La miro desde mi camita, la
observo detenidamente mientras desayuna en el sofá. Hoy parece estar triste,
anoche llegó muy tarde y se olvidó darme de cenar. No le tengo en cuenta eso,
porque la quiero y la mimo como buen animal de compañía que soy. Hay días que
se olvida de mi presencia, como si yo no existiera. Otros, en cambio, me busca
por toda la casa para acariciarme. No hay quién la entienda. Yo sé que ella es
especial. Tiene carácter pero a la vez es muy cariñosa, sobre todo conmigo. El
verde de sus ojos vislumbra la verdad , verosímil y variopinta. La semana
pasada me compró un rascador, pero yo prefiero rascar el sofá. Sin querer, a
veces la araño y le hago heridas en su piel, pero mi intención no es dañarla.
Soy muy complicado, al igual que ella. Cuando llora, como hoy, yo me acerco y
la lamo para que vea que no está sola. Cuando jugamos con la pelotita que Aida
me regaló, me pongo eufórico. Es superior a mí. Intento que la pelota siga mis
normas, pero va por libre y eso me angustia. Hoy la angustiada es mi dueña. No
me ha dado ni los buenos días. Me preocupa. Tal vez esté pasando un mal momento
y no sé cómo ayudarla.
“Me mima y me maúlla mientras
me muero”. Eso es lo que ella piensa. Se siente muerta por dentro y yo
quiero devolverle toda su energía. La vida no es fácil, ni siquiera para mí, que lo tengo todo.
Comida, calor humano y arena. No necesito más. Pero mi dueña lo pasa mal, quizá
alguien la ha herido, quizá ha perdido su empleo o quizá simplemente esté así
de triste sin ningún motivo. Decido aproximarme, lo hago sigilosamente sin que
se dé cuenta. A la altura de su pierna me acurruco y ronroneo. Necesito de su
cariño y ella necesita del mío. Se gira y me ve. Con lágrimas en su rostro me
aúpa y me da un beso. Un beso húmedo en el que yo me derrito de gustito. A
continuación coge su móvil y hace una llamada. Chilla y se enfada mientras
habla. Cuelga y vuelve a sollozar.
Está claro que ha discutido con
Juan. Hace días que no viene a esta casa, yo le reconozco por el olor a pachuli
que deja en el salón. Han roto y ya no le volveré a ver. Él me daba trozos de
pizza a escondidas. Jugaba conmigo y me hacía de rabiar. Una pena. Miro a mi
dueña fijamente, ella me sonríe y me dice algo que no logro entender. Ya está
más tranquila. Se vuelve a la cama y yo la acompaño. Juntos respiramos al
unísono y nos perdemos entre las sábanas. Nos relajamos y roncamos ruidosos.
La vida con ella es un vaivén de
emociones intensas. La sola y suave sensación de sentirla sin mí me supone sopor.
No imagino una vida distinta, una vida sin ella. Muchas veces miro y muerdo
aquello que me da. Me resigno a su manera de mentirme. A su manera de
engañarme para ver mi reacción. Aún así, la quiero. Soy su aliado, su alter
ego, su aliteración. Su máximo compañero, pretendiente y amigo. Aunque
pasemos malos momentos, nos tenemos el
uno al otro. Y eso es lo que vale. No hay nada que me haga sentir mejor.
Una vez me salvó de precipitarme
al vacío. Yo soy muy curioso y me asomé al balcón. Quería ver más allá, la calle más de cerca. Justo cuando la mitad
de mi cuerpo estaba pendiente desde aquel doceavo piso, sentí su mano en mi
lomo. Pudo ser mi final. Ella es mi
superheroína, mi diosa, mi todo. Me encanta cuando me da patés para comer. Son
mis preferidos. Ella lo sabe, ella supone que yo también lo sé. Así que,
amigos, la vida junto a mi ama es la mejor de las vidas. No lo cambio por nada,
aunque a veces ambos, seamos un poco ambiguos. Tristeza, felicidad,
depresión, euforia descontrolada. Todo
en uno y uno en todo. Somos algo bipolares en estas bulerías que hemos decidido
compartir.

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