domingo, 19 de mayo de 2024

EMMA


 




La taza se tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

No podía dejar de pensar en Emma y en su grata compañía. En lo mucho que la echaba de menos y en como su vida había cambiado sin ella.

Emma murió y el parkinson se instaló en su vida. Como si un de un viaje lento y doloroso se tratara, Manuel lo comenzó en soledad. La enfermedad empezó poco a poco, primero era un pequeño hormigueo, como si un centenar de pequeños insectos recorrieran su brazo. Intentaba hacer caso omiso a aquel malestar, a esa incesante sensación de cosquilleo continúo. Pero fue in crescendo. Era molesto, muy molesto sentirse así. Porque era como si poco a poco sus extremidades fueran durmiéndose para siempre.

Luego vinieron los temblores. Vinieron para quedarse. Él mandaba mentalmente órdenes a su brazo, le mandaba parar, le ordenaba fuertemente que cesara esos movimientos repentinos, pero sus manos viajaban en dirección opuesta. Nada podía evitar aquella situación y la situación se apoderó de él.

Mientras fuera una cuestión física, Manuel podía valerse por sí mismo. Todo estaba bien. No necesitaba controlar su cuerpo porque mantenía su mente libre e intacta. Y eso era lo importante.

La soledad le abrumaba y golpeaba. Cuánto extrañaba a Emma. La tristeza le invadía, pero salía airoso en sus quehaceres diarios. Se veía torpe y viejo, pero lo peor es que Emma ya no estaba para acompañarle. Seguro que hubiera cuidado de él, con esa delicadeza que solo ella tenía. Cada mañana le daría los buenos días con un dulce beso,  y eso le llenaría de energía. Qué diferente hubiera sido todo con ella al lado.

El tiempo transcurría y la vejez se abría paso para Manuel. No estaba tan solo pues recibía los cuidados de sus hijos.  Pero a veces, ni las más atentas y sanadores intenciones eran suficientes. La ausencia de su compañera de viaje fue lo que le hizo enfermar. Sin ella nada tenía sentido. Así que se dejó guiar por la vida y se dejó engañar por la muerte.

Lo peor estaba por llegar. Con la edad también empezaron las demencias y eso ya era más difícil de controlar y apaciguar. Mientras no olvidara a su querida Emma, todo estaría bien. El día que no la recordara, ese día estaría muerto. Muerto en vida, pero muerto al fin y al cabo.

Un buen día no recordaría quién era, entonces ya no merecería la pena seguir.

La taza de té tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

 

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