Nunca te habías atrevido.
Innovar
es para ti un ejercicio se superación. “Lo harás bien, Mari Carmen”, te dices a
tí misma.
Ayer
compraste todos los ingredientes. Aquel día solo usarías el horno y poco más. O
eso creías.
Sacas
un bol, la batidora y el molde para el bizcocho. Si, hoy la cosa va de
repostería. Nunca has hecho uno. Te surgen muchas dudas. Así que, buscas un
tutorial en YouTube. Colocas tu
Smartphone en posición horizontal, apoyado encima de la cafetera a modo de
televisor. Comienza la diversión.
Cascas
tres huevos y vacías un yogur griego con sabor caramelo sobre ellos. Los bates,
primero a mano con una cuchara de palo y luego los rematas con la batidora.
Lavas bien el envase del yogur porque te sirve de medida otra el resto. Al
fregarlo te salpicas y manchas la camiseta. Se te ha olvidado ponerte el
delantal. Fallo. Como si sirviera ahora ya de algo, te lo pones y anudas a la
espalda. Con el dichoso envase ya
limpio, lo llenas de azúcar y lo viertes en la mezcla ya batida. Repites lo
mismo otra vez. Remueves de nuevo. Ahora, según el tutorial, debes echar aceite
de girasol con el envase del yogur. ¡Mierda!. No tienes de girasol así que le echas de oliva, supones que dará
lo mismo. Pero no, no es igual. El aceite de oliva es más fuerte y potenciará
mucho el sabor. El caso es que a ti te da igual, y le das de nuevo meneo a la
mezcla. Ahora viene el turno de la esencia de vainilla. En el tutorial le echan
la rama, pero como tú ayer no encontraste en el súper, le echas unos polvos que si que había y que
ponía esencia de vainilla. Seguro que te queda mejor que a la pesada del
tutorial. Vuelves a batir todo. Solo te falta la harina y la levadura. Entonces
te das cuenta que no has encendido el horno. Tiene que precalentarse unos 20
minutos antes.
Bueno, no importa. Metes la mezcla en la nevera y
enciendes el horno. Te quitas el delantal y sales la terraza a fumarte un
cigarrillo. Aún queda cuarto de hora
hasta que el horno esté caliente. Inhalas fuerte el humo, tus pulmones se
llenan. Exhalas muy lentamente. Disfrutas cada calada al máximo.
Vuelta
a la faena. Toca el turno de tamizar la harina. En este caso son tres medidas
del envase del yogur, acordaros que era de caramelo, más la esencia de
vainilla, más el aceite de oliva. Una
bomba de sabor. Para tamizar la harina, o espolvorear, que es lo mismo, usas un
colador grande. Toquecito a toquecito la harina se desmenuza sobre tu mezcla ya
batida. En la última medida de harina,
espolvoreas, antes de colarla, la levadura química.
Ahora
si que sí. Bates con energía todo.
Mezclas con alegría cada gramito de ingredientes. El horno ya está en su
punto, así que te apresuras a engrasar molde. Pero ¡Oh Dios mío! También se te olvidó comprar la mantequilla.
¡Qué despiste!. Como eres una mujer de recursos, buscas en Google maneras de
engrasar sin manteca. Y ya está. Todo
tiene solución. Se puede engrasar con
aceite de oliva, ¡claro!, ¿con qué si no?.
Bendito
aceite, que para todo sirve. Bajas la
temperatura a 180 grados. Antes de meterlo al horno, viene tu secreto: unas
gotitas de anís. Le dará un toque exquisito. Metes el molde con la mezcla y a
esperar.
Eso de esperar no lo llevas bien. Como tienes
unos cuarenta minutos por delante, discurres la manera de adornar tu
bizcocho, el cual seguro sale
superesponjoso. Faltaría más.
Abres
los estantes en busca de virutas, almendra molida, o algo que te ayude a
adornarlo. Pero siempre te falta algo, y hoy es el día apropiado para ello. Sin
afán de encontrar nada, abres el último cajón de tu cocina y , ¡sorpresa!, una
tableta de chocolate blanco aparece ante ti.
Pones
un cazo con bien de agua al fuego. Cuando empieza a hervir, pones otro cazo
encima y fundes el chocolate. Una sensación de olores inunda tu cocina. Tus
jugos gástricos empiezan a jugar en tu estómago.
Llamas
a tu mejor amiga y en lo más interesante de la conversación, cigarrillo en mano, suena el reloj. Te
despides apresuradamente. Cierras la puerta y la ventana, las corrientes no son
buenas para un bizcocho caliente porque pueden hacer que merme. Al igual que
los contrastes bruscos de temperatura. Así que abres hasta el primer tope,
esperas unos minutos y luego ya abres del todo para que se temple.
Llega
la hora del desmoldado. Paso difícil donde los haya. Debido al calor puede que
el bizcocho se haya pegado. Confías plenamente en ti y en el poder del aceite.
Y ¡Ale hop!, ¡el bizcocho está perfecto!
Solo
te queda adornarlo con el chocolate . Con una cuchara lo viertes sobre él al escurrirse queda una especie de dibujo de
ondas que hace más interesante si cabe tu manjar.
Estás hecha una cocinillas de primera.

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