domingo, 22 de septiembre de 2024

MUERTE




Se puede morir de muchas maneras. Morir ahogado, electrocutado, atragantado,  quemado. Morir por una enfermedad, en un accidente, morir de casualidad o de forma predeterminada. Morir sin apenas enterarse, morir agonizando, sufriendo, morir lentamente o de manera precoz. Gritando o en silencio. Habiendo vivido mucho o apenas haber empezado. Se puede morir vestido o desnudo, recién comido o en ayunas. Morir solo o acompañado. En tu casa o de viaje. En definitiva, se puede morir de muchas maneras. Pero la peor de todas las muertes es morir en vida. En ella, sigues respirando, sigues viendo lo que te rodea, sientes frío o calor, pero estás muerto. Puedes pensar por ti mismo, dar un paso hacia delante,  otro hacia atrás, reír y llorar, gritar o callar,  pero sigues muerto. Nada hará que mejores, porque para ti la vida terminó. Puedes escuchar, hablar o simplemente mirar, pero nada te llena o hace sentir bien. Tu mente está totalmente bloqueada, anulada, inservible. Por mucho que te esfuerzas, no mejoras ni cambia nada. Morir en vida es dejarte marchar, estar pero sin estar.  Es la peor muerte porque no es una muerte en sí, sigues viviendo y lo haces sufriendo, perdido en tus miserias y en el mundo mudo que te rodea.

                                                                           ***

Los zapatos esperaban un poco mugrientos en la balda del pasillo principal de la casa. Esperaban ser calzados y poder salir a recorrer caminos hechos, caminos sin camino  y caminos a medio hacer.  Mientras, tú te debatías entre ducharte o lavarte sin más,  por encima. Te daba pereza cualquier cosa. Las ganas de vivir se habían marchado hace tiempo y no hacías nada para remediarlo. Al igual que tus zapatos, te sentías olvidado. “No” era tu palabra, no. A todo le veías el lado negativo y ni un ápice de luz o esperanza asomaba en tu día a día. Sin saber por qué, habías sucumbido a la oscuridad de tu hogar. Te habías atrincherado en ella como si fuera el único refugio donde sentirte cómodo. La gente ya no se acordaba de ti, nadie te esperaba fuera, ni dentro, ni al otro lado, nadie. Las horas pasan, marcan cada segundo que se va para no volver. Respiras por supervivencia pero en realidad estás muerto.

En una amago de resurgir de tus cenizas, fijas la mirada en el aparador. Ves tus zapatos y decides calzarte. Echas un último vistazo a tu salón,  a tu sofá, ese que te atrapa cada día y no te deja marchar. Decides dejarlo atrás y con ímpetu cierras la puerta de tu casa. El tímido sol te ciega al salir a la calle. Por primera vez en mucho tiempo te sientes bien, respiras hondo y tus pulmones se ensanchan. Estás relajado, comienzas a andar con tus mugrientos zapatos color marrón. Están viejitos pero son cómodos y te permiten caminar como si el suelo fuera un gran algodón. Cruzas el barrio y sonríes. Sin saber por qué, has roto con la rutina y eso es un gran paso para ti. Te paras en el quiosco y compras la prensa. En la siguiente esquina decides tomar un café y leerlo. Tras ponerte al día: nuevos casos de corrupción, más crímenes por violencia machista, peleas entre diferentes partidos políticos, huracanes y huelga de transporte. Te paras en la página de las esquelas. — ¿Qué se sentirá al morir? —te preguntas mientras repasas cada nombre de los fallecidos. Tal vez para ti la muerte se trate de algo liberador. Acabar con tanto sufrimiento acumulado. Poder terminar con esa agonía que te persigue, descansar de la ansiedad y la depresión. Poner fin a todo lo malo. Pero no te atreves a quitarte la vida. Crees que es algo muy heroico que tú no puedes hacer. En realidad si tú murieras no cambiaría nada.  El mundo seguiría girando, la gente se mataría igual,  el planeta se manifestaría a base de tornados, volcanes y demás efectos climáticos. Sí, nada afectaría tú muerte. La porción de vida que ocupamos en el universo es sumamente pequeña. La percepción del mundo acaba cuando nosotros desaparecemos. Nada cambia eso. Y tú, aunque no tengas nada por lo que vivir, quieres seguir esperando. Esperar por si acaso, por si las cosas cambian, por si tus anhelos te hacen revivir, por si el sol deja de lucir un día, por si te pierdes cosas interesantes. Por si la vida tiene remedio.

