domingo, 19 de mayo de 2024

GLOVO



Pedí un glovo. No me apetecía nada cocinar aquella noche. Había sido una semana rara y extenuante. No tenía fuerzas para ninguna cosa más. El reloj marcaba las diez y tres, la esfera brillante del cielo auguraba una noche clara. Su magnetismo hacía que yo me sintiera más agotada aún si cabe. Me dispuse a esperar mi pedido. Estaba hambrienta.

La luz parpadeaba intermitentemente. Lucas cerraba su taquilla al son de U2. Llevaba su música siempre consigo, a través de los cascos bluetooth, el ritmo se instalaba en su cuerpo. Cogió las llaves de su moto y salió del vestuario. En ese preciso instante el desgaste continúo de los fluorescentes dejó todo a oscuras.

El pedido se retrasó unos diez minutos. No veía la hora de hincar el diente a ese plato mal transportado. Justo cuando me disponía a ello, sonó el teléfono.” Maldita sea”, pensé. La melodía iba in cressendo cada vez más deprisa. Cuando descolgué, una respiración profunda me susurraba al otro lado.

Lucas pilotaba rápido como un guepardo a través de la carretera comarcal.  La gravilla salía propulsada y chocaba en su casco debido a la gran velocidad. Pero pronto sintió como algo fallaba, la moto perdía potencia. Se aproximó al quitamiedos y la apoyó allí. Bajó de ella lentamente, miró al cielo y la luna fue lo último que vio. Un coche le arrolló muchos metros hacia delante.

Sin poder articular palabra, solté el auricular.

El aceite se confundía con su sangre sobre el asfalto. Inconsciente y tirado en aquella carretera, su silueta era iluminada por la luna. Ella era el único testigo de aquel atropello,  ella era la única presente en aquel fatídico accidente.

Corriendo, me vestí con lo primero que pillé en el armario. Cogí las llaves y salí pitando hacia el hospital. No podía creerlo.  Hace dos horas habíamos hablado, incluso reído.  Pasaría mucho tiempo hasta que lo volviéramos a hacer. Que injusto,  que horror.  Mientras mi glovo se pudría en la mesilla del salón,  yo derramaba mares de sal sin detenimiento. Estaba angustiada, furiosa, impotente ante aquello que, sin quererlo, nos cambió la vida.

A través de la visera rota, Lucas conseguía ver el cielo oscuro. A ratos consciente, a ratos no, pensaba en su chica principalmente. Fue trasladado una vez inmovilizado al hospital  más cercano. La luna le seguía el rastro.

No me dejaron verle. Está muy grave y le vamos a inducir un coma profundo. Será lo mejor.

Tenía un gran nudo en la garganta, solo quería abrazarle y tocarle.  Besarle, mimarle, pero no podía ser. Mentalmente le mandaba mil mensajes, mil muestras de cariño y mil gestos de amor.

Cuando salí del hospital, la luna me acompañaba en mi paseo, sigilosa, confidente, luciendo fuerte junto a mi. El camino que iniciaba aquella noche era el principio de lo que estaba por venir.

Pasaron dos meses en los que apenas podíamos verle. Seguía inconsciente, quieto e impasible. La vida se aferraba a él.  No le dejaba marchar. Y gracias a eso, llegó el día más esperado.

Lucas permanecía inmóvil, mi mano se posó en la suya. Y él movió un dedo. Aquello me hizo sonreír. La energía fluía entre nosotros. Fueron dos meses angustiosos en los que la incertidumbre de no saber qué, marcaba nuestro día a día. Ahora era tiempo de avance,  de no mirar atrás.  El sueño eterno aún le esperaría años y años. Y aquí estaré yo para apoyarle. Nada podrá fastidiarlo más.

La luna le protege.

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