La taza se tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.
No podía
dejar de pensar en Emma y en su grata compañía. En lo mucho que la echaba de menos
y en como su vida había cambiado sin ella.
Emma murió
y el parkinson se instaló en su vida. Como si un de un viaje lento y doloroso
se tratara, Manuel lo comenzó en soledad. La enfermedad empezó poco a poco,
primero era un pequeño hormigueo, como si un centenar de pequeños insectos recorrieran
su brazo. Intentaba hacer caso omiso a aquel malestar, a esa incesante sensación
de cosquilleo continúo. Pero fue in crescendo. Era molesto, muy molesto
sentirse así. Porque era como si poco a poco sus extremidades fueran
durmiéndose para siempre.
Luego
vinieron los temblores. Vinieron para quedarse. Él mandaba mentalmente órdenes
a su brazo, le mandaba parar, le ordenaba fuertemente que cesara esos
movimientos repentinos, pero sus manos viajaban en dirección opuesta. Nada
podía evitar aquella situación y la situación se apoderó de él.
Mientras fuera
una cuestión física, Manuel podía valerse por sí mismo. Todo estaba bien. No
necesitaba controlar su cuerpo porque mantenía su mente libre e intacta. Y eso
era lo importante.
La soledad
le abrumaba y golpeaba. Cuánto extrañaba a Emma. La tristeza le invadía, pero
salía airoso en sus quehaceres diarios. Se veía torpe y viejo, pero lo peor es
que Emma ya no estaba para acompañarle. Seguro que hubiera cuidado de él, con
esa delicadeza que solo ella tenía. Cada mañana le daría los buenos días con un
dulce beso, y eso le llenaría de
energía. Qué diferente hubiera sido todo con ella al lado.
El tiempo
transcurría y la vejez se abría paso para Manuel. No estaba tan solo pues
recibía los cuidados de sus hijos. Pero
a veces, ni las más atentas y sanadores intenciones eran suficientes. La ausencia
de su compañera de viaje fue lo que le hizo enfermar. Sin ella nada tenía
sentido. Así que se dejó guiar por la vida y se dejó engañar por la muerte.
Lo peor
estaba por llegar. Con la edad también empezaron las demencias y eso ya era más
difícil de controlar y apaciguar. Mientras no olvidara a su querida Emma, todo
estaría bien. El día que no la recordara, ese día estaría muerto. Muerto en
vida, pero muerto al fin y al cabo.
Un buen día
no recordaría quién era, entonces ya no merecería la pena seguir.
La taza de
té tambaleaba en sus manos. Torpemente, de un lado a otro, sin parar.

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