domingo, 19 de mayo de 2024

LAS DELICIAS DE MARICARMEN



Nunca te habías atrevido.

Innovar es para ti un ejercicio se superación. “Lo harás bien, Mari Carmen”, te dices a tí misma.

Ayer compraste todos los ingredientes. Aquel día solo usarías el horno y poco más. O eso creías.

Sacas un bol, la batidora y el molde para el bizcocho. Si, hoy la cosa va de repostería. Nunca has hecho uno. Te surgen muchas dudas. Así que, buscas un tutorial en YouTube.  Colocas tu Smartphone en posición horizontal, apoyado encima de la cafetera a modo de televisor. Comienza la diversión. 

Cascas tres huevos y vacías un yogur griego con sabor caramelo sobre ellos. Los bates, primero a mano con una cuchara de palo y luego los rematas con la batidora. Lavas bien el envase del yogur porque te sirve de medida otra el resto. Al fregarlo te salpicas y manchas la camiseta. Se te ha olvidado ponerte el delantal. Fallo. Como si sirviera ahora ya de algo, te lo pones y anudas a la espalda.  Con el dichoso envase ya limpio, lo llenas de azúcar y lo viertes en la mezcla ya batida. Repites lo mismo otra vez. Remueves de nuevo. Ahora, según el tutorial, debes echar aceite de girasol con el envase del yogur. ¡Mierda!. No tienes de girasol  así que le echas de oliva, supones que dará lo mismo. Pero no, no es igual. El aceite de oliva es más fuerte y potenciará mucho el sabor. El caso es que a ti te da igual, y le das de nuevo meneo a la mezcla. Ahora viene el turno de la esencia de vainilla. En el tutorial le echan la rama, pero como tú ayer no encontraste en el súper,  le echas unos polvos que si que había y que ponía esencia de vainilla. Seguro que te queda mejor que a la pesada del tutorial. Vuelves a batir todo. Solo te falta la harina y la levadura. Entonces te das cuenta que no has encendido el horno. Tiene que precalentarse unos 20 minutos antes.

Bueno,  no importa. Metes la mezcla en la nevera y enciendes el horno. Te quitas el delantal y sales la terraza a fumarte un cigarrillo.  Aún queda cuarto de hora hasta que el horno esté caliente. Inhalas fuerte el humo, tus pulmones se llenan. Exhalas muy lentamente. Disfrutas cada calada al máximo.

Vuelta a la faena. Toca el turno de tamizar la harina. En este caso son tres medidas del envase del yogur, acordaros que era de caramelo, más la esencia de vainilla,  más el aceite de oliva. Una bomba de sabor. Para tamizar la harina, o espolvorear, que es lo mismo, usas un colador grande. Toquecito a toquecito la harina se desmenuza sobre tu mezcla ya batida. En la última medida de harina,  espolvoreas, antes de colarla, la levadura química.

Ahora si que sí. Bates con energía todo.  Mezclas con alegría cada gramito de ingredientes. El horno ya está en su punto, así que te apresuras a engrasar molde. Pero ¡Oh Dios mío!  También se te olvidó comprar la mantequilla. ¡Qué despiste!. Como eres una mujer de recursos, buscas en Google maneras de engrasar sin manteca. Y ya está.  Todo tiene solución.  Se puede engrasar con aceite de oliva, ¡claro!, ¿con qué si no?.

Bendito aceite, que para todo sirve.  Bajas la temperatura a 180 grados. Antes de meterlo al horno, viene tu secreto: unas gotitas de anís. Le dará un toque exquisito. Metes el molde con la mezcla y a esperar. 

 Eso de esperar no lo llevas bien. Como tienes unos cuarenta minutos por delante, discurres la manera de adornar tu bizcocho,  el cual seguro sale superesponjoso. Faltaría más. 

Abres los estantes en busca de virutas, almendra molida, o algo que te ayude a adornarlo. Pero siempre te falta algo, y hoy es el día apropiado para ello. Sin afán de encontrar nada, abres el último cajón de tu cocina y , ¡sorpresa!, una tableta de chocolate blanco aparece ante ti.

Pones un cazo con bien de agua al fuego. Cuando empieza a hervir, pones otro cazo encima y fundes el chocolate. Una sensación de olores inunda tu cocina. Tus jugos gástricos empiezan a jugar en tu estómago.

Llamas a tu mejor amiga y en lo más interesante de la conversación,  cigarrillo en mano, suena el reloj. Te despides apresuradamente. Cierras la puerta y la ventana, las corrientes no son buenas para un bizcocho caliente porque pueden hacer que merme. Al igual que los contrastes bruscos de temperatura. Así que abres hasta el primer tope, esperas unos minutos y luego ya abres del todo para que se temple.

Llega la hora del desmoldado. Paso difícil donde los haya. Debido al calor puede que el bizcocho se haya pegado. Confías plenamente en ti y en el poder del aceite. Y ¡Ale hop!, ¡el bizcocho está perfecto!

Solo te queda adornarlo con el chocolate . Con una cuchara lo viertes sobre él  al escurrirse queda una especie de dibujo de ondas que hace más interesante si cabe tu manjar.

 Estás hecha una cocinillas de primera.

Laboratorio 243



La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

           Voxa243., esa era mi clave. Entre probetas y tubos de ensayo,  todas las mañanas la introducía en el ordenador del laboratorio y así, accedía a la aplicación informática donde estaban todos los datos. Datos confidenciales de todos nuestros pacientes. Sólo yo y mis compañeros teníamos acceso a ellos.

           Charly  me hablaba desde la tarima que estaba al fondo. Me pedía ciertos informes. Estaba analizando varias muestras de la nueva variante del Cov-2. Iba enfundado en su traje Epi, con calzas y guantes. Aquella mañana solo estábamos él y yo trabajando. Desde los últimos meses, nos turnábamos para evitar contactos directos entre los trabajadores y minimizar así los riesgos.   

        La última cepa analizada correspondía al nombre de beta300. Era la decimoquinta variante analizada desde que apareció el virus en nuestras vidas. Tras años de lucha, aún seguíamos conviviendo con mascarillas, hidrogeles y demás medidas de prevención. Mis investigaciones ayudaron a esclarecer la procedencia del famoso virus. En nuestro laboratorio pudimos averiguar el origen no animal de aquella enfermedad.  Aquella gripe inusual se creía proveniente de la carne de murciélago, pero conseguimos saber que su origen era otro. Origen aún desconocido en el que formaban parte las algas marinas. Ellas nutrían al bicho antes de lanzarlo al mundo animal. Después de años de estudios, fuimos respaldados internacionalmente en nuestras sospechas. No fue creado por seres humanos, pero si tuvo que ver mucho la mano humana en su existencia. La contaminación de los mares entre otras partes de la naturaleza de nuestro planeta, hicieron lo que ya no podríamos paralizar. El coronavirus había llegado para quedarse. Y si el mundo seguía en ese camino de deteriorarse, más virus aparecerían.

