Pedí
un glovo. No me apetecía nada cocinar aquella noche. Había sido una
semana rara y extenuante. No tenía fuerzas para ninguna cosa más. El reloj
marcaba las diez y tres, la esfera brillante del cielo auguraba una noche
clara. Su magnetismo hacía que yo me sintiera más agotada aún si cabe. Me
dispuse a esperar mi pedido. Estaba hambrienta.
La luz
parpadeaba intermitentemente. Lucas cerraba su taquilla al son de U2. Llevaba
su música siempre consigo, a través de los cascos bluetooth, el ritmo se
instalaba en su cuerpo. Cogió las llaves de su moto y salió del vestuario. En
ese preciso instante el desgaste continúo de los fluorescentes dejó todo a
oscuras.
El
pedido se retrasó unos diez minutos. No veía la hora de hincar el diente a ese
plato mal transportado. Justo cuando me disponía a ello, sonó el teléfono.”
Maldita sea”, pensé. La melodía iba in cressendo cada vez más deprisa. Cuando
descolgué, una respiración profunda me susurraba al otro lado.
Lucas pilotaba
rápido como un guepardo a través de la carretera comarcal. La gravilla salía propulsada y chocaba en su
casco debido a la gran velocidad. Pero pronto sintió como algo fallaba, la moto
perdía potencia. Se aproximó al quitamiedos y la apoyó allí. Bajó de ella
lentamente, miró al cielo y la luna fue lo último que vio. Un coche le arrolló muchos
metros hacia delante.
Sin
poder articular palabra, solté el auricular.
El
aceite se confundía con su sangre sobre el asfalto. Inconsciente y tirado en
aquella carretera, su silueta era iluminada por la luna. Ella era el único
testigo de aquel atropello, ella era la
única presente en aquel fatídico accidente.
Corriendo,
me vestí con lo primero que pillé en el armario. Cogí las llaves y salí pitando
hacia el hospital. No podía creerlo. Hace dos horas habíamos hablado, incluso
reído. Pasaría mucho tiempo hasta que lo
volviéramos a hacer. Que injusto, que
horror. Mientras mi glovo se
pudría en la mesilla del salón, yo
derramaba mares de sal sin detenimiento. Estaba angustiada, furiosa, impotente
ante aquello que, sin quererlo, nos cambió la vida.
A
través de la visera rota, Lucas conseguía ver el cielo oscuro. A ratos
consciente, a ratos no, pensaba en su chica principalmente. Fue trasladado una
vez inmovilizado al hospital más
cercano. La luna le seguía el rastro.
No me
dejaron verle. Está muy grave y le vamos a inducir un coma profundo. Será lo
mejor.
Tenía
un gran nudo en la garganta, solo quería abrazarle y tocarle. Besarle, mimarle, pero no podía ser.
Mentalmente le mandaba mil mensajes, mil muestras de cariño y mil gestos de
amor.
Cuando
salí del hospital, la luna me acompañaba en mi paseo, sigilosa, confidente,
luciendo fuerte junto a mi. El camino que iniciaba aquella noche era el
principio de lo que estaba por venir.
Pasaron
dos meses en los que apenas podíamos verle. Seguía inconsciente, quieto e
impasible. La vida se aferraba a él. No
le dejaba marchar. Y gracias a eso, llegó el día más esperado.
Lucas
permanecía inmóvil, mi mano se posó en la suya. Y él movió un dedo. Aquello me
hizo sonreír. La energía fluía entre nosotros. Fueron dos meses angustiosos en
los que la incertidumbre de no saber qué, marcaba nuestro día a día. Ahora era
tiempo de avance, de no mirar atrás. El sueño eterno aún le esperaría años y años.
Y aquí estaré yo para apoyarle. Nada podrá fastidiarlo más.
La
luna le protege.

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