EL INGRESO
Oscuridad.
Abro los ojos y veo eso, oscuridad absoluta. Negro es el ambiente como negro
está mi corazón. No puedo moverme, estoy amarrada a una camilla. No entiendo
nada, no sé dónde estoy ni que he hecho para estar así. Grito. Con todas mis
fuerzas intento desatarme, pero solo consigo hacerme daño. Mi corazón late
fuerte, tengo la boca seca y ganas de orinar. No hay nadie alrededor. Sólo
puedo ver el techo. Me giro como puedo, la puerta de la habitación está
entreabierta, se oye murmullo fuera. Vuelvo a gritar. Clamo ayuda pero no
obtengo respuesta alguna. El tiempo pasa. Nadie viene. Me siento olvidada y maltratada
en aquella sala del hospital. Entonces comienzo a recordar. Anoche acudí a
urgencias. Sufrí un brote psicótico en los andenes del cercanías de Madrid. No
era capaz de viajar en tren. Mi mente me traicionó y me hizo vivir sucesos que
no estaban pasando en la realidad. Sentí miedo, mucho miedo.
La
enfermedad mental nos asusta. Sentimos rechazo ante lo desconocido, ante el
sufrimiento y la ansiedad. Nadie está libre de padecerla, y nadie la comprende
en su totalidad. Pero ahí está, acechante y permisiva, esperando el momento
adecuado para atacar. La medicación ayuda a nivel cerebral a restablecer
niveles óptimos , pero lo que de verdad ayuda es una terapia adecuada. Atarme a
una camilla solo consigue el efecto contrario. Te vuelves débil y te revelas,
sacando lo peor de ti mismo. Además, tus extremidades se ven afectadas, pueden
producirse trombos por la mala circulación. Estar atada te inhabilita por
completo. Es inhumano. La práctica de la contención mecánica lleva haciéndose
desde mucho tiempo atrás. Es hora de
avanzar. Es hora de tratar a la gente como lo que son, personas. Si acudes a un
centro sanitario es en busca de ayuda, no para que te torturen.
Extasiada,
miro hacia la ventana de rejas que me aparta del mundo. Un pequeño haz de luz entra
por ella. Sigo atada. He perdido la noción del tiempo y estoy agotada de
llorar. Me siento culpable y no sé de qué. Debo ser una horrenda persona. No
entiendo nada de lo que me está pasando y nadie me lo explica. Oigo ajetreo
detrás de la puerta de mi habitación. Unos pasos se aproximan. Y al fin, oigo
girar el pomo. Dos enfermeras entran y me dan los buenos días. Buenos días
dicen, maldita sea. Intento hablarlas pero mi voz se pierde en mi garganta.
Estoy agotada, no tengo fuerzas.
Me
quitan las amarras y me ayudan a incorporarme. Me mareo. Con su ayuda vamos a
la ducha y me vuelvo a marear. Tienen que ducharme ellas porque soy incapaz de
moverme. Tras el aseo me quedo sentada en una silla al lado de la camilla. El
médico vendrá enseguida. Me explican que ayer estaba muy alterada y tuvieron
que recurrir a esa técnica de amarre. Les digo que es lo peor que me han podido
hacer. Se hace el silencio. Ellas lo saben también. Ellas no se lo harían a un
familiar. Ellas son cómplices de esa tortura.
Tras
la visita médica tengo claro que quiero salir de allí cuanto antes. Colaboro en
lo posible para ello. Intervengo en las terapias, me relaciono con otros pacientes y rezo para
mis adentros. La unidad de agudos de psiquiatría no es camino fácil. El trato es frío y el tiempo pasa despacio.
Tan solo una enfermera empatizó conmigo. Se tomó su tiempo para escucharme,
asesorarme y hacerme sentir mejor. Siempre le estaré muy agradecida.
Mi
estancia allí se alargó un mes. Un mes en el que cumplí años y tan sólo una
nota en el menú me lo recordó. Estaba triste, apática y desmotivada. Mis
emociones se habían paralizado. Solo tenía ganas de fumar. Las visitas de mis
padres amenizaron un poco mi ingreso. Lo estaban pasando realmente mal.
Acabábamos discutiendo por esto y lo otro, sin llegar a una conclusión tajante.
Pero sin su apoyo no hubiera sobrevivido.
Esquizofrenia,
bipolaridad, trastorno límite de la personalidad, depresión, etc. Etiquetas que te marcan de
por vida, etiquetas que te hacen sentir distinto. Etiquetas al fin y al cabo.
Cada uno es más que todo eso. Cada persona es única e irrepetible. Es duro cerciorarse
de tu enfermedad, pero una vez asumida puede abrirte puertas de esperanza. Yo
tardé en asumir mi “ tara”, mi “peculiaridad”, mi “ distinción”. Y sé que eso
no me hace diferente, si no más especial si cabe. Estar metida en el fango más
hondo no hace otra cosa que fortalecerte y hacer que resurjas con más luz.
Hoy
celebramos la salud mental como parte de nuestras vidas. Nos empoderamos porque
sabemos que la lucha por vencer el estigma y la discriminación nos hace fuertes.
Fuertes ante el sistema, ante una sociedad ciega que cada vez contiene más
afectados. Sin una buena calidad mental no somos nada. Debemos unirnos ante
esto. Tejer una Red de ayuda, acompañamiento y apoyo. No estás solo. No estás
sola. Juntos hacemos la recuperación más llevadera. Porque de todo se sale, eso
es así. Y aunque los baches son duros de traspasar, la fuerza interior es más auténtica.
Por
una salud mental libre de prejuicios y abierta a nosotros mismos.

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