         Pasé los informes a mi compañero,  después me desinfecté de nuevo las manos y me dispuse a realizar el último cultivo celular de la mañana.

        En él, la cepa beta300 lucharía contra los supuestos anticuerpos creados por mi. El resultado podría ser la vacuna contra ella. Si lo conseguía, se llamaría  Antigua243, dado que mi laboratorio pertenecía a la red comercial de laboratorios Antigua. No me iba mal en aquel trabajo. Disfrutaba con él y sobre todo suponía un reconfortante éxito personal y profesional para mí . En esta lucha por prevalecer la salud, mis conocimientos y trabajos habían podido ayudar mucho. Podía sentirme más que orgullosa.

       Cuando el cultivo estuvo listo para incubar en la campana extractora durante toda la noche, se fue la luz. Por algún motivo,  el generador de emergencia falló y nos quedamos completamente a oscuras. Accedí a la mesa de estudio palpando las paredes. Llamé a Charly pero no obtuve respuesta. El silencio se apoderó de todo el laboratorio. “ ¿ Dónde se había metido?”. Ni siquiera las máquinas emitían ruido alguno. Permanecí así, paralizada por tal silencio, durante unos minutos.

       Intenté encender de nuevo el ordenador, sin éxito.  Alguien había trucado los cuadros de la luz.  Mi móvil parpadeaba en el bolsillo de mi bata. Llamé a emergencias y a la policía. Antes de que descolgaran, sentí un pinchazo agudo en mi espalda  y me desmayé.

       Me habían inyectado un potente somnífero. Cuando desperté, seguía en aquel sitio a oscuras, eso si, sin móvil y sin mi USB.  En él guardaba información relevante para la investigación, y aunque tenía copias de seguridad,  era un tremendo peligro que alguien más los tuviera. La guerra por la obtención de información ante el coronavirus, había hecho de la humanidad una humanidad desconfiada, competente y adversa.

      Grité desconsolada. No había nadie a mi alrededor  y el silencio se hacía  más presente.

      La penumbra invadía aquel lugar. Unas  sombras deambulaban de un lado a otro. Mis piernas no respondían.

-          ¿ Charly?

EL MAR



 

La silueta de mi hija se movía alegremente en la arena de la playa. De un lado a otro, de arriba abajo, bailando en aquel paisaje veraniego y lleno de luz. Había sido un año duro y lleno de contratiempos. Pero allí estaba la recompensa. Nuestro merecido descanso en el mar.

Vivíamos en el céntrico barrio de Lavapiés,  en Madrid. Era un barrio multicultural, donde mi hija crecía y aprendía sobre ella misma y los demás. Siempre había sido una chica muy avispada, llena de cariño. Risueña, competitiva, buena amiga, adorable y leal. No solía tener problemas para relacionarse con  la gente, así que esas vacaciones, tenía gran ilusión por ir al mar, pero a la vez, echaría en falta a sus amigos.  

Marisa jugaba con los cubos de arena, creando su pequeño mundo. Princesas encarceladas en un castillo. Príncipes valientes que las rescataban. Todo idílico y fantasioso. Todo como debería ser en la mente de una niña de siete años. Su madre, o sea yo, no le había prestado toda la atención que ella merecía. El trabajo y mi vida sentimental habían ocupado la mayor parte de mi tiempo. Así que, ahora, tocaba recuperarlo.  

Era madre soltera por decisión propia. Marisa no preguntaba nunca por su padre, así que yo tenía una preocupación menos. No le desvelé quien era, y ella nunca se lo cuestionó. Se limitaba a abrazarme y a reír conmigo en la orilla, y eso era suficiente. Mientras leía sobre la toalla, Marisa danzaba y jugaba con las olas. Era una niña feliz.   

Aquella misma tarde, la dejé en el hotel con mi madre. Me había apuntado a unas clases de buceo. Marisa se quedó encantada con su abuela. Juntas iban a jugar a las cartas mientras disfrutaban de una copa de helado.  

Pero yo no regresé.  

Una mala práctica hizo que una gran ola me estampara contra las grandes rocas. Mi cráneo no aguantó el golpe y fallecí en aquellas aguas cristalinas.

Marisa tuvo que madurar antes de tiempo. Su vida se vio truncada con mi marcha y una amarga sensación ocupó su corazón.  Sufrió una obligada transformación.  De niña angelical, delicada y pura, a una mujercita triste y solitaria. Mi ausencia  supuso un duro trago para todos. Mi hija, lejos de hundirse, sacó fortaleza y convivió con mi madre, quién tanto la necesitaba. Entre las dos pusieron coraza al sufrimiento. Se unieron más si cabe y afrontaron la vida sin mí.

Yo las guío desde aquí,  donde siempre velaré por ellas.

 

KILOS DE SABIDURÍA


 


 

Estoy gorda, sí. Me ha costado mucho llegar a un nivel de aceptación considerable. Pero no es fácil. Ni aceptarse, ni vivir con tantos kilos de más. Mi reflejo en el espejo no me corresponde. Yo no soy esa imagen que veo ahí, tan pancha, mirándome. No puedo obviar la realidad, esquivar mi propia mirada hacia el rechazo que me produce mi cuerpo. Es odioso, pero certero y tengo que vivir con eso.

Tolerancia y respeto es lo más humano que debemos transmitir y dar. En los demás y con nosotros mismos.

El sonido de una notificación me despierta de mis penosos pensamientos. Se trata del email semanal del taller. En él están los textos de mis compañeros y el mío. Escribir para mí es una vía de escapatoria a mi pretenciosa vida. Al igual que leer.  Ahora me estoy leyendo un libro de autoayuda más que interesante. “Encuentra tu persona vitamina” de Marian Rojas.

Me rechazaron en varios trabajos por mi obesidad. La imagen que querían, distaba mucho de la que yo ofrecía. Cuerpos esculturales, pechos firmes, nalgas prominentes. Nada que yo pudiera poseer. Lo más inhóspito es que eran trabajos para comercializar productos para mujeres, bien fuera ropa y complementos, como productos de cosmética. ¿Pretenden vender sabiendo que no representan a la mayoría de las mujeres?. Quien más quien menos tiene algo de celulitis, piel seca, cabello graso o simplemente kilos de más. Yo no exijo gustar, ni siquiera exijo que me acepten, tan solo exijo dignidad e igualdad de oportunidades.

