó en aquel barranco vulcanizado para la eternidad.

Un día después, el 19 de Septiembre del 2021, el volcán Dorsal de Cumbre Vieja entró en erupción.

La ira por tu injusta muerte vengaré. Melenas rojas cual ríos de lava arrojaré por ti. La vida no es eterna, la muerte, sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


EL GATO BIPOLAR



La miro desde mi camita, la observo detenidamente mientras desayuna en el sofá. Hoy parece estar triste, anoche llegó muy tarde y se olvidó darme de cenar. No le tengo en cuenta eso, porque la quiero y la mimo como buen animal de compañía que soy. Hay días que se olvida de mi presencia, como si yo no existiera. Otros, en cambio, me busca por toda la casa para acariciarme. No hay quién la entienda. Yo sé que ella es especial. Tiene carácter pero a la vez es muy cariñosa, sobre todo conmigo. El verde de sus ojos vislumbra la verdad , verosímil y variopinta. La semana pasada me compró un rascador, pero yo prefiero rascar el sofá. Sin querer, a veces la araño y le hago heridas en su piel, pero mi intención no es dañarla. Soy muy complicado, al igual que ella. Cuando llora, como hoy, yo me acerco y la lamo para que vea que no está sola. Cuando jugamos con la pelotita que Aida me regaló, me pongo eufórico. Es superior a mí. Intento que la pelota siga mis normas, pero va por libre y eso me angustia. Hoy la angustiada es mi dueña. No me ha dado ni los buenos días. Me preocupa. Tal vez esté pasando un mal momento y no sé cómo ayudarla.

Me mima y me maúlla mientras me muero”. Eso es lo que ella piensa. Se siente muerta por dentro y yo quiero devolverle toda su energía. La vida no es fácil,  ni siquiera para mí, que lo tengo todo. Comida, calor humano y arena. No necesito más. Pero mi dueña lo pasa mal, quizá alguien la ha herido, quizá ha perdido su empleo o quizá simplemente esté así de triste sin ningún motivo. Decido aproximarme, lo hago sigilosamente sin que se dé cuenta. A la altura de su pierna me acurruco y ronroneo. Necesito de su cariño y ella necesita del mío. Se gira y me ve. Con lágrimas en su rostro me aúpa y me da un beso. Un beso húmedo en el que yo me derrito de gustito. A continuación coge su móvil y hace una llamada. Chilla y se enfada mientras habla. Cuelga y vuelve a sollozar.

Está claro que ha discutido con Juan. Hace días que no viene a esta casa, yo le reconozco por el olor a pachuli que deja en el salón. Han roto y ya no le volveré a ver. Él me daba trozos de pizza a escondidas. Jugaba conmigo y me hacía de rabiar. Una pena. Miro a mi dueña fijamente, ella me sonríe y me dice algo que no logro entender. Ya está más tranquila. Se vuelve a la cama y yo la acompaño. Juntos respiramos al unísono y nos perdemos entre las sábanas. Nos relajamos y roncamos ruidosos.

La vida con ella es un vaivén de emociones intensas. La sola y suave sensación de sentirla sin mí me supone sopor. No imagino una vida distinta, una vida sin ella. Muchas veces miro y muerdo aquello que me da. Me resigno a su manera de mentirme. A su manera de engañarme para ver mi reacción. Aún así, la quiero. Soy su aliado, su alter ego, su aliteración. Su máximo compañero, pretendiente y amigo. Aunque pasemos malos momentos,  nos tenemos el uno al otro. Y eso es lo que vale. No hay nada que me haga sentir mejor.

Una vez me salvó de precipitarme al vacío. Yo soy muy curioso y me asomé al balcón. Quería ver más allá,  la calle más de cerca. Justo cuando la mitad de mi cuerpo estaba pendiente desde aquel doceavo piso, sentí su mano en mi lomo. Pudo ser mi final.  Ella es mi superheroína, mi diosa, mi todo. Me encanta cuando me da patés para comer. Son mis preferidos. Ella lo sabe, ella supone que yo también lo sé. Así que, amigos, la vida junto a mi ama es la mejor de las vidas. No lo cambio por nada, aunque a veces ambos, seamos un poco ambiguos. Tristeza, felicidad, depresión,  euforia descontrolada. Todo en uno y uno en todo. Somos algo bipolares en estas bulerías que hemos decidido compartir.

