Recibí un regalo envenenado. Poco común, sutil y a mi medida. Se trataba de un curso de escritura creativa y sí, estaba envenenado. Envenenado de palabras, envenenado de giros, tramas y argumentos. Envenenado de prolépsis, metáforas, rimas. Envenenado de ideas e historias variadas. Recibí ese regalo y no pude ponerme más feliz. Era el veneno que necesitaba para poder expresarme, sin límites, escribir sin pausa. Un veneno dulce que tomé con gusto. Agradecí a mi misterioso amigo el regalo y probé su efecto inmediatamente. Ahora estoy bajo los poderes de ese conjuro y no puedo parar de teclear. Bendita sorpresa. Envenéname más veces.