La verdad que a mis 41 años ya lo he probado todo. Dietas, ejercicio. Y,  bien es verdad, que la gordura siempre ha estado en mí. Sea mi metabolismo, mi carga genética lipoidea o llámalo x, nunca he conseguido mi peso ideal. Y por mucho que me torture o culpabilice, no consigo nada así. Soy como soy, tengo lo que tengo y doy lo que doy. No hay más. Pero las gordas no somos gordas por placer ni queremos que se lastimen de nosotras.

Tras diez minutos para poder abrir el email, luce en la pantalla ante mí, la carpeta de los textos. Si sigo con esta compañía de teléfonos y su wifi supersónico, tal vez ni pueda asistir al taller el jueves. Ese día disfrutamos de una charla amena y distraída. Como solo se me ve de cintura para arriba, suelo estar bastante cómoda en las clases. Otra cosa sería que tuviera que posar y andar de un lado a otro.

Me dispongo a leer los textos mientras el ordenador y la conexión me lo permitan. Esta semana hemos escrito sobre algo “surrealista”. Yo me he inventado un mundo futurista donde mi personaje es abducido mediante el aire condicionado de su casa. Es genial escribir, porque te da la posibilidad de ser quien quieras ser. Mira, en este caso me alegro de ser gorda. Yo no podría ser abducida por los tubos del aire acondicionado. Simplemente no entraría.

Tremendos problemas. Soluciones prácticas.

 

GOTA A GOTA

 



El goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.

Aquel grifo lleno de cal me martirizaba todas las noches. “Algún día tendré que cambiarlo”, pensé. Me di la vuelta en la cama y cerré de nuevo los ojos. Pero era una tortura. Cada gota emitía un sonido más hueco, más profundo. Dentro de mi cabeza se oía hasta el eco de cada gota al caer, como un sinfín de pequeñas notas musicales mal coordinadas. Vencida, me levanté.  Eran las cinco de la madrugada. Aún quedaban dos horas para comenzar el día. Puse en marcha la cafetera mientras intentaba sin éxito cerrar el maldito grifo.

Sonó la puerta. Me tiré el café encima del susto. “ Eran las cinco y media, ¿Quién iba a llamar a esas horas? “. Me aproximé a la puerta de entrada, miré por la mirilla. No vi a nadie pero el descansillo estaba iluminado. Suspiré y me hice otro café. Cuando estaba metiendo la taza en el microondas volvió a sonar el timbre. Volví a la puerta. Hasta donde alcanzaba mi vista seguía vacío el descansillo. Esta vez pregunté quién era. No hubo contestación.  Empecé a acojonarme. No iba a abrir la puerta así como así. Entonces sonó el timbre de nuevo. Esta vez dos veces. Y golpearon la puerta de manera violenta, dos, tres, hasta cuatro veces seguidas. Estaba temblando de miedo. No me atrevía a mirar de nuevo a través de la mirilla. Decidí darme una ducha matutina para tranquilizarme. Con el sonido de los golpes en mi puerta aún resonando en mi interior, me desnudé. Una vez dentro, con el agua tibia cayendo sobre mí, me pareció oír de nuevo el timbre. Hice caso omiso. La mampara y el vaho me impedían ver más allá del baño. Salí y me sequé con suavidad. Cuando alcé la cabeza encontré en el espejo del baño la palabra KILL escrita. Entonces si que me bloqueé. Miré a todos los lados posibles y existentes. Me quedé paralizada. Alguien más estaba en mi estudio.

El goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.

ECOS



Su voz interior la animaba a seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.

Padecía esclerosis múltiple desde hacía cinco años. Esta enfermedad es neurológica y crónica, de naturaleza inflamatoria y autoinmunitaria. Se caracteriza por el desarrollo de lesiones desmielinizantes y de daño axonal en el sistema nervioso central. Vamos, que poco a poco te vas consumiendo debido a la falta de movimientos. No hay cura posible a día de hoy y los tratamientos no avanzan mucho.

La taza de café rodó por el suelo.  Hasta ahora solo se le paralizaban de vez en cuando las piernas, pero comenzaba a darse esta parálisis espontánea también en los brazos. Una lágrima recorrió su cara. Con lo deportista que había sido siempre, la de cosas que le quedaban por hacer y verse así de la noche a la mañana. No era justo. Abrió su diario y escribió en él. De vez en cuando un hormigueo invadía sus dedos. No quería pensar en el mañana, pero era inevitable dadas las circunstancias. Tan solo pedía que sus dedos no se durmieran, la posibilidad de evadirse escribiendo era lo único que deseaba. A sus cuarenta y tres años, tenía escritos cinco libros, los cuales no habían visto nunca la luz del éxito. Pero eso no importaba, ella escribía como terapia,  para y por su bienestar. Su enfermedad iba consumiendo su cuerpo, pero su cerebro estaba al cien por cien. Muchas ideas se agolpaban en su mente.  Necesitaba plasmarlas y ordenarlas en el papel. Así que, eso hacía. Al pasar los días tenía cientos y cientos de hojas acumuladas en su escritorio. Su voz interior era un sinfín de notas que acompañaban la música de su corazón.

Marta no quería rendirse. No lo haría. Lucharía hasta el final. Tenía el apoyo de los suyos y el  cariño de todos. En rehabilitación conoció a Marcos, un fisioterapeuta apuesto y guapo. Sólo por verle, Marta sacaba fuerzas de donde no había nada. Hablaban durante las sesiones de todo un poco. Se hacía ameno junto a él. Luego volvía a su cruda realidad, donde ya no podía hacer vida normal.

Cinco meses después de haber escrito su sexto libro quedó inmovilizada totalmente de cintura para abajo. No volvería  a andar. Estaba sumida en una fuerte depresión. Incapaz de afrontar la realidad, pensó en el suicidio. No iba a mejorar y no quería sufrir más y de esa manera. Sus familiares no notaron nada. Nadie percibió que se rendía. Era pronto para eso. Todas las noches escribía durante horas, viajaba por el mundo a través de sus palabras. Volvía a correr, saltar, nadar. Y soñaba.  Soñaba con una solución a este malestar. A como se encontraba una cura, a como volvía a ser la que era.

