lunes, 16 de septiembre de 2024

EL GATO BIPOLAR



La miro desde mi camita, la observo detenidamente mientras desayuna en el sofá. Hoy parece estar triste, anoche llegó muy tarde y se olvidó darme de cenar. No le tengo en cuenta eso, porque la quiero y la mimo como buen animal de compañía que soy. Hay días que se olvida de mi presencia, como si yo no existiera. Otros, en cambio, me busca por toda la casa para acariciarme. No hay quién la entienda. Yo sé que ella es especial. Tiene carácter pero a la vez es muy cariñosa, sobre todo conmigo. El verde de sus ojos vislumbra la verdad , verosímil y variopinta. La semana pasada me compró un rascador, pero yo prefiero rascar el sofá. Sin querer, a veces la araño y le hago heridas en su piel, pero mi intención no es dañarla. Soy muy complicado, al igual que ella. Cuando llora, como hoy, yo me acerco y la lamo para que vea que no está sola. Cuando jugamos con la pelotita que Aida me regaló, me pongo eufórico. Es superior a mí. Intento que la pelota siga mis normas, pero va por libre y eso me angustia. Hoy la angustiada es mi dueña. No me ha dado ni los buenos días. Me preocupa. Tal vez esté pasando un mal momento y no sé cómo ayudarla.

Me mima y me maúlla mientras me muero”. Eso es lo que ella piensa. Se siente muerta por dentro y yo quiero devolverle toda su energía. La vida no es fácil,  ni siquiera para mí, que lo tengo todo. Comida, calor humano y arena. No necesito más. Pero mi dueña lo pasa mal, quizá alguien la ha herido, quizá ha perdido su empleo o quizá simplemente esté así de triste sin ningún motivo. Decido aproximarme, lo hago sigilosamente sin que se dé cuenta. A la altura de su pierna me acurruco y ronroneo. Necesito de su cariño y ella necesita del mío. Se gira y me ve. Con lágrimas en su rostro me aúpa y me da un beso. Un beso húmedo en el que yo me derrito de gustito. A continuación coge su móvil y hace una llamada. Chilla y se enfada mientras habla. Cuelga y vuelve a sollozar.

Está claro que ha discutido con Juan. Hace días que no viene a esta casa, yo le reconozco por el olor a pachuli que deja en el salón. Han roto y ya no le volveré a ver. Él me daba trozos de pizza a escondidas. Jugaba conmigo y me hacía de rabiar. Una pena. Miro a mi dueña fijamente, ella me sonríe y me dice algo que no logro entender. Ya está más tranquila. Se vuelve a la cama y yo la acompaño. Juntos respiramos al unísono y nos perdemos entre las sábanas. Nos relajamos y roncamos ruidosos.

La vida con ella es un vaivén de emociones intensas. La sola y suave sensación de sentirla sin mí me supone sopor. No imagino una vida distinta, una vida sin ella. Muchas veces miro y muerdo aquello que me da. Me resigno a su manera de mentirme. A su manera de engañarme para ver mi reacción. Aún así, la quiero. Soy su aliado, su alter ego, su aliteración. Su máximo compañero, pretendiente y amigo. Aunque pasemos malos momentos,  nos tenemos el uno al otro. Y eso es lo que vale. No hay nada que me haga sentir mejor.

Una vez me salvó de precipitarme al vacío. Yo soy muy curioso y me asomé al balcón. Quería ver más allá,  la calle más de cerca. Justo cuando la mitad de mi cuerpo estaba pendiente desde aquel doceavo piso, sentí su mano en mi lomo. Pudo ser mi final.  Ella es mi superheroína, mi diosa, mi todo. Me encanta cuando me da patés para comer. Son mis preferidos. Ella lo sabe, ella supone que yo también lo sé. Así que, amigos, la vida junto a mi ama es la mejor de las vidas. No lo cambio por nada, aunque a veces ambos, seamos un poco ambiguos. Tristeza, felicidad, depresión,  euforia descontrolada. Todo en uno y uno en todo. Somos algo bipolares en estas bulerías que hemos decidido compartir.

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