LA ARDILLA
Kela
Te despertaste sobresaltado y tus ojos solo alcanzaban a ver el azul del cielo.
No podías moverte. Tu mente ordenaba a tus dedos que se doblaran, pero los tenías agarrotados. Una gaviota volaba bajo sobre ti. Tus cuerdas vocales parecían estar ausentes y por más que te esforzabas por gritar solo un sonido seco emanaba de tu ahogada garganta. De pronto sentiste como tus pies se mojaban. Oías el sonido del agua al romper en la orilla. Estabas en una playa, pero no recordabas como habías llegado allí. Te esforzabas por moverte, por respirar rítmicamente y nada de eso parecía ocurrir. La marea estaba subiendo. Pronto tus piernas también se mojaron. Entonces empezaste a recuperar la movilidad en tus dedos, sentías la humedad del agua salada en ellos. Cuando estabas hundido hasta las rodillas pudiste moverlas y chapotear en el agua. Al fin, tu cuerpo entero estaba sumergido en el mar y pudiste empezar a nadar. Observaste desde él, la arena donde instantes antes te hallabas. Se trataba de una isla, pero seguías sin recordar nada. Vestías una camiseta de color blanco rasgada en varias zonas y con restos de sangre en ella. Las bermudas que llevabas eran verdes y tenía dos bolsillos laterales con cremalleras. Te pesaban bastante, así que abriste ambos bolsillos. En ellos había dos objetos: una llave antigua y una pulsera de acero. En la pulsera se podía leer una fecha: 15 de octubre de 2025. ¡No podía ser!, era exactamente el día que cumplías años, pero jurarías que estabais en el año 2021. Aturdido anduviste hacia el interior de la isla. En tu camino hacia el centro, viste muchas ardillas. No entendías mucho de fauna y flora, pero te chocaba que hubiera tantas si aquello estaba lleno de palmeras. Hasta donde tu conocimiento llegaba las ardillas no comían cocos. Entre troncos y matorrales encontraste unas rocas enormes. Había una especie de puerta entre varias de las piedras. Te acordaste de la llave de tu bolsillo. La puerta cedió. Al adentrarte en aquella especie de cueva te fijaste en las paredes. Estaban llenas de dibujos. Eran retratos, caras de diferentes rostros y con distintas expresiones. Entre todas viste una que te conmocionó. Era la cara de tu novia. Entonces comenzaste a recordar. Viajabais en un vuelo dirección New York. Ibais a un congreso internacional de patología forense. Ambos erais patólogos. De hecho, aquella profesión fue testigo de vuestro romance. Entonces, ¿dónde estaba ella? ¿por qué estabas solo en aquel lugar? ¿qué hacía su rostro dibujado en aquella cueva? Muchas preguntas y ninguna respuesta. De repente una ardilla corrió sobre tus pies y se perdió en la oscuridad de aquel sitio. La seguiste y te adentraste en ella. Viste una luz al final de la negra cueva. Resultó ser un haz luminoso que se colaba por una gran grieta en la inmensa roca superior. Aquel haz de luz iluminaba un pergamino que estaba depositado en el suelo. La ardilla se estaba comiendo una de las esquinas.
Rápidamente la ahuyentaste y te hiciste con él.
“Estimado Rubén Aparicio Cortés:
Te has despertado en esta isla con un sencillo objetivo: volver a sobrevivir. El avión en el que viajabais tú y Adela se estrelló en medio del océano. En memoria de los fallecidos en aquel vuelo, nuestro artista retrató sus rostros a modo de recuerdo. Sólo tú sobreviviste. Las cosas han cambiado en cuatro años. Nadie en el mundo ha descubierto ni los restos del avión ni ha recuperado ninguno de los cadáveres. Actualmente vives en el año 2025 y está isla será tu casa desde ahora. Se trata de una tierra aún por descubrir. Nadie sabe de su existencia. Al igual que nadie sabe de tu paradero. Todos te creen muerto así que aprovecha esa incertidumbre para comenzar de nuevo. Vuelve a vivir, pero no intentes regresar a tu vida anterior. Ya no existe. Nada es igual. Nada es eterno. Suerte”
Las lágrimas asomaron en tus ojos. Tu corazón latía fuertemente. Te ahogabas en tus sollozos hasta que te quedaste dormido. Pasó un tiempo indeterminado en el que soñaste con tu pasado, aquel en el que fuiste feliz. Adela te besaba apasionadamente y todo parecía perfecto.
Te despertaste sobresaltado y tus ojos solo alcanzaban a ver el azul del cielo.