La mañana se abría paso en el día. Un tímido rayo de sol iluminaba su cuarto. Yacía sobre su cama con una nota entre sus manos. Nadie lo  quería pero estaba segura que muchos lo comprenderían.

Su voz interior la animaba a seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.

ESPERANZA




Amanecer

 

Estaba en paz. Ni tristeza ni alegría.  No sentía nada, solo una auténtica paz que inundaba todo mi ser. Te veía desde arriba, como levitando en aquella habitación del hospital. Te veía allí, apoyado en la camilla y me veía a mí misma, tumbada en ella. Pero no me lastimaba verte llorar, tampoco me importaba verme maltrecha, solo observaba y estaba ahí, sin más.  Ningún sentimiento afloraba mi piel mientras permanecías a mi lado. Cuando entraba mi hermano a verme tampoco me producía ningún anhelo o efusividad. Era raro, muy raro. Pero os escuchaba hablar, veía como os abrazabais y os dabais palmadas en la espalda. No tenía ganas de gritar, tampoco de llorar ni reír. Mi cuerpo no sentía las vías que habían atravesado mi piel. No sentía dolor en la cabeza aunque en ella asomara una gran cicatriz. Mi mundo ya no era mío. No era mío porque ya no estaba en él. Lo veía pero no formaba parte de aquellos momentos.

Permanecí en ese estado catatónico durante veinte días, con sus 24 horas, todos sus minutos y segundos, sus lluvias y sus luces. En todo momento te vi a mi lado. Nunca te separaste de mí. El coma nos enfrascó en una rutina incierta en la que desesperado, tú no sabías hacia donde ir. La gente te aconsejaba. Te decían que pensaras en tí. Que no me abandonaras, pero que te mantuvieras al margen. “ ¿A qué margen?”. No había ningún margen porque tú y yo éramos un todo. No había ningún margen porque nada ni nadie nos separaba. Éramos una simbiosis perfecta y gracias a eso puedo hoy contarlo. Sin tu apoyo no hubiera sido posible.

Pasaron los días y mi estado no mejoraba. Constantes vitales estables pero dependencia emocional nula. Te fuiste consumiendo en una depresión enorme en la que estabas completamente solo. Yo, tu compañera de viaje, te había dejado en un stand by y era difícil que volviera para activarte. Aún y todo, no perdías la esperanza. Cada día era un nuevo juego que comenzar, cada momento podía ser el primero de muchos. Confiabas en mí y creías en mis posibilidades de renacer. Todas las cenizas se unirían para hacer de mí una nueva mujer. Sería un milagro o tal vez una segunda oportunidad, pero estaba claro que no iba a terminar así. No podía acabar conmigo.  Demasiado sufrimiento para no verse recompensado.

Y un 12 de Febrero volví a ser yo. Comenzaba un nuevo día y noté como los dedos de mi mano podían moverse. Volví a conectarme de esta manera al mundo. En la visita diaria, me besaste y por fin pude corresponderte con una lágrima. Te quedaste alucinado y rompiste a reír y llorar al mismo tiempo. Era el comienzo de un nuevo principio. Mi segunda vida. Poco a poco fui recuperando movilidad, cogí peso y mis facciones se fueron pronunciando. Los días avanzaban lentos pero eran necesarios para que yo mejorara. No desesperaste. No me abandonaste. Volviste conmigo a aprender a hablar, a poder escribir, a indagar en la memoria más oscura e impenetrable.  Juntos.

Como un nuevo amanecer, las luces se abrían paso en el cielo. Las posibilidades de mejorar eran más grandes incluso. Sin tí no lo hubiera hecho.  La paz que sentía cuando estaba en coma no podía ser eterna. Aún me queda mucha guerra que dar aquí.

Ahora en el ocaso, el sol se esconde pero no es la oscuridad la que me atormenta esta vez. Es tu ausencia lo que no podría soportar. Gracias compañero. Gracias por estar.

EMMA


 




La taza se tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

No podía dejar de pensar en Emma y en su grata compañía. En lo mucho que la echaba de menos y en como su vida había cambiado sin ella.

Emma murió y el parkinson se instaló en su vida. Como si un de un viaje lento y doloroso se tratara, Manuel lo comenzó en soledad. La enfermedad empezó poco a poco, primero era un pequeño hormigueo, como si un centenar de pequeños insectos recorrieran su brazo. Intentaba hacer caso omiso a aquel malestar, a esa incesante sensación de cosquilleo continúo. Pero fue in crescendo. Era molesto, muy molesto sentirse así. Porque era como si poco a poco sus extremidades fueran durmiéndose para siempre.

Luego vinieron los temblores. Vinieron para quedarse. Él mandaba mentalmente órdenes a su brazo, le mandaba parar, le ordenaba fuertemente que cesara esos movimientos repentinos, pero sus manos viajaban en dirección opuesta. Nada podía evitar aquella situación y la situación se apoderó de él.

Mientras fuera una cuestión física, Manuel podía valerse por sí mismo. Todo estaba bien. No necesitaba controlar su cuerpo porque mantenía su mente libre e intacta. Y eso era lo importante.

La soledad le abrumaba y golpeaba. Cuánto extrañaba a Emma. La tristeza le invadía, pero salía airoso en sus quehaceres diarios. Se veía torpe y viejo, pero lo peor es que Emma ya no estaba para acompañarle. Seguro que hubiera cuidado de él, con esa delicadeza que solo ella tenía. Cada mañana le daría los buenos días con un dulce beso,  y eso le llenaría de energía. Qué diferente hubiera sido todo con ella al lado.

El tiempo transcurría y la vejez se abría paso para Manuel. No estaba tan solo pues recibía los cuidados de sus hijos.  Pero a veces, ni las más atentas y sanadores intenciones eran suficientes. La ausencia de su compañera de viaje fue lo que le hizo enfermar. Sin ella nada tenía sentido. Así que se dejó guiar por la vida y se dejó engañar por la muerte.

Lo peor estaba por llegar. Con la edad también empezaron las demencias y eso ya era más difícil de controlar y apaciguar. Mientras no olvidara a su querida Emma, todo estaría bien. El día que no la recordara, ese día estaría muerto. Muerto en vida, pero muerto al fin y al cabo.

Un buen día no recordaría quién era, entonces ya no merecería la pena seguir.