domingo, 9 de junio de 2024

EL REGALO

 Recibí un regalo envenenado. Poco común, sutil y a mi medida. Se trataba de un curso de escritura creativa y sí, estaba envenenado. Envenenado de palabras, envenenado de giros, tramas y argumentos.  Envenenado de prolépsis, metáforas, rimas. Envenenado de ideas e historias variadas. Recibí ese regalo y no pude ponerme más feliz. Era el veneno que necesitaba para poder expresarme, sin límites,  escribir sin pausa. Un veneno dulce que tomé con gusto. Agradecí a mi misterioso amigo el regalo y probé su efecto inmediatamente. Ahora estoy bajo los poderes de ese conjuro y no puedo parar de teclear. Bendita sorpresa. Envenéname más veces.




domingo, 19 de mayo de 2024

LAS DELICIAS DE MARICARMEN



Nunca te habías atrevido.

Innovar es para ti un ejercicio se superación. “Lo harás bien, Mari Carmen”, te dices a tí misma.

Ayer compraste todos los ingredientes. Aquel día solo usarías el horno y poco más. O eso creías.

Sacas un bol, la batidora y el molde para el bizcocho. Si, hoy la cosa va de repostería. Nunca has hecho uno. Te surgen muchas dudas. Así que, buscas un tutorial en YouTube.  Colocas tu Smartphone en posición horizontal, apoyado encima de la cafetera a modo de televisor. Comienza la diversión. 

Cascas tres huevos y vacías un yogur griego con sabor caramelo sobre ellos. Los bates, primero a mano con una cuchara de palo y luego los rematas con la batidora. Lavas bien el envase del yogur porque te sirve de medida otra el resto. Al fregarlo te salpicas y manchas la camiseta. Se te ha olvidado ponerte el delantal. Fallo. Como si sirviera ahora ya de algo, te lo pones y anudas a la espalda.  Con el dichoso envase ya limpio, lo llenas de azúcar y lo viertes en la mezcla ya batida. Repites lo mismo otra vez. Remueves de nuevo. Ahora, según el tutorial, debes echar aceite de girasol con el envase del yogur. ¡Mierda!. No tienes de girasol  así que le echas de oliva, supones que dará lo mismo. Pero no, no es igual. El aceite de oliva es más fuerte y potenciará mucho el sabor. El caso es que a ti te da igual, y le das de nuevo meneo a la mezcla. Ahora viene el turno de la esencia de vainilla. En el tutorial le echan la rama, pero como tú ayer no encontraste en el súper,  le echas unos polvos que si que había y que ponía esencia de vainilla. Seguro que te queda mejor que a la pesada del tutorial. Vuelves a batir todo. Solo te falta la harina y la levadura. Entonces te das cuenta que no has encendido el horno. Tiene que precalentarse unos 20 minutos antes.

Bueno,  no importa. Metes la mezcla en la nevera y enciendes el horno. Te quitas el delantal y sales la terraza a fumarte un cigarrillo.  Aún queda cuarto de hora hasta que el horno esté caliente. Inhalas fuerte el humo, tus pulmones se llenan. Exhalas muy lentamente. Disfrutas cada calada al máximo.

Vuelta a la faena. Toca el turno de tamizar la harina. En este caso son tres medidas del envase del yogur, acordaros que era de caramelo, más la esencia de vainilla,  más el aceite de oliva. Una bomba de sabor. Para tamizar la harina, o espolvorear, que es lo mismo, usas un colador grande. Toquecito a toquecito la harina se desmenuza sobre tu mezcla ya batida. En la última medida de harina,  espolvoreas, antes de colarla, la levadura química.

Ahora si que sí. Bates con energía todo.  Mezclas con alegría cada gramito de ingredientes. El horno ya está en su punto, así que te apresuras a engrasar molde. Pero ¡Oh Dios mío!  También se te olvidó comprar la mantequilla. ¡Qué despiste!. Como eres una mujer de recursos, buscas en Google maneras de engrasar sin manteca. Y ya está.  Todo tiene solución.  Se puede engrasar con aceite de oliva, ¡claro!, ¿con qué si no?.

Bendito aceite, que para todo sirve.  Bajas la temperatura a 180 grados. Antes de meterlo al horno, viene tu secreto: unas gotitas de anís. Le dará un toque exquisito. Metes el molde con la mezcla y a esperar. 

