Podía apreciar
su mirada a través del vaso de mi gin tónic. Eran cerca de las doce de la noche
y yo seguía esperando a Manolo. Nos habíamos citado allí, en el Café Central,
para ultimar los detalles de la publicación semanal del diario. Ese día había un concierto de Jazz. Aquella
semana mi artículo hacía un tremendo análisis sobre las drogas de diseño, su
consumo creciente entre los jóvenes y las irreversibles secuelas que podían
causar. La pillé mirándome de nuevo. Sus ojos de gata se iluminaban en aquel
oscuro bar. No estaba sola. Una chica más la acompañaba. Pedí otro gin tónic.
–
Perdona
tío, me he liado con un asunto.
–
Tranquilo,
mientras haya bebida en este lugar, puedo esperar.
Me acerqué la
copa a los labios y al humedecerlos, una sensación de frescor me invadió por
completo. Miré hacia donde estaba aquella chica, pero había desaparecido.
–
Me
he leído a conciencia tu artículo y de verdad, es muy bueno. No le falta
detalle. Bien argumentado y documentado. Enhorabuena.
–
Gracias,
Manolo. Ya sabes que yo sobre este tema he andado bastante. No me pillaba de
nuevas.
–
No
te excuses. Lo publicaremos en la primera sección.
Nos alejamos de
la barra en dirección a unos modernos sofás situados en la terraza. Aquel lugar
tenía un aire minimalista y contemporáneo. Gin tónic en mano, al ir a sentarnos
, dos chicas hicieron el amago de lo mismo. Entre risas y coqueteo, me percaté
que era ella.
–
Entramos
los cuatro, no os preocupéis. Podemos compartir espacio.
–
Oh,
muchas gracias. Sería genial.
No me pegaba
aquella voz con su espectacular físico, pero aún así me seguía pareciendo
sumamente atractiva. Intercalamos los asientos.
Les pregunté si
querían tomar algo más. Paula, que así se llamaba, se ofreció a acompañarme a
la barra a por las copas.
Por suerte, yo
era más alto, no exageradamente más, pero lo suficiente para destacar sobre
ella. En nuestro camino a la barra, le pregunté cuestiones típicas de aquella
situación. Era patinadora de alto nivel, de ahí su espectacular físico y vivía
sola a las afueras de Madrid. Me contó que a parte del patinaje era una
apasionada de la pintura. La verdad es que parecía una chica muy interesante y
yo me encontraba cómodo a su lado. Regresamos al sofá, pero nuestros amigos no
estaban. Dejamos las copas en la mesa y cada uno llamó a su respectivo amigo.
Ambos móviles estaban apagados. Era extraño. Nos miramos sin saber bien qué
decirnos. Claramente alguno de los dos se hubiera despedido si su intención era
irse. O al menos, nos hubieran escrito un WhatsApp. En fin. Resignados, Paula y
yo continuamos hablando durante un largo rato. Le conté que yo era periodista,
que me apasionaba la música rock y que también vivía solo en Madrid. Entonces,
un gran revuelo nos sobresaltó. En la entrada del bar se agolpaba multitud de
gente con caras descompuestas. La música dejó de sonar. Alguna mujer gritaba
aterrorizada. Cogidos de la mano, nos aproximamos a la entrada. Resonaban las
sirenas de la policía acercándose. Los porteros nos indicaron que por esa
puerta no se podía salir. Qué fuéramos por la de atrás. No sabíamos que estaba
pasando, pero no pintaba bien. Paula y yo cogimos nuestras cosas y nos
dirigimos a la puerta trasera. “ ¿Te has fijado? Le faltaba el ojo. Se lo han
arrancado tía, ¡qué fuerte!” Una chica que caminaba delante nuestra contaba
aquello a su amiga.
–
Perdona,
¿qué ha ocurrido? ¿Habéis visto algo?
Preocupado por
Manolo, le pregunté sin pudor.
–
No
sabemos, pero hemos visto a un chico en el suelo, sangraba mucho por un ojo.
Luego nos han dicho que entráramos y saliéramos por esta puerta.
Paula quemaba su
celular. No había manera de que diera señal al llamar a su amiga.
Al salir, la
policía había acordonado la zona del Café Central.
–
¿Nadie
ha visto nada? ¿Cómo es posible que tenga dos cadáveres en el parking de un bar
y nadie haya visto nada? ¡No dejen salir a nadie por el amor de Dios!
La agente Jota
estaba realmente muy nerviosa. Tras un aviso de un trabajador, dos cadáveres
habían aparecido entre los coches del parking. Mujer, 32 años, le habían
cortado la oreja y apuñalado en el vientre. Varón, 39 años. Ojo arrancado y
corte mortal en el cuello.