La taza de té tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

 

EL SONOTONE MÁGICO 2

Mi sordera iba en aumento. Aquel sonotone que me vendieron, también.  Ya no sólo podía escuchar los pensamientos más íntimos de las personas, ahora me llegaban ápices del futuro. Lo descubrí el otro día, cuando estando de compras por la ciudad, mi sonotone me advirtió de que iba a llover. Y así fue. No es que fuera difícil que lloviera en Donosti, pero la voz en off que me lo dijo sabía ciertamente que iba a ocurrir. Intenté poner a prueba mi nuevo poder preguntando al aire cuál sería el número de la lotería del martes siguiente. No hubo contestación. Tal vez debía conocer mejor las pesquisas de mi audífono.

Entré en una tienda de ropa, y mirando unas blusas que no tenían precio, escuché 19,95 euros. Estaba alucinada. Pregunté a la dependienta y efectivamente ese era su precio. La voz en off seguía mandándome datos que a veces no tenían sentido. Que si arroz con setas,  números de biopsias aleatorios, y un montón de datos que a priori yo no sabía enlazar. Al pasar los días me daba cuenta que aquellos datos eran producto del día a día. Efectivamente el lunes comí arroz con setas en el menú de la cafetería del hospital donde trabajaba. El martes se extraviaron dos biopsias en mi laboratorio, y gracias al chivatazo de los números,  pude localizarlas. Mis compañeros alucinaban conmigo, ¿cómo sabía yo todo eso?

Tenía un poder extraordinario y debía sacar provecho de eso. Mi mejor compañera y amiga me preguntó si tendría niño o niña, estaba embarazada. Lógicamente le dije que niña y acerté. Era una vidente real gracias a mi sonotone mágico. Todos me preguntaban cosas y yo les iba resolviendo dudas. Que si el coche se me ha averiado y no sé qué puede ser, que si podía resolver dónde había dejado las llaves de casa, etc…

Todo eran ventajas, pero me estaba empezando a agobiar con tanta adivinanza. Si supiera sacar partido a todo esto para mí propio bienestar, sería ideal.

Por más que preguntaba por los números del euro millón, nunca obtenía respuesta. Mi audífono solo me revelaba cosas cotidianas, sucesos habituales.

“El niño del jersey verde será  atropellado por el Ford gris metalizado”. En ese momento un crio con un jersey así pasó rápido a mi lado. El semáforo estaba en rojo para los peatones, pero él se lanzó a la carretera.  En un acto reflejo le alcancé y un coche freno en seco delante nuestra. Le acababa de salvar la vida. Me sentía orgullosa por ello, pero no quería seguir con eso. Preferiría no saber mi futuro inmediato y dejar que las cosas pasaran sin más. Saber a cada momento lo que iba a ocurrir me atormentaba. En casa de mi madre, mientras ella cocinaba, salvé que la olla de cocido no acabara en el suelo por un traspiés de mi madre. La voz en off me informaba de todo. Y yo empezaba a estar harta.

Así que un buen día salí de casa sin mi audífono. Iba tranquila, sosegada, pero no oía nada. Ni siquiera el murmullo de la ciudad, con los motores de los coches, el cantar de los pájaros,  nada. Tampoco era cuestión de vivir así. No sabía qué hacer. Sorda perdida no llegaría muy lejos.

Pensé en cambiar el aparatito mágico, pero al decir que escuchaba voces que me adivinaban el futuro, creerían que estaba loca. Y un poco sí lo estaba. No quería acabar atada a una cama, así que me acostumbré a mis dotes adivinatorios.

Saqué partido de eso y ahora me puedes encontrar en un portal de Internet llamado “Futuro instantáneo”. Allí resuelvo toda clase de dudas. Suelo disfrazarme con pañuelos y extravagantes pendientes. No solo te adivino el futuro, también teatralizo las situaciones. Tengo ya miles de visitas diarias, soy toda una influencer. Te espero.

 

EL SONOTONE MÁGICO



Me estoy quedando sorda. Genética me han dicho. Dos de mis tías lo son y a mi, pues me ha tocado. La verdad que si me paro a pensar, casi es mejor no oír lo que se dice a mi alrededor. En esta vida se hablan  muchas cosas innecesarias, superfluas, vacías de contenido. Para cuando sale una conversación decente, se han dicho miles de chorradas. Así que sí, me quedo sorda, pero me quedan más sentidos. Aunque un poco atrofiados, todo sea dicho. De la vista me he operado tres veces, tengo un ojo vago que decidía ir por libre. Para enderezarlo ha hecho falta tres intervenciones quirúrgicas de las cuales, al final, he quedado contenta. Pues eso, ojo rebelde y oído muerto. Un cromo de mujer soy. Aún así,  me enfrento a mi existencia con una sonrisa. Sonrisa que también me ha costado lo mío. A día de hoy llevo tres implantes dentales, un desembolso de unos seis mil euros. Casi nada. Vamos, que soy como Robocop, entre hierros en la boca y aparatos en el oído, solo me queda fulminar a la gente con algún rayo láser. Oye pues no estaría mal eso, a más de uno/a ya me habría cargado.

Y yo me pregunto , ¿es necesario tanta parafernalia para agradar a los demás? Más bien, es para agradarme a mí misma.  Porque sentirse bien es la base de todo lo demás.  Si estás agusto contigo misma, crece tu autoestima y tu manera de proceder. Los miedos se disipan si te empoderas. Todo es más fácil. Sobrellevar los problemas y hasta enfrentarse a los conflictos con otra mirada. La vida es más sencilla si la sabes manejar con soltura y para ello has de quererte. Por eso, todo lo que sea mejorar vale la pena. Pero volviendo a mi sordera, parece ser que es irreversible. Así que encargué un audífono, otros tropecientos euros. Todo sea por mi bienestar.

El día que fui a recogerlo llovía intensamente como es habitual en Donosti.  No sé si hay vida después de la muerte, ni de si todo este gasto sirve para prepararme para ella. Al fin y al cabo, cuando esté muerta, ni mis implantes, ni mi ojo, ni mi audífono me salvarán de tal soledad. Viva lo que viva, quiero hacerlo de la mejor manera posible. Porque si puedo disfrutar de mi existencia terrenal, eso que me habré llevado.

 Cuando me lo pusieron quedé asombrada. Podía escuchar hasta mi respiración y aunque parezca algo carente de contenido, para mí fue todo un hallazgo. Escuchaba todo nítido y claro.  Lo peor fue el desembolso. Estas cosas no están financiadas al 100% por la seguridad social, y baratas no son precisamente. Menos mal que gracias a mi padre, había ahorrado el año anterior. Él me supervisaba los gastos. Era como un tutor financiero. Aunque nunca dejó de ejercer de padre. Claro que era esa opción o tutelarme por el juzgado debido a otros problemas añadidos. Soy una mano rota y si no tomaban medidas iba en declive absoluto. Pues eso, lo pagué. Lo que yo no sabía es que aquel aparato venía con sorpresa. Con él podía escuchar hasta los mas profundos deseos de las personas. Una auténtica maravilla de la que podría sacar provecho.