 Eso de esperar no lo llevas bien. Como tienes unos cuarenta minutos por delante, discurres la manera de adornar tu bizcocho,  el cual seguro sale superesponjoso. Faltaría más. 

Abres los estantes en busca de virutas, almendra molida, o algo que te ayude a adornarlo. Pero siempre te falta algo, y hoy es el día apropiado para ello. Sin afán de encontrar nada, abres el último cajón de tu cocina y , ¡sorpresa!, una tableta de chocolate blanco aparece ante ti.

Pones un cazo con bien de agua al fuego. Cuando empieza a hervir, pones otro cazo encima y fundes el chocolate. Una sensación de olores inunda tu cocina. Tus jugos gástricos empiezan a jugar en tu estómago.

Llamas a tu mejor amiga y en lo más interesante de la conversación,  cigarrillo en mano, suena el reloj. Te despides apresuradamente. Cierras la puerta y la ventana, las corrientes no son buenas para un bizcocho caliente porque pueden hacer que merme. Al igual que los contrastes bruscos de temperatura. Así que abres hasta el primer tope, esperas unos minutos y luego ya abres del todo para que se temple.

Llega la hora del desmoldado. Paso difícil donde los haya. Debido al calor puede que el bizcocho se haya pegado. Confías plenamente en ti y en el poder del aceite. Y ¡Ale hop!, ¡el bizcocho está perfecto!

Solo te queda adornarlo con el chocolate . Con una cuchara lo viertes sobre él  al escurrirse queda una especie de dibujo de ondas que hace más interesante si cabe tu manjar.

 Estás hecha una cocinillas de primera.

Laboratorio 243



La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

           Voxa243., esa era mi clave. Entre probetas y tubos de ensayo,  todas las mañanas la introducía en el ordenador del laboratorio y así, accedía a la aplicación informática donde estaban todos los datos. Datos confidenciales de todos nuestros pacientes. Sólo yo y mis compañeros teníamos acceso a ellos.

           Charly  me hablaba desde la tarima que estaba al fondo. Me pedía ciertos informes. Estaba analizando varias muestras de la nueva variante del Cov-2. Iba enfundado en su traje Epi, con calzas y guantes. Aquella mañana solo estábamos él y yo trabajando. Desde los últimos meses, nos turnábamos para evitar contactos directos entre los trabajadores y minimizar así los riesgos.   

        La última cepa analizada correspondía al nombre de beta300. Era la decimoquinta variante analizada desde que apareció el virus en nuestras vidas. Tras años de lucha, aún seguíamos conviviendo con mascarillas, hidrogeles y demás medidas de prevención. Mis investigaciones ayudaron a esclarecer la procedencia del famoso virus. En nuestro laboratorio pudimos averiguar el origen no animal de aquella enfermedad.  Aquella gripe inusual se creía proveniente de la carne de murciélago, pero conseguimos saber que su origen era otro. Origen aún desconocido en el que formaban parte las algas marinas. Ellas nutrían al bicho antes de lanzarlo al mundo animal. Después de años de estudios, fuimos respaldados internacionalmente en nuestras sospechas. No fue creado por seres humanos, pero si tuvo que ver mucho la mano humana en su existencia. La contaminación de los mares entre otras partes de la naturaleza de nuestro planeta, hicieron lo que ya no podríamos paralizar. El coronavirus había llegado para quedarse. Y si el mundo seguía en ese camino de deteriorarse, más virus aparecerían.

         Pasé los informes a mi compañero,  después me desinfecté de nuevo las manos y me dispuse a realizar el último cultivo celular de la mañana.

        En él, la cepa beta300 lucharía contra los supuestos anticuerpos creados por mi. El resultado podría ser la vacuna contra ella. Si lo conseguía, se llamaría  Antigua243, dado que mi laboratorio pertenecía a la red comercial de laboratorios Antigua. No me iba mal en aquel trabajo. Disfrutaba con él y sobre todo suponía un reconfortante éxito personal y profesional para mí . En esta lucha por prevalecer la salud, mis conocimientos y trabajos habían podido ayudar mucho. Podía sentirme más que orgullosa.

       Cuando el cultivo estuvo listo para incubar en la campana extractora durante toda la noche, se fue la luz. Por algún motivo,  el generador de emergencia falló y nos quedamos completamente a oscuras. Accedí a la mesa de estudio palpando las paredes. Llamé a Charly pero no obtuve respuesta. El silencio se apoderó de todo el laboratorio. “ ¿ Dónde se había metido?”. Ni siquiera las máquinas emitían ruido alguno. Permanecí así, paralizada por tal silencio, durante unos minutos.

