La penumbra invadía aquel lugar. Unas sombras deambulaban de un lado a otro. Mis
piernas no respondían.
《Voxa243.》, esa era mi clave. Entre
probetas y tubos de ensayo, todas las
mañanas la introducía en el ordenador del laboratorio y así, accedía a la
aplicación informática donde estaban todos los datos. Datos confidenciales de
todos nuestros pacientes. Sólo yo y mis compañeros teníamos acceso a ellos.
Charly me hablaba desde la tarima que estaba al
fondo. Me pedía ciertos informes. Estaba analizando varias muestras de la nueva
variante del Cov-2. Iba enfundado en su traje Epi, con calzas y guantes. Aquella
mañana solo estábamos él y yo trabajando. Desde los últimos meses, nos
turnábamos para evitar contactos directos entre los trabajadores y minimizar
así los riesgos.
La última cepa
analizada correspondía al nombre de beta300. Era la decimoquinta variante analizada
desde que apareció el virus en nuestras vidas. Tras años de lucha, aún
seguíamos conviviendo con mascarillas, hidrogeles y demás medidas de
prevención. Mis investigaciones ayudaron a esclarecer la procedencia del famoso
virus. En nuestro laboratorio pudimos averiguar el origen no animal de aquella
enfermedad. Aquella gripe inusual se
creía proveniente de la carne de murciélago, pero conseguimos saber que su
origen era otro. Origen aún desconocido en el que formaban parte las algas
marinas. Ellas nutrían al bicho antes de lanzarlo al mundo animal. Después de
años de estudios, fuimos respaldados internacionalmente en nuestras sospechas.
No fue creado por seres humanos, pero si tuvo que ver mucho la mano humana en
su existencia. La contaminación de los mares entre otras partes de la
naturaleza de nuestro planeta, hicieron lo que ya no podríamos paralizar. El coronavirus
había llegado para quedarse. Y si el mundo seguía en ese camino de
deteriorarse, más virus aparecerían.
Pasé los
informes a mi compañero, después me
desinfecté de nuevo las manos y me dispuse a realizar el último cultivo celular
de la mañana.
En él, la cepa
beta300 lucharía contra los supuestos anticuerpos creados por mi. El resultado
podría ser la vacuna contra ella. Si lo conseguía, se llamaría Antigua243, dado que mi laboratorio
pertenecía a la red comercial de laboratorios Antigua. No me iba mal en aquel
trabajo. Disfrutaba con él y sobre todo suponía un reconfortante éxito personal
y profesional para mí . En esta lucha por prevalecer la salud, mis
conocimientos y trabajos habían podido ayudar mucho. Podía sentirme más que
orgullosa.
Cuando el
cultivo estuvo listo para incubar en la campana extractora durante toda la
noche, se fue la luz. Por algún motivo,
el generador de emergencia falló y nos quedamos completamente a oscuras.
Accedí a la mesa de estudio palpando las paredes. Llamé a Charly pero no obtuve
respuesta. El silencio se apoderó de todo el laboratorio. “ ¿ Dónde se había
metido?”. Ni siquiera las máquinas emitían ruido alguno. Permanecí así,
paralizada por tal silencio, durante unos minutos.
Intenté encender
de nuevo el ordenador, sin éxito.
Alguien había trucado los cuadros de la luz. Mi móvil parpadeaba en el bolsillo de mi
bata. Llamé a emergencias y a la policía. Antes de que descolgaran, sentí un
pinchazo agudo en mi espalda y me
desmayé.
Me habían
inyectado un potente somnífero. Cuando desperté, seguía en aquel sitio a
oscuras, eso si, sin móvil y sin mi USB.
En él guardaba información relevante para la investigación, y aunque
tenía copias de seguridad, era un
tremendo peligro que alguien más los tuviera. La guerra por la obtención de
información ante el coronavirus, había hecho de la humanidad una humanidad
desconfiada, competente y adversa.
Grité
desconsolada. No había nadie a mi alrededor
y el silencio se hacía más presente.
La penumbra
invadía aquel lugar. Unas sombras
deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.
-
¿ Charly?

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