El agua se me metía en los zapatos, tenía los calcetines húmedos y estaba muy incómoda. Decidí coger el autobús para volver a casa. Iba disfrutando de cada sonido, el graznar de las gaviotas, el mar al romper en la orilla, hasta que llegué a la parada. La gente guardaba fila en silencio. De repente escuché decir “ Vaya mierda de tiempo“. Miré a un lado y a otro, pero no supe adivinar quién lo había dicho. Y es que nadie había hablado. Me ajusté el volumen del aparato y entré al autobús. Cuando en la siguiente parada se subió una mujer cincuentona, descubrí que mi audífono tenía poderes. Aquella mujer saludó efusivamente a otra, “ Hola Conchi. Cuánto tiempo. Qué guapa estás “. Y a continuación la misma voz en off decía “ Qué horrible. Qué mal envejecer” . Asombrada, me percaté que solo yo podía escuchar esos pensamientos.  Fue como un regalo divino que se me había otorgado. Silenciosa me dediqué a escuchar atentamente a mi alrededor. Sentada junto a un chico joven descubrí sus miedos e inseguridades.  Él iba pensando en sus cosas y todas ellas se me revelaban con su voz en mi cabeza. Qué pena, tan joven y perdido, pensé. Me di cuenta de la falsedad de la gente. Nunca decimos lo que pensamos, solo adornamos nuestras palabras. “ Qué alegría verte”, cuando en realidad se piensa, ‘Uff, ahora ¿qué le cuento yo a esta? ”. Alucinaba con mi nuevo poder. Entre parada y parada me enteré de cosas que jamás hubiera imaginado saber.

Probé a usar mi poder con mi madre, pero parece que solo funciona en distancias cortas, porque en una llamada telefónica no conseguí saber lo que ella pensaba mientras me hablaba. Hubiera estado bien.  Hablar, mantener una conversación y saber en realidad qué es lo que la otra persona piensa. Alucinante.

Estoy deseando que llegue el lunes. Va a ser divertido probarlo en el trabajo.

CUANDO EL MUNDO CALLA



 

Todos hemos sentido alguna vez ese vacío interno. Cuando nada luce en nosotros, cuando estamos al borde del precipicio. Cuando todo es oscuro y gris. La sola idea de seguir adelante nos pesa, nos hiere y aleja. Nada tiene sentido, nada fluye. Nos atormentamos y nos rendimos porque nuestro esfuerzo no se ve recompensado. La tristeza viene para quedarse y el llanto nace de lo más íntimo para liberarnos.

No es malo sentirse débil. La apatía, soledad y desesperación son necesarias para volver a estar en pie.

A veces, el mundo calla para luego estallar y lanzarnos alto.

COMANDO JOTA


 

                                                                                                 

Podía apreciar su mirada a través del vaso de mi gin tónic. Eran cerca de las doce de la noche y yo seguía esperando a Manolo. Nos habíamos citado allí, en el Café Central, para ultimar los detalles de la publicación semanal del diario.  Ese día había un concierto de Jazz. Aquella semana mi artículo hacía un tremendo análisis sobre las drogas de diseño, su consumo creciente entre los jóvenes y las irreversibles secuelas que podían causar. La pillé mirándome de nuevo. Sus ojos de gata se iluminaban en aquel oscuro bar. No estaba sola. Una chica más la acompañaba. Pedí otro gin tónic.

        Perdona tío, me he liado con un asunto.

        Tranquilo, mientras haya bebida en este lugar, puedo esperar.

Me acerqué la copa a los labios y al humedecerlos, una sensación de frescor me invadió por completo. Miré hacia donde estaba aquella chica, pero había desaparecido.

        Me he leído a conciencia tu artículo y de verdad, es muy bueno. No le falta detalle. Bien argumentado y documentado. Enhorabuena.

        Gracias, Manolo. Ya sabes que yo sobre este tema he andado bastante. No me pillaba de nuevas.

        No te excuses. Lo publicaremos en la primera sección.

Nos alejamos de la barra en dirección a unos modernos sofás situados en la terraza. Aquel lugar tenía un aire minimalista y contemporáneo. Gin tónic en mano, al ir a sentarnos , dos chicas hicieron el amago de lo mismo. Entre risas y coqueteo, me percaté que era ella.

        Entramos los cuatro, no os preocupéis. Podemos compartir espacio.

        Oh, muchas gracias. Sería genial.

No me pegaba aquella voz con su espectacular físico, pero aún así me seguía pareciendo sumamente atractiva. Intercalamos los asientos.

Les pregunté si querían tomar algo más. Paula, que así se llamaba, se ofreció a acompañarme a la barra a por las copas.

Por suerte, yo era más alto, no exageradamente más, pero lo suficiente para destacar sobre ella. En nuestro camino a la barra, le pregunté cuestiones típicas de aquella situación. Era patinadora de alto nivel, de ahí su espectacular físico y vivía sola a las afueras de Madrid. Me contó que a parte del patinaje era una apasionada de la pintura. La verdad es que parecía una chica muy interesante y yo me encontraba cómodo a su lado. Regresamos al sofá, pero nuestros amigos no estaban. Dejamos las copas en la mesa y cada uno llamó a su respectivo amigo. Ambos móviles estaban apagados. Era extraño. Nos miramos sin saber bien qué decirnos. Claramente alguno de los dos se hubiera despedido si su intención era irse. O al menos, nos hubieran escrito un WhatsApp. En fin. Resignados, Paula y yo continuamos hablando durante un largo rato. Le conté que yo era periodista, que me apasionaba la música rock y que también vivía solo en Madrid. Entonces, un gran revuelo nos sobresaltó. En la entrada del bar se agolpaba multitud de gente con caras descompuestas. La música dejó de sonar. Alguna mujer gritaba aterrorizada. Cogidos de la mano, nos aproximamos a la entrada. Resonaban las sirenas de la policía acercándose. Los porteros nos indicaron que por esa puerta no se podía salir. Qué fuéramos por la de atrás. No sabíamos que estaba pasando, pero no pintaba bien. Paula y yo cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la puerta trasera. “ ¿Te has fijado? Le faltaba el ojo. Se lo han arrancado tía, ¡qué fuerte!” Una chica que caminaba delante nuestra contaba aquello a su amiga.