       Intenté encender de nuevo el ordenador, sin éxito.  Alguien había trucado los cuadros de la luz.  Mi móvil parpadeaba en el bolsillo de mi bata. Llamé a emergencias y a la policía. Antes de que descolgaran, sentí un pinchazo agudo en mi espalda  y me desmayé.

       Me habían inyectado un potente somnífero. Cuando desperté, seguía en aquel sitio a oscuras, eso si, sin móvil y sin mi USB.  En él guardaba información relevante para la investigación, y aunque tenía copias de seguridad,  era un tremendo peligro que alguien más los tuviera. La guerra por la obtención de información ante el coronavirus, había hecho de la humanidad una humanidad desconfiada, competente y adversa.

      Grité desconsolada. No había nadie a mi alrededor  y el silencio se hacía  más presente.

      La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

-          ¿ Charly?

EL MAR



 

La silueta de mi hija se movía alegremente en la arena de la playa. De un lado a otro, de arriba abajo, bailando en aquel paisaje veraniego y lleno de luz. Había sido un año duro y lleno de contratiempos. Pero allí estaba la recompensa. Nuestro merecido descanso en el mar.

Vivíamos en el céntrico barrio de Lavapiés,  en Madrid. Era un barrio multicultural, donde mi hija crecía y aprendía sobre ella misma y los demás. Siempre había sido una chica muy avispada, llena de cariño. Risueña, competitiva, buena amiga, adorable y leal. No solía tener problemas para relacionarse con  la gente, así que esas vacaciones, tenía gran ilusión por ir al mar, pero a la vez, echaría en falta a sus amigos.  

Marisa jugaba con los cubos de arena, creando su pequeño mundo. Princesas encarceladas en un castillo. Príncipes valientes que las rescataban. Todo idílico y fantasioso. Todo como debería ser en la mente de una niña de siete años. Su madre, o sea yo, no le había prestado toda la atención que ella merecía. El trabajo y mi vida sentimental habían ocupado la mayor parte de mi tiempo. Así que, ahora, tocaba recuperarlo.  

Era madre soltera por decisión propia. Marisa no preguntaba nunca por su padre, así que yo tenía una preocupación menos. No le desvelé quien era, y ella nunca se lo cuestionó. Se limitaba a abrazarme y a reír conmigo en la orilla, y eso era suficiente. Mientras leía sobre la toalla, Marisa danzaba y jugaba con las olas. Era una niña feliz.   

Aquella misma tarde, la dejé en el hotel con mi madre. Me había apuntado a unas clases de buceo. Marisa se quedó encantada con su abuela. Juntas iban a jugar a las cartas mientras disfrutaban de una copa de helado.  

Pero yo no regresé.  

Una mala práctica hizo que una gran ola me estampara contra las grandes rocas. Mi cráneo no aguantó el golpe y fallecí en aquellas aguas cristalinas.

Marisa tuvo que madurar antes de tiempo. Su vida se vio truncada con mi marcha y una amarga sensación ocupó su corazón.  Sufrió una obligada transformación.  De niña angelical, delicada y pura, a una mujercita triste y solitaria. Mi ausencia  supuso un duro trago para todos. Mi hija, lejos de hundirse, sacó fortaleza y convivió con mi madre, quién tanto la necesitaba. Entre las dos pusieron coraza al sufrimiento. Se unieron más si cabe y afrontaron la vida sin mí.

Yo las guío desde aquí,  donde siempre velaré por ellas.

 

KILOS DE SABIDURÍA


 


 

Estoy gorda, sí. Me ha costado mucho llegar a un nivel de aceptación considerable. Pero no es fácil. Ni aceptarse, ni vivir con tantos kilos de más. Mi reflejo en el espejo no me corresponde. Yo no soy esa imagen que veo ahí, tan pancha, mirándome. No puedo obviar la realidad, esquivar mi propia mirada hacia el rechazo que me produce mi cuerpo. Es odioso, pero certero y tengo que vivir con eso.

Tolerancia y respeto es lo más humano que debemos transmitir y dar. En los demás y con nosotros mismos.

