domingo, 19 de mayo de 2024

LA LUZ



La lámpara se encendía y apagaba constantemente. Jessica miraba atentamente al techo desde la cama. No podía dormir. Cerraba los ojos, y mentalmente mandaba órdenes a esa lámpara. Cuando los volvía a abrir se hacía la luz en el cuarto. Al cerrarlos, la oscuridad se adueñaba otra vez de aquel lugar. Parecía magia. Su mente estaba perfectamente sincronizada con aquel objeto. Estaba sola. pero tenía el poder en sí misma. Hacía dos años desde que su médico le dijo muy seriamente cuál era su diagnóstico. A partir de ese momento tendría que medicarse de por vida y cuidar muy mucho su alimentación. No era fácil ser bipolar en estos tiempos. La sociedad no aceptaba con facilidad a alguien como Jessica. El estigma y la discriminación por las personas con problemas mentales, crecía cada vez más en nuestra sociedad. El miedo y la desinformación hacen que pensemos erróneamente sobre las personas con estas dolencias. Cuando hay violencia de por medio siempre oímos “ la persona en cuestión sufría un trastorno mental", y eso nos hace etiquetar a todas la personas con esta clase de problemas como violentos. Y no. No siempre es así. Una persona es violenta por su manera de ser y no porque sufra esta clase de irregularidades mentales. La habitación estaba en penumbra. Volvió a cerrar los ojos. Sus emociones y deseos controlaban la totalidad de su ser. Había días en las que se comía el mundo y otros en las que el mundo se la comía a ella. No obstante, Jessica amaba la vida. Porque de amor va esto. Sin él, nada tiene sentido. Cuando se comía este mundo, se quería infinitamente mucho más que de normal. Se sentía poderosa y auténtica.  Cuidaba de sus seres queridos hasta la saciedad. En cambio, al llegar épocas de depresión, ese amor se esfumaba como el polvo en mitad de una ventisca. Se sentía pobre en todos los sentidos y no encontraba sentido a su vida. Las lágrimas no calmaban su pesar y necesitaba estímulos positivos que no siempre tenía. En un mismo día podía sentir odio e ira incontrolados a la vez que estar eufórica y feliz.  Para ella era complicado contenerse. Era una mujer muy extrovertida en general, pero sumamente tímida en según que temas. Inmersa en la cama de su habitación, pensaba en todas estas cosas. Abrió los ojos. La lámpara no se encendió.  Había llegado la muerte de la bombilla por desgaste continuo. Así que su cuarto seguía en total oscuridad. “Sé acabó mi poder”, pensó. “Y con él, se terminó todo”. Y es que, creemos tener la absoluta certeza de poder manipular a nuestro antojo las cosas, pero no contamos con los factores externos. Nuestras vidas tienen destinos diferentes que no podemos predecir ni controlar. Aunque es muy difícil vivir así, Jessica no desesperaba y aprovechaba sus momentos de plenitud para hacer lo que más le gustaba: pintar. Sus cuadros eran dignos de exposición, con millones de contrastes, pequeños e importantes detalles que hacían de ellos auténticas obras. Según su estado anímico plasmaba en los lienzos más o menos luz, al igual que su lámpara.  Al final, creamos nuestros mundos nosotros mismos. Y la intensidad lumínica la creas tú, sólo y exclusivamente tú. Desde poco a mucho, pasamos por todo tipo de intensidades. Sólo hay que saber plasmarlas. La gente con bipolaridad tiene ese don. Hay muchas connotaciones negativas sobre esta enfermedad, pero cierto es que poseen un sexto sentido para el arte, las letras e incluso la ciencia. Muchos grandes de la historia sufrían de bipolaridad. Es una afección, no una condición. Tan solo debemos saber vivir con quien lo padece.  El esfuerzo refleja la luminosidad que desprendemos. Dibuja tus miedos y colorea tus deseos. Enciende la luz que todos tenemos.

 

 

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