Mueves los dedos de los pies dentro de tus zapatos desgastados y un impulso de seguir andando llega a ti. Ahora paseas contemplando la calle, los escaparates y la gente que pasa por tu lado. “Qué diferentes somos cada uno de nosotros”. Si te paras a pensar no hay dos personas iguales, ni siquiera si son gemelos, cada cual es peculiar y único.  El cielo se ha oscurecido y sientes alguna gota de lluvia caer sobre ti. No llevas paraguas, pero te da igual. La sensación de mojarte te hace sentir vivo. Sigues paseando bajo la lluvia y lanzas un pequeño suspiro. Hoy la cosa va a cambiar. Vas a empezar a hacer cosas, como pintar que tanto te gustaba. En cuanto llegues a casa vas a desempolvar tus lápices y dibujarás todo aquello pendiente.

Pensando en todo eso te descuidas al cruzar la carretera.  De pronto un claxon se oye en toda la calle, a continuación un gran frenazo. Un fuerte golpe te eleva por los aires. Luego, la nada.

Pensamos que mañana será el día, todo lo dejamos para luego sin pensar en que el destino es caprichoso. Tú quisiste cambiar, mejorar tu bienestar. Dar un giro a tu vida, pero ya era tarde.

 

lunes, 16 de septiembre de 2024

EL INGRESO

 


EL INGRESO

Oscuridad. Abro los ojos y veo eso, oscuridad absoluta. Negro es el ambiente como negro está mi corazón. No puedo moverme, estoy amarrada a una camilla. No entiendo nada, no sé dónde estoy ni que he hecho para estar así. Grito. Con todas mis fuerzas intento desatarme, pero solo consigo hacerme daño. Mi corazón late fuerte, tengo la boca seca y ganas de orinar. No hay nadie alrededor. Sólo puedo ver el techo. Me giro como puedo, la puerta de la habitación está entreabierta, se oye murmullo fuera. Vuelvo a gritar. Clamo ayuda pero no obtengo respuesta alguna. El tiempo pasa. Nadie viene. Me siento olvidada y maltratada en aquella sala del hospital. Entonces comienzo a recordar. Anoche acudí a urgencias. Sufrí un brote psicótico en los andenes del cercanías de Madrid. No era capaz de viajar en tren. Mi mente me traicionó y me hizo vivir sucesos que no estaban pasando en la realidad. Sentí miedo, mucho miedo.

La enfermedad mental nos asusta. Sentimos rechazo ante lo desconocido, ante el sufrimiento y la ansiedad. Nadie está libre de padecerla, y nadie la comprende en su totalidad. Pero ahí está, acechante y permisiva, esperando el momento adecuado para atacar. La medicación ayuda a nivel cerebral a restablecer niveles óptimos , pero lo que de verdad ayuda es una terapia adecuada. Atarme a una camilla solo consigue el efecto contrario. Te vuelves débil y te revelas, sacando lo peor de ti mismo. Además, tus extremidades se ven afectadas, pueden producirse trombos por la mala circulación. Estar atada te inhabilita por completo. Es inhumano. La práctica de la contención mecánica lleva haciéndose desde mucho tiempo atrás. Es  hora de avanzar. Es hora de tratar a la gente como lo que son, personas. Si acudes a un centro sanitario es en busca de ayuda, no para que te torturen.

Extasiada, miro hacia la ventana de rejas que me aparta del mundo. Un pequeño haz de luz entra por ella. Sigo atada. He perdido la noción del tiempo y estoy agotada de llorar. Me siento culpable y no sé de qué. Debo ser una horrenda persona. No entiendo nada de lo que me está pasando y nadie me lo explica. Oigo ajetreo detrás de la puerta de mi habitación. Unos pasos se aproximan. Y al fin, oigo girar el pomo. Dos enfermeras entran y me dan los buenos días. Buenos días dicen, maldita sea. Intento hablarlas pero mi voz se pierde en mi garganta. Estoy agotada, no tengo fuerzas.

Me quitan las amarras y me ayudan a incorporarme. Me mareo. Con su ayuda vamos a la ducha y me vuelvo a marear. Tienen que ducharme ellas porque soy incapaz de moverme. Tras el aseo me quedo sentada en una silla al lado de la camilla. El médico vendrá enseguida. Me explican que ayer estaba muy alterada y tuvieron que recurrir a esa técnica de amarre. Les digo que es lo peor que me han podido hacer. Se hace el silencio. Ellas lo saben también. Ellas no se lo harían a un familiar. Ellas son cómplices de esa tortura.

Tras la visita médica tengo claro que quiero salir de allí cuanto antes. Colaboro en lo posible para ello. Intervengo en las terapias,  me relaciono con otros pacientes y rezo para mis adentros. La unidad de agudos de psiquiatría no es camino fácil.  El trato es frío y el tiempo pasa despacio. Tan solo una enfermera empatizó conmigo. Se tomó su tiempo para escucharme, asesorarme y hacerme sentir mejor. Siempre le estaré muy agradecida.