El sonido de una notificación me despierta de mis penosos pensamientos. Se trata del email semanal del taller. En él están los textos de mis compañeros y el mío. Escribir para mí es una vía de escapatoria a mi pretenciosa vida. Al igual que leer.  Ahora me estoy leyendo un libro de autoayuda más que interesante. “Encuentra tu persona vitamina” de Marian Rojas.

Me rechazaron en varios trabajos por mi obesidad. La imagen que querían, distaba mucho de la que yo ofrecía. Cuerpos esculturales, pechos firmes, nalgas prominentes. Nada que yo pudiera poseer. Lo más inhóspito es que eran trabajos para comercializar productos para mujeres, bien fuera ropa y complementos, como productos de cosmética. ¿Pretenden vender sabiendo que no representan a la mayoría de las mujeres?. Quien más quien menos tiene algo de celulitis, piel seca, cabello graso o simplemente kilos de más. Yo no exijo gustar, ni siquiera exijo que me acepten, tan solo exijo dignidad e igualdad de oportunidades.

La verdad que a mis 41 años ya lo he probado todo. Dietas, ejercicio. Y,  bien es verdad, que la gordura siempre ha estado en mí. Sea mi metabolismo, mi carga genética lipoidea o llámalo x, nunca he conseguido mi peso ideal. Y por mucho que me torture o culpabilice, no consigo nada así. Soy como soy, tengo lo que tengo y doy lo que doy. No hay más. Pero las gordas no somos gordas por placer ni queremos que se lastimen de nosotras.

Tras diez minutos para poder abrir el email, luce en la pantalla ante mí, la carpeta de los textos. Si sigo con esta compañía de teléfonos y su wifi supersónico, tal vez ni pueda asistir al taller el jueves. Ese día disfrutamos de una charla amena y distraída. Como solo se me ve de cintura para arriba, suelo estar bastante cómoda en las clases. Otra cosa sería que tuviera que posar y andar de un lado a otro.

Me dispongo a leer los textos mientras el ordenador y la conexión me lo permitan. Esta semana hemos escrito sobre algo “surrealista”. Yo me he inventado un mundo futurista donde mi personaje es abducido mediante el aire condicionado de su casa. Es genial escribir, porque te da la posibilidad de ser quien quieras ser. Mira, en este caso me alegro de ser gorda. Yo no podría ser abducida por los tubos del aire acondicionado. Simplemente no entraría.

Tremendos problemas. Soluciones prácticas.

 

GOTA A GOTA

 



El goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.

Aquel grifo lleno de cal me martirizaba todas las noches. “Algún día tendré que cambiarlo”, pensé. Me di la vuelta en la cama y cerré de nuevo los ojos. Pero era una tortura. Cada gota emitía un sonido más hueco, más profundo. Dentro de mi cabeza se oía hasta el eco de cada gota al caer, como un sinfín de pequeñas notas musicales mal coordinadas. Vencida, me levanté.  Eran las cinco de la madrugada. Aún quedaban dos horas para comenzar el día. Puse en marcha la cafetera mientras intentaba sin éxito cerrar el maldito grifo.

Sonó la puerta. Me tiré el café encima del susto. “ Eran las cinco y media, ¿Quién iba a llamar a esas horas? “. Me aproximé a la puerta de entrada, miré por la mirilla. No vi a nadie pero el descansillo estaba iluminado. Suspiré y me hice otro café. Cuando estaba metiendo la taza en el microondas volvió a sonar el timbre. Volví a la puerta. Hasta donde alcanzaba mi vista seguía vacío el descansillo. Esta vez pregunté quién era. No hubo contestación.  Empecé a acojonarme. No iba a abrir la puerta así como así. Entonces sonó el timbre de nuevo. Esta vez dos veces. Y golpearon la puerta de manera violenta, dos, tres, hasta cuatro veces seguidas. Estaba temblando de miedo. No me atrevía a mirar de nuevo a través de la mirilla. Decidí darme una ducha matutina para tranquilizarme. Con el sonido de los golpes en mi puerta aún resonando en mi interior, me desnudé. Una vez dentro, con el agua tibia cayendo sobre mí, me pareció oír de nuevo el timbre. Hice caso omiso. La mampara y el vaho me impedían ver más allá del baño. Salí y me sequé con suavidad. Cuando alcé la cabeza encontré en el espejo del baño la palabra KILL escrita. Entonces si que me bloqueé. Miré a todos los lados posibles y existentes. Me quedé paralizada. Alguien más estaba en mi estudio.

El goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.

ECOS



Su voz interior la animaba a seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.

Padecía esclerosis múltiple desde hacía cinco años. Esta enfermedad es neurológica y crónica, de naturaleza inflamatoria y autoinmunitaria. Se caracteriza por el desarrollo de lesiones desmielinizantes y de daño axonal en el sistema nervioso central. Vamos, que poco a poco te vas consumiendo debido a la falta de movimientos. No hay cura posible a día de hoy y los tratamientos no avanzan mucho.

La taza de café rodó por el suelo.  Hasta ahora solo se le paralizaban de vez en cuando las piernas, pero comenzaba a darse esta parálisis espontánea también en los brazos. Una lágrima recorrió su cara. Con lo deportista que había sido siempre, la de cosas que le quedaban por hacer y verse así de la noche a la mañana. No era justo. Abrió su diario y escribió en él. De vez en cuando un hormigueo invadía sus dedos. No quería pensar en el mañana, pero era inevitable dadas las circunstancias. Tan solo pedía que sus dedos no se durmieran, la posibilidad de evadirse escribiendo era lo único que deseaba. A sus cuarenta y tres años, tenía escritos cinco libros, los cuales no habían visto nunca la luz del éxito. Pero eso no importaba, ella escribía como terapia,  para y por su bienestar. Su enfermedad iba consumiendo su cuerpo, pero su cerebro estaba al cien por cien. Muchas ideas se agolpaban en su mente.  Necesitaba plasmarlas y ordenarlas en el papel. Así que, eso hacía. Al pasar los días tenía cientos y cientos de hojas acumuladas en su escritorio. Su voz interior era un sinfín de notas que acompañaban la música de su corazón.

Marta no quería rendirse. No lo haría. Lucharía hasta el final. Tenía el apoyo de los suyos y el  cariño de todos. En rehabilitación conoció a Marcos, un fisioterapeuta apuesto y guapo. Sólo por verle, Marta sacaba fuerzas de donde no había nada. Hablaban durante las sesiones de todo un poco. Se hacía ameno junto a él. Luego volvía a su cruda realidad, donde ya no podía hacer vida normal.

Cinco meses después de haber escrito su sexto libro quedó inmovilizada totalmente de cintura para abajo. No volvería  a andar. Estaba sumida en una fuerte depresión. Incapaz de afrontar la realidad, pensó en el suicidio. No iba a mejorar y no quería sufrir más y de esa manera. Sus familiares no notaron nada. Nadie percibió que se rendía. Era pronto para eso. Todas las noches escribía durante horas, viajaba por el mundo a través de sus palabras. Volvía a correr, saltar, nadar. Y soñaba.  Soñaba con una solución a este malestar. A como se encontraba una cura, a como volvía a ser la que era.

La mañana se abría paso en el día. Un tímido rayo de sol iluminaba su cuarto. Yacía sobre su cama con una nota entre sus manos. Nadie lo  quería pero estaba segura que muchos lo comprenderían.

Su voz interior la animaba a seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.

ESPERANZA




Amanecer

 

Estaba en paz. Ni tristeza ni alegría.  No sentía nada, solo una auténtica paz que inundaba todo mi ser. Te veía desde arriba, como levitando en aquella habitación del hospital. Te veía allí, apoyado en la camilla y me veía a mí misma, tumbada en ella. Pero no me lastimaba verte llorar, tampoco me importaba verme maltrecha, solo observaba y estaba ahí, sin más.  Ningún sentimiento afloraba mi piel mientras permanecías a mi lado. Cuando entraba mi hermano a verme tampoco me producía ningún anhelo o efusividad. Era raro, muy raro. Pero os escuchaba hablar, veía como os abrazabais y os dabais palmadas en la espalda. No tenía ganas de gritar, tampoco de llorar ni reír. Mi cuerpo no sentía las vías que habían atravesado mi piel. No sentía dolor en la cabeza aunque en ella asomara una gran cicatriz. Mi mundo ya no era mío. No era mío porque ya no estaba en él. Lo veía pero no formaba parte de aquellos momentos.