        Perdona, ¿qué ha ocurrido? ¿Habéis visto algo?

Preocupado por Manolo, le pregunté sin pudor.

        No sabemos, pero hemos visto a un chico en el suelo, sangraba mucho por un ojo. Luego nos han dicho que entráramos y saliéramos por esta puerta.

Paula quemaba su celular. No había manera de que diera señal al llamar a su amiga.

Al salir, la policía había acordonado la zona del Café Central.

        ¿Nadie ha visto nada? ¿Cómo es posible que tenga dos cadáveres en el parking de un bar y nadie haya visto nada? ¡No dejen salir a nadie por el amor de Dios!

La agente Jota estaba realmente muy nerviosa. Tras un aviso de un trabajador, dos cadáveres habían aparecido entre los coches del parking. Mujer, 32 años, le habían cortado la oreja y apuñalado en el vientre. Varón, 39 años. Ojo arrancado y corte mortal en el cuello.

“¿Dos cadáveres?¿Había dicho dos cadáveres?” Cogí la mano de Paula fuertemente. Estaba pálida.

        ¿No serán...?¡Oh, no!

Con lágrimas brotando de los ojos se aproximó a la agente.

        Disculpe. Hace rato que un par de amigos han desaparecido. No les encontramos.

        Señorita, permanezca dentro. De momento no se puede salir del bar.

        Pero escuche, necesitamos verlos. Saber si son ellos.

La multitud nos empujó hacia dentro de nuevo. Abracé a Paula que lloraba desconsolada.

Los cortes tanto en el cuello del chico, como en el vientre de ella, se habían producido con un cuchillo de grandes dimensiones. No parecía un crimen pasional, ni xenófobo, tampoco un ajuste de cuentas. Nos tomaron declaración a Paula y a mí. Descompuestos, respondimos a todas las preguntas de la agente Jota.

        Si entre ellos no se conocían, ¿cómo es que decidieron salir al parking del bar?

        Bueno, Manolo es un fumador compulsivo, tal vez invitó a la chica a salir mientras nosotros llevábamos las copas. No lo sé, agente. Ya le digo que fue todo muy rápido. Para cuando volvimos al sofá, ya no estaban.

Paula estaba exhausta y conmocionada.

        Bien chicos, os tomaremos los datos y en cuanto sepamos algo más, os avisaremos. Si en algún momento os acordáis de algo, por muy estúpido que os parezca, cualquier detalle, llamadme.

Me extendió una tarjeta con su nombre y su teléfono.

Acompañé a Paula hasta el taxi. La invité a venir a casa para que no estuviera sola, pero ella prefería estarlo. Quedamos en hablar al día siguiente. Era un duro trago. Ahora nos tocaba avisar a los seres queridos, enterrar a nuestros amigos y no saber por qué. Si al menos tuviésemos algo que explicara esas muertes absurdas, podríamos sobrellevarlo mejor.

Tras dejarla, caminé a solas hacia mí coche. No podía creer lo que había ocurrido. Hace un par de horas estaba entusiasmado con mi artículo, y ahora me iba a casa con un amigo menos. ¡Qué barbaridad!

El resultado de las autopsias no ofrecía ningún dato más de lo que ya se sabía. Ambos murieron desangrados. Tras enterrar a nuestros amigos, Paula y yo fuimos a dar un paseo. Aún estaba destrozada por lo ocurrido. La acompañé a casa y quedamos en vernos pronto. Cuando entré en mi portal, me fijé que de mi buzón sobresalía un sobre blanco. Dentro, había una nota y un pétalo de rosa negra seca:

Esto no es una carta de amor. Es un aviso, el primero de muchos que recibirás si no haces lo que te digo.

Sé que tienes acceso a las cosas de tu amigo Manolo. Recopila todo y deposítalo en la taquilla número 13. Son taquillas públicas que el ayuntamiento cede para los transeúntes de Madrid. Sólo te costará 50 céntimos. Como regalo te doy este pétalo negro. Si avisas a la poli, no haces lo que te digo o intentas algo extraño, tu vida estará en peligro. Por cierto: No me chilles que no te veo”.

¿Las cosas de Manolo? ¿Qué se supone que son las cosas de Manolo? Sé que estaba documentándose sobre algún asunto periodístico, pero no encontraba relación para que el supuesto asesino me pidiera tales “cosas”. Por otro lado, tenía que informar a la agente. Esa última frase, “no me chilles que no te veo” era de lo más macabro. Sin duda hacia referencia al modo en que se habían producido los asesinatos. Ojo y oreja mutilados. ¡Qué horror! La cosa se ponía fea.

        Tiene una llamada agente.

        Por la dos, gracias.

        ¿Agente Jota? Soy el amigo de Manolo. Necesito hablar son usted.

Tenía muchas dudas en mi mente. No sé si hacía bien o no, pero no podía estar ausente ante tal información. Me gustaría comentarle todo a Paula, pero no me atrevo. No hay suficiente confianza para ello. Que su amiga se haya visto implicada en una historia que ni le iba ni le venía, que hubiera muerto por un oscuro asunto de un tipo al que acababa de conocer, solo me alejaría más de ella. ¿Qué hubiera hecho yo en caso contrario?

Antes de acercarme a comisaría a no sé muy bien qué, pasé por la redacción. Pedí al jefe recoger lo último que Manolo había dejado a medias. Tras recopilar documentos me di cuenta de que se trataba de un asunto delicado. Altos cargos del gobierno y algún que otro renombrado juez, se veían implicados en una trama de corrupción y engaño. Entre delegados del gobierno opuestos en ideales, se habían encontrado pactos contractuales de cesión de bienes patrimoniales. Todo financiado con dinero público. Ellos teatralizaban día sí y día también en el congreso, gritándose e inculpándose unos a otros. Pero a espaldas del pueblo, se estaban enriqueciendo con el consentimiento de jueces que harían la vista gorda. Todo era un entramado delicadamente estudiado en los que los poderosos implicados saldrían impunes. Manolo estaba investigando y contrastando información para, quizá, sacar todo a la luz. Su ordenador parpadeaba constantemente. En la pantalla se podía leer el título de un artículo: “No me chilles que no te veo”. Era exactamente la misma frase con la que acababa la nota de mi buzón.

La agente Jota y Francis se vieron aquel día por última vez. Sus cuerpos mutilados por el mismo modus operandi, fueron hallados al día siguiente. Una oleada de siniestros crímenes había comenzado en las calles de Madrid. El comando J ya no les podría combatir.