Mi estancia allí se alargó un mes. Un mes en el que cumplí años y tan sólo una nota en el menú me lo recordó. Estaba triste, apática y desmotivada. Mis emociones se habían paralizado. Solo tenía ganas de fumar. Las visitas de mis padres amenizaron un poco mi ingreso. Lo estaban pasando realmente mal. Acabábamos discutiendo por esto y lo otro, sin llegar a una conclusión tajante. Pero sin su apoyo no hubiera sobrevivido.

Esquizofrenia, bipolaridad, trastorno límite de la personalidad,  depresión, etc. Etiquetas que te marcan de por vida, etiquetas que te hacen sentir distinto. Etiquetas al fin y al cabo. Cada uno es más que todo eso. Cada persona es única e irrepetible. Es duro cerciorarse de tu enfermedad, pero una vez asumida puede abrirte puertas de esperanza. Yo tardé en asumir mi “ tara”, mi “peculiaridad”, mi “ distinción”. Y sé que eso no me hace diferente, si no más especial si cabe. Estar metida en el fango más hondo no hace otra cosa que fortalecerte y hacer que resurjas con más luz.

Hoy celebramos la salud mental como parte de nuestras vidas. Nos empoderamos porque sabemos que la lucha por vencer el estigma y la discriminación nos hace fuertes. Fuertes ante el sistema, ante una sociedad ciega que cada vez contiene más afectados. Sin una buena calidad mental no somos nada. Debemos unirnos ante esto. Tejer una Red de ayuda, acompañamiento y apoyo. No estás solo. No estás sola. Juntos hacemos la recuperación más llevadera. Porque de todo se sale, eso es así. Y aunque los baches son duros de traspasar, la fuerza interior es más auténtica.

Por una salud mental libre de prejuicios y abierta a nosotros mismos.

NOW JUMP

 


NOW JUMP

La ira por tu injusta muerte vengaré. Melenas rojas cual ríos de lava arrojaré por ti. La vida no es eterna, la muerte, sí.

La isla se veía enorme desde el avión. Siempre nos había gustado veranear en Canarias, puesto que todo lo que en esas islas había, no lo encontrabas en la península. Sus montes y aguas, la calima y sus nubes, el todo y el nada. Podías pasar de un ambiente totalmente veraniego al paisaje otoñal en sus rocosos montes. Sus tierras volcánicas formaban playas de arena negra. Yo nunca había visto algo así, tan rocosas y oscuras y, a la vez, tenues y finas.

Aquellas vacaciones quisimos practicar algún deporte de riesgo. Así que me acerqué a los monitores para pedirles información. Enseguida se ofrecieron a planear nuestras excursiones. Todo por un módico precio. Todo por un viaje inolvidable. Llegamos a la hora de comer al hotel. En el catering había una chica inglesa con su pareja. Ambos me llamaron la atención. No eran los típicos anglosajones rubios y de ojos azules. Al contrario, ella era pelirroja y él, moreno tizón. Siempre me acordaré de la mirada de la chica, de su melena roja y su voz angelical. Coincidimos en varias actividades dentro y fuera del hotel. Hablaban poco castellano,  pero entre el chapucero inglés de mi novio y mi arte gesticular, pudimos entendernos. La semana  prometía ser intensa. Primero visitaríamos el parque nacional de la Caldera de Taburiente, donde se encuentra el mayor cráter emergido del mundo. Decían que aquel volcán estaba activo, pero la verdad que nadie lo diría.

 Al día siguiente iríamos a hacer barranquismo y no sería un barranquismo cualquiera, lo haríamos ni más ni menos que en tierras volcánicas. Entre visitas guiadas a los diferentes puntos de la isla de La Palma, acabaríamos por hacer puenting. Pronto hicimos buenas migas con aquella pareja inglesa. Nos reservábamos las mesas a la hora del desayuno y la comida, siempre y cuando estuviéramos en el hotel, porque la mayoría de los días comíamos fuera. El volcán nos fascinó, las vistas desde allí eran espectaculares.  Gina me hizo un book de fotos con su Smartphone de última generación. Yo también le saqué muchas, con su melena roja al viento. Me fascinaba su pelo. Además era guapa, muy guapa.

 

    Please Rachel, Can you photograph me with my boyfriend here?

     Of course.

Les tomé unas diez fotos con el auto disparador. Quedaron genial. Siempre me ha gustado la fotografía y el encuadre en aquel paisaje lo hice bastante bien, todo hay que decirlo. La semana iba pasando y a mi aquello me entristeció. Estaban siendo unas vacaciones perfectas. Además,  a pesar de ser ya últimos de septiembre, el tiempo nos acompañaba. Llegaba nuestra última actividad: puenting. No era muy miedosa a las alturas, vivía en un doceavo piso en Donosti,  pero si me daba respeto el salto. La incertidumbre de no saber si el golpe al caer me produciría algún daño era lo que más me angustiaba. Los cuatro intrépidos prestamos  mucha atención al monitor. Lo explicaba en varios idiomas, castellano, inglés y francés. Gina nos había pedido ser la primera,  porque llevaba toda la vida soñando con aquello. Cuando el monitor estaba revisando los arnés, le dijo 《No jump》(no saltes), pero con la mala pronunciación, nuestra amiga entendió《Now jump》(salta ahora), por lo que se precipitó en aquel barranco vulcanizado para la eternidad.