Permanecí en ese estado catatónico durante veinte días, con sus 24 horas, todos sus minutos y segundos, sus lluvias y sus luces. En todo momento te vi a mi lado. Nunca te separaste de mí. El coma nos enfrascó en una rutina incierta en la que desesperado, tú no sabías hacia donde ir. La gente te aconsejaba. Te decían que pensaras en tí. Que no me abandonaras, pero que te mantuvieras al margen. “ ¿A qué margen?”. No había ningún margen porque tú y yo éramos un todo. No había ningún margen porque nada ni nadie nos separaba. Éramos una simbiosis perfecta y gracias a eso puedo hoy contarlo. Sin tu apoyo no hubiera sido posible.

Pasaron los días y mi estado no mejoraba. Constantes vitales estables pero dependencia emocional nula. Te fuiste consumiendo en una depresión enorme en la que estabas completamente solo. Yo, tu compañera de viaje, te había dejado en un stand by y era difícil que volviera para activarte. Aún y todo, no perdías la esperanza. Cada día era un nuevo juego que comenzar, cada momento podía ser el primero de muchos. Confiabas en mí y creías en mis posibilidades de renacer. Todas las cenizas se unirían para hacer de mí una nueva mujer. Sería un milagro o tal vez una segunda oportunidad, pero estaba claro que no iba a terminar así. No podía acabar conmigo.  Demasiado sufrimiento para no verse recompensado.

Y un 12 de Febrero volví a ser yo. Comenzaba un nuevo día y noté como los dedos de mi mano podían moverse. Volví a conectarme de esta manera al mundo. En la visita diaria, me besaste y por fin pude corresponderte con una lágrima. Te quedaste alucinado y rompiste a reír y llorar al mismo tiempo. Era el comienzo de un nuevo principio. Mi segunda vida. Poco a poco fui recuperando movilidad, cogí peso y mis facciones se fueron pronunciando. Los días avanzaban lentos pero eran necesarios para que yo mejorara. No desesperaste. No me abandonaste. Volviste conmigo a aprender a hablar, a poder escribir, a indagar en la memoria más oscura e impenetrable.  Juntos.

Como un nuevo amanecer, las luces se abrían paso en el cielo. Las posibilidades de mejorar eran más grandes incluso. Sin tí no lo hubiera hecho.  La paz que sentía cuando estaba en coma no podía ser eterna. Aún me queda mucha guerra que dar aquí.

Ahora en el ocaso, el sol se esconde pero no es la oscuridad la que me atormenta esta vez. Es tu ausencia lo que no podría soportar. Gracias compañero. Gracias por estar.

EMMA


 




La taza se tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

No podía dejar de pensar en Emma y en su grata compañía. En lo mucho que la echaba de menos y en como su vida había cambiado sin ella.

Emma murió y el parkinson se instaló en su vida. Como si un de un viaje lento y doloroso se tratara, Manuel lo comenzó en soledad. La enfermedad empezó poco a poco, primero era un pequeño hormigueo, como si un centenar de pequeños insectos recorrieran su brazo. Intentaba hacer caso omiso a aquel malestar, a esa incesante sensación de cosquilleo continúo. Pero fue in crescendo. Era molesto, muy molesto sentirse así. Porque era como si poco a poco sus extremidades fueran durmiéndose para siempre.

Luego vinieron los temblores. Vinieron para quedarse. Él mandaba mentalmente órdenes a su brazo, le mandaba parar, le ordenaba fuertemente que cesara esos movimientos repentinos, pero sus manos viajaban en dirección opuesta. Nada podía evitar aquella situación y la situación se apoderó de él.

Mientras fuera una cuestión física, Manuel podía valerse por sí mismo. Todo estaba bien. No necesitaba controlar su cuerpo porque mantenía su mente libre e intacta. Y eso era lo importante.

La soledad le abrumaba y golpeaba. Cuánto extrañaba a Emma. La tristeza le invadía, pero salía airoso en sus quehaceres diarios. Se veía torpe y viejo, pero lo peor es que Emma ya no estaba para acompañarle. Seguro que hubiera cuidado de él, con esa delicadeza que solo ella tenía. Cada mañana le daría los buenos días con un dulce beso,  y eso le llenaría de energía. Qué diferente hubiera sido todo con ella al lado.

El tiempo transcurría y la vejez se abría paso para Manuel. No estaba tan solo pues recibía los cuidados de sus hijos.  Pero a veces, ni las más atentas y sanadores intenciones eran suficientes. La ausencia de su compañera de viaje fue lo que le hizo enfermar. Sin ella nada tenía sentido. Así que se dejó guiar por la vida y se dejó engañar por la muerte.

