domingo, 19 de mayo de 2024

Laboratorio 243



La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

           Voxa243., esa era mi clave. Entre probetas y tubos de ensayo,  todas las mañanas la introducía en el ordenador del laboratorio y así, accedía a la aplicación informática donde estaban todos los datos. Datos confidenciales de todos nuestros pacientes. Sólo yo y mis compañeros teníamos acceso a ellos.

           Charly  me hablaba desde la tarima que estaba al fondo. Me pedía ciertos informes. Estaba analizando varias muestras de la nueva variante del Cov-2. Iba enfundado en su traje Epi, con calzas y guantes. Aquella mañana solo estábamos él y yo trabajando. Desde los últimos meses, nos turnábamos para evitar contactos directos entre los trabajadores y minimizar así los riesgos.   

        La última cepa analizada correspondía al nombre de beta300. Era la decimoquinta variante analizada desde que apareció el virus en nuestras vidas. Tras años de lucha, aún seguíamos conviviendo con mascarillas, hidrogeles y demás medidas de prevención. Mis investigaciones ayudaron a esclarecer la procedencia del famoso virus. En nuestro laboratorio pudimos averiguar el origen no animal de aquella enfermedad.  Aquella gripe inusual se creía proveniente de la carne de murciélago, pero conseguimos saber que su origen era otro. Origen aún desconocido en el que formaban parte las algas marinas. Ellas nutrían al bicho antes de lanzarlo al mundo animal. Después de años de estudios, fuimos respaldados internacionalmente en nuestras sospechas. No fue creado por seres humanos, pero si tuvo que ver mucho la mano humana en su existencia. La contaminación de los mares entre otras partes de la naturaleza de nuestro planeta, hicieron lo que ya no podríamos paralizar. El coronavirus había llegado para quedarse. Y si el mundo seguía en ese camino de deteriorarse, más virus aparecerían.

         Pasé los informes a mi compañero,  después me desinfecté de nuevo las manos y me dispuse a realizar el último cultivo celular de la mañana.

        En él, la cepa beta300 lucharía contra los supuestos anticuerpos creados por mi. El resultado podría ser la vacuna contra ella. Si lo conseguía, se llamaría  Antigua243, dado que mi laboratorio pertenecía a la red comercial de laboratorios Antigua. No me iba mal en aquel trabajo. Disfrutaba con él y sobre todo suponía un reconfortante éxito personal y profesional para mí . En esta lucha por prevalecer la salud, mis conocimientos y trabajos habían podido ayudar mucho. Podía sentirme más que orgullosa.

       Cuando el cultivo estuvo listo para incubar en la campana extractora durante toda la noche, se fue la luz. Por algún motivo,  el generador de emergencia falló y nos quedamos completamente a oscuras. Accedí a la mesa de estudio palpando las paredes. Llamé a Charly pero no obtuve respuesta. El silencio se apoderó de todo el laboratorio. “ ¿ Dónde se había metido?”. Ni siquiera las máquinas emitían ruido alguno. Permanecí así, paralizada por tal silencio, durante unos minutos.

       Intenté encender de nuevo el ordenador, sin éxito.  Alguien había trucado los cuadros de la luz.  Mi móvil parpadeaba en el bolsillo de mi bata. Llamé a emergencias y a la policía. Antes de que descolgaran, sentí un pinchazo agudo en mi espalda  y me desmayé.

       Me habían inyectado un potente somnífero. Cuando desperté, seguía en aquel sitio a oscuras, eso si, sin móvil y sin mi USB.  En él guardaba información relevante para la investigación, y aunque tenía copias de seguridad,  era un tremendo peligro que alguien más los tuviera. La guerra por la obtención de información ante el coronavirus, había hecho de la humanidad una humanidad desconfiada, competente y adversa.

      Grité desconsolada. No había nadie a mi alrededor  y el silencio se hacía  más presente.

      La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

-          ¿ Charly?

No hay comentarios:

Publicar un comentario