Un día después, el 19 de Septiembre del 2021, el volcán Dorsal de Cumbre Vieja entró en erupción.

La ira por tu injusta muerte vengaré. Melenas rojas cual ríos de lava arrojaré por ti. La vida no es eterna, la muerte, sí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


EL GATO BIPOLAR



La miro desde mi camita, la observo detenidamente mientras desayuna en el sofá. Hoy parece estar triste, anoche llegó muy tarde y se olvidó darme de cenar. No le tengo en cuenta eso, porque la quiero y la mimo como buen animal de compañía que soy. Hay días que se olvida de mi presencia, como si yo no existiera. Otros, en cambio, me busca por toda la casa para acariciarme. No hay quién la entienda. Yo sé que ella es especial. Tiene carácter pero a la vez es muy cariñosa, sobre todo conmigo. El verde de sus ojos vislumbra la verdad , verosímil y variopinta. La semana pasada me compró un rascador, pero yo prefiero rascar el sofá. Sin querer, a veces la araño y le hago heridas en su piel, pero mi intención no es dañarla. Soy muy complicado, al igual que ella. Cuando llora, como hoy, yo me acerco y la lamo para que vea que no está sola. Cuando jugamos con la pelotita que Aida me regaló, me pongo eufórico. Es superior a mí. Intento que la pelota siga mis normas, pero va por libre y eso me angustia. Hoy la angustiada es mi dueña. No me ha dado ni los buenos días. Me preocupa. Tal vez esté pasando un mal momento y no sé cómo ayudarla.

Me mima y me maúlla mientras me muero”. Eso es lo que ella piensa. Se siente muerta por dentro y yo quiero devolverle toda su energía. La vida no es fácil,  ni siquiera para mí, que lo tengo todo. Comida, calor humano y arena. No necesito más. Pero mi dueña lo pasa mal, quizá alguien la ha herido, quizá ha perdido su empleo o quizá simplemente esté así de triste sin ningún motivo. Decido aproximarme, lo hago sigilosamente sin que se dé cuenta. A la altura de su pierna me acurruco y ronroneo. Necesito de su cariño y ella necesita del mío. Se gira y me ve. Con lágrimas en su rostro me aúpa y me da un beso. Un beso húmedo en el que yo me derrito de gustito. A continuación coge su móvil y hace una llamada. Chilla y se enfada mientras habla. Cuelga y vuelve a sollozar.

Está claro que ha discutido con Juan. Hace días que no viene a esta casa, yo le reconozco por el olor a pachuli que deja en el salón. Han roto y ya no le volveré a ver. Él me daba trozos de pizza a escondidas. Jugaba conmigo y me hacía de rabiar. Una pena. Miro a mi dueña fijamente, ella me sonríe y me dice algo que no logro entender. Ya está más tranquila. Se vuelve a la cama y yo la acompaño. Juntos respiramos al unísono y nos perdemos entre las sábanas. Nos relajamos y roncamos ruidosos.

La vida con ella es un vaivén de emociones intensas. La sola y suave sensación de sentirla sin mí me supone sopor. No imagino una vida distinta, una vida sin ella. Muchas veces miro y muerdo aquello que me da. Me resigno a su manera de mentirme. A su manera de engañarme para ver mi reacción. Aún así, la quiero. Soy su aliado, su alter ego, su aliteración. Su máximo compañero, pretendiente y amigo. Aunque pasemos malos momentos,  nos tenemos el uno al otro. Y eso es lo que vale. No hay nada que me haga sentir mejor.

Una vez me salvó de precipitarme al vacío. Yo soy muy curioso y me asomé al balcón. Quería ver más allá,  la calle más de cerca. Justo cuando la mitad de mi cuerpo estaba pendiente desde aquel doceavo piso, sentí su mano en mi lomo. Pudo ser mi final.  Ella es mi superheroína, mi diosa, mi todo. Me encanta cuando me da patés para comer. Son mis preferidos. Ella lo sabe, ella supone que yo también lo sé. Así que, amigos, la vida junto a mi ama es la mejor de las vidas. No lo cambio por nada, aunque a veces ambos, seamos un poco ambiguos. Tristeza, felicidad, depresión,  euforia descontrolada. Todo en uno y uno en todo. Somos algo bipolares en estas bulerías que hemos decidido compartir.