Lo peor estaba por llegar. Con la edad también empezaron las demencias y eso ya era más difícil de controlar y apaciguar. Mientras no olvidara a su querida Emma, todo estaría bien. El día que no la recordara, ese día estaría muerto. Muerto en vida, pero muerto al fin y al cabo.

Un buen día no recordaría quién era, entonces ya no merecería la pena seguir.

La taza de té tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

 

EL SONOTONE MÁGICO 2

Mi sordera iba en aumento. Aquel sonotone que me vendieron, también.  Ya no sólo podía escuchar los pensamientos más íntimos de las personas, ahora me llegaban ápices del futuro. Lo descubrí el otro día, cuando estando de compras por la ciudad, mi sonotone me advirtió de que iba a llover. Y así fue. No es que fuera difícil que lloviera en Donosti, pero la voz en off que me lo dijo sabía ciertamente que iba a ocurrir. Intenté poner a prueba mi nuevo poder preguntando al aire cuál sería el número de la lotería del martes siguiente. No hubo contestación. Tal vez debía conocer mejor las pesquisas de mi audífono.

Entré en una tienda de ropa, y mirando unas blusas que no tenían precio, escuché 19,95 euros. Estaba alucinada. Pregunté a la dependienta y efectivamente ese era su precio. La voz en off seguía mandándome datos que a veces no tenían sentido. Que si arroz con setas,  números de biopsias aleatorios, y un montón de datos que a priori yo no sabía enlazar. Al pasar los días me daba cuenta que aquellos datos eran producto del día a día. Efectivamente el lunes comí arroz con setas en el menú de la cafetería del hospital donde trabajaba. El martes se extraviaron dos biopsias en mi laboratorio, y gracias al chivatazo de los números,  pude localizarlas. Mis compañeros alucinaban conmigo, ¿cómo sabía yo todo eso?

Tenía un poder extraordinario y debía sacar provecho de eso. Mi mejor compañera y amiga me preguntó si tendría niño o niña, estaba embarazada. Lógicamente le dije que niña y acerté. Era una vidente real gracias a mi sonotone mágico. Todos me preguntaban cosas y yo les iba resolviendo dudas. Que si el coche se me ha averiado y no sé qué puede ser, que si podía resolver dónde había dejado las llaves de casa, etc…

Todo eran ventajas, pero me estaba empezando a agobiar con tanta adivinanza. Si supiera sacar partido a todo esto para mí propio bienestar, sería ideal.

Por más que preguntaba por los números del euro millón, nunca obtenía respuesta. Mi audífono solo me revelaba cosas cotidianas, sucesos habituales.

“El niño del jersey verde será  atropellado por el Ford gris metalizado”. En ese momento un crio con un jersey así pasó rápido a mi lado. El semáforo estaba en rojo para los peatones, pero él se lanzó a la carretera.  En un acto reflejo le alcancé y un coche freno en seco delante nuestra. Le acababa de salvar la vida. Me sentía orgullosa por ello, pero no quería seguir con eso. Preferiría no saber mi futuro inmediato y dejar que las cosas pasaran sin más. Saber a cada momento lo que iba a ocurrir me atormentaba. En casa de mi madre, mientras ella cocinaba, salvé que la olla de cocido no acabara en el suelo por un traspiés de mi madre. La voz en off me informaba de todo. Y yo empezaba a estar harta.

Así que un buen día salí de casa sin mi audífono. Iba tranquila, sosegada, pero no oía nada. Ni siquiera el murmullo de la ciudad, con los motores de los coches, el cantar de los pájaros,  nada. Tampoco era cuestión de vivir así. No sabía qué hacer. Sorda perdida no llegaría muy lejos.

Pensé en cambiar el aparatito mágico, pero al decir que escuchaba voces que me adivinaban el futuro, creerían que estaba loca. Y un poco sí lo estaba. No quería acabar atada a una cama, así que me acostumbré a mis dotes adivinatorios.

Saqué partido de eso y ahora me puedes encontrar en un portal de Internet llamado “Futuro instantáneo”. Allí resuelvo toda clase de dudas. Suelo disfrazarme con pañuelos y extravagantes pendientes. No solo te adivino el futuro, también teatralizo las situaciones. Tengo ya miles de visitas diarias, soy toda una influencer. Te espero.