 

CAMINO SORIA


 

Camino Soria encontré esta estampa. Nevada, solitaria, olvidada.

El manto frío y helado de sus cumbres no parecía impedirlo. El rebaño de ovejas avanzaba por la montañosa pradera. El sonar de los cencerros pone melodía a su paseo, las pisadas y los berreos, el son de la canción que compongo mientras las veo. Tras la vegetación oscura y solemne se alza una choza, propia de un cuento de misterio. La humedad se adentra en mis huesos mientras la chimenea humea sopor. Corderos lanudos y sombríos pastos esconden mi ser.

Tú, tímida y ausente, me ves desde el balcón. La luna ilumina el paisaje, nevado, oscuro, único y sutil. Pronto amanecerá, pero se que aún estarás ahí. Inamovible, tras el visillo me observas andar por estas tierras. Tierra de vid y ganado. Tierra de profundas raíces donde te conocí. Tras tus pasos yo voy. Cada huella helada que me encuentro me permite dar un paso más.  Avanzo en la nieve y rastreo tu olor. Nada es ya como antes. Ahora es mucho mejor. Yace en el monte un cuerpo, una oveja descarriada que abandonó su rebaño. Sin los suyos no pudo sobrevivir, lo mismo me pasa a mí sin ti.

Pasto en Soria esperando una señal. Me escondo en la nieve huyendo del sol. Solo la luna me inspira confianza, porque ella nos descubrió en una noche ya pasada. Años atrás, cuando todo era distinto, años atrás cuando el rebaño estaba íntegro. Murmullo entre arbustos helados, esperando encontrarme con tus labios. Y sé que no me fallarás, porque si en Soria te enamoras, en Soria permanecerás.

La noche avanza y la luz del sol comienza a emerger, la nieve lucha por mantenerse intacta y tu recuerdo sigue presente. Huele a monte y leña quemada. Una sensación que invade mi alma.

 

ARÁCNIDA



El ruido de la centrifugadora resuena en el ala norte del laboratorio. Marcela, enfundada en su traje Epi, acaba los cultivos de esa semana. Estudia la posible mutación F-467 del gen sensorial en arañas. Si el estudio sale bien, podría estar ante la vacuna contra la esclerosis múltiple. Hasta hoy no hay cura para dicha enfermedad. La esclerosis múltiple o esclerosis de placas es una enfermedad neurológica crónica de naturaleza inflamatoria y autoinmunitaria caracterizada por el desarrollo de lesiones desmielinizantes, y de daño axonal en el sistema nervioso central. Pero esta vacuna podría desnaturalizar dichos daños.

Su preparación había sido extensa y comprometida. Cuando era bien joven ya apuntaba maneras en el campo de la biología. Pronto comenzó a trabajar para el grupo Fontanis, una de las mayores empresas farmacéuticas del país. Reconocida por sus superiores en varios carteles científicos, Marcela se consagró como una gran doctora. Le apasionaba su trabajo, hasta el punto de vivir por y para él.

Este estudio le traía de cabeza. Llevaba meses entre cultivos celulares y campos estériles de arañas, pero no obtenía resultados coherentes. Miles de experimentos, analíticas, gráficas y suposiciones que no llegaban a fin. A veces, era desesperante. Cerró el programa cuántico del ordenador y se dirigió a la entrada.

Aquella mañana, un descuido hizo que al cambiarse de ropa una de las arañas se colara en el bolsillo de su chaqueta. Sin percatarse de eso, Marcela abandonó el laboratorio. Una vez en casa, se desnudó y se dio una lenta ducha caliente. Lo necesitaba. Estaba exhausta y no era físicamente. Su mente tenía que desconectar de algún modo o acabaría enferma. Pero lo que acabó es mucho peor.

Al salir de la ducha y secarse con la toalla se dirigió a su dormitorio.  Se puso el camisón para estar cómoda y abrió la ventana para que entrara la luz del día. En ese preciso instante la araña que se había colado en su chaqueta salió del bolsillo. Al subir por la pared, un rayo de sol incidió en ella y esa energía contaminada se reflejó en Marcela. Sintió un pequeño hormigueo por todo su cuerpo. Pensó que igual estaba cogiendo frío, así que se puso un jersey. Cual fue su sorpresa que al meter un brazo en la manga, sus dedos se transformaron en pequeñas patas puntiagudas. ¿Qué estaba pasando?. Asustada se dirigió al espejo y comprobó como sus ojos se agrandaban por momentos. Entonces vio que de su labio superior crecía un bigote extremo, pelos súper largos que se proyectaban en todas direcciones. Su cuerpo estaba sufriendo una horrible transformación. ¡Dios mío. Era una araña gigante!

Todo fue muy rápido e inusual. Marcela chillaba desconsolada pero sus gritos se oían como pequeños pitidos molestos. No sabía qué hacer. Estaba sola y con aquellas patas no era capaz de coger el móvil. Si sus gritos no se oían,  sus palabras menos. Intentaba hablar pero nada de lo que decía se entendía. Estaba perdida. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a salir así a la calle?

Intentó tranquilizarse y se sorprendió cuando cazó una mosca que pasaba por allí. ¡Dios mío! ¿Se acababa de comer una mosca? Por un momento pensó con claridad. Si el rayo solar incidió sobre una pequeña araña y eso se proyectó en ella e hizo esa horrenda transformación, a la inversa debería solucionarse. Antes de que se fuera el sol, abrió la persiana como pudo. El sol iba apagándose por el atardecer, pero aún calentaba algo. Buscó ropa, restos de su cepillo de pelo, cualquier cosa que tuviera parte de ella. ¡Las bragas de ese día!. Sus células debían estar presentes para devolverle su apariencia natural.

Paciente, puso todos estos objetos al sol esperando un milagro.  El tiempo pasaba y ella solo notaba como de sus orificios salía una sustancia tipo seda. ¡No por dios! No era momento de tejer una telaraña, ¡No!

Pero sí,  inconscientemente estaba tejiendo lo que sería su coto de caza. Entonces ocurrió.  Uno de los últimos rayos incidió sobre sus bragas. Y ¡ale hop! Su cuerpo volvió a ser su cuerpo. Alucinada se miró las manos, se tocó la cara. Todo parecía estar en orden. No quedaban restos de arácnido en ella. Cogió su móvil y llamó inmediatamente a su jefe. A medida que le iba relatando lo ocurrido, él no parecía creerla.

Al día siguiente la ingresaron en psiquiatría.