“¿Dos
cadáveres?¿Había dicho dos cadáveres?” Cogí la mano de Paula fuertemente.
Estaba pálida.
–
¿No
serán...?¡Oh, no!
Con lágrimas
brotando de los ojos se aproximó a la agente.
–
Disculpe.
Hace rato que un par de amigos han desaparecido. No les encontramos.
–
Señorita,
permanezca dentro. De momento no se puede salir del bar.
–
Pero
escuche, necesitamos verlos. Saber si son ellos.
La multitud nos
empujó hacia dentro de nuevo. Abracé a Paula que lloraba desconsolada.
Los cortes tanto
en el cuello del chico, como en el vientre de ella, se habían producido con un
cuchillo de grandes dimensiones. No parecía un crimen pasional, ni xenófobo,
tampoco un ajuste de cuentas. Nos tomaron declaración a Paula y a mí.
Descompuestos, respondimos a todas las preguntas de la agente Jota.
–
Si
entre ellos no se conocían, ¿cómo es que decidieron salir al parking del bar?
–
Bueno,
Manolo es un fumador compulsivo, tal vez invitó a la chica a salir mientras
nosotros llevábamos las copas. No lo sé, agente. Ya le digo que fue todo muy
rápido. Para cuando volvimos al sofá, ya no estaban.
Paula estaba
exhausta y conmocionada.
–
Bien
chicos, os tomaremos los datos y en cuanto sepamos algo más, os avisaremos. Si
en algún momento os acordáis de algo, por muy estúpido que os parezca,
cualquier detalle, llamadme.
Me extendió una
tarjeta con su nombre y su teléfono.
Acompañé a Paula
hasta el taxi. La invité a venir a casa para que no estuviera sola, pero ella
prefería estarlo. Quedamos en hablar al día siguiente. Era un duro trago. Ahora
nos tocaba avisar a los seres queridos, enterrar a nuestros amigos y no saber
por qué. Si al menos tuviésemos algo que explicara esas muertes absurdas,
podríamos sobrellevarlo mejor.
Tras dejarla,
caminé a solas hacia mí coche. No podía creer lo que había ocurrido. Hace un
par de horas estaba entusiasmado con mi artículo, y ahora me iba a casa con un
amigo menos. ¡Qué barbaridad!
El resultado de
las autopsias no ofrecía ningún dato más de lo que ya se sabía. Ambos murieron
desangrados. Tras enterrar a nuestros amigos, Paula y yo fuimos a dar un paseo.
Aún estaba destrozada por lo ocurrido. La acompañé a casa y quedamos en vernos
pronto. Cuando entré en mi portal, me fijé que de mi buzón sobresalía un sobre
blanco. Dentro, había una nota y un pétalo de rosa negra seca:
“Esto no es
una carta de amor. Es un aviso, el primero de muchos que recibirás si no haces
lo que te digo.
Sé que tienes
acceso a las cosas de tu amigo Manolo. Recopila todo y deposítalo en la
taquilla número 13. Son taquillas públicas que el ayuntamiento cede para los
transeúntes de Madrid. Sólo te costará 50 céntimos. Como regalo te doy este
pétalo negro. Si avisas a la poli, no haces lo que te digo o intentas algo
extraño, tu vida estará en peligro. Por cierto: No me chilles que no te veo”.
¿Las cosas de
Manolo? ¿Qué se supone que son las cosas de Manolo? Sé que estaba
documentándose sobre algún asunto periodístico, pero no encontraba relación
para que el supuesto asesino me pidiera tales “cosas”. Por otro lado, tenía que
informar a la agente. Esa última frase, “no me chilles que no te veo” era de lo
más macabro. Sin duda hacia referencia al modo en que se habían producido los
asesinatos. Ojo y oreja mutilados. ¡Qué horror! La cosa se ponía fea.
–
Tiene
una llamada agente.
–
Por
la dos, gracias.
–
¿Agente
Jota? Soy el amigo de Manolo. Necesito hablar son usted.
Tenía muchas
dudas en mi mente. No sé si hacía bien o no, pero no podía estar ausente ante
tal información. Me gustaría comentarle todo a Paula, pero no me atrevo. No hay
suficiente confianza para ello. Que su amiga se haya visto implicada en una
historia que ni le iba ni le venía, que hubiera muerto por un oscuro asunto de
un tipo al que acababa de conocer, solo me alejaría más de ella. ¿Qué hubiera
hecho yo en caso contrario?
Antes de
acercarme a comisaría a no sé muy bien qué, pasé por la redacción. Pedí al jefe
recoger lo último que Manolo había dejado a medias. Tras recopilar documentos me
di cuenta de que se trataba de un asunto delicado. Altos cargos del gobierno y
algún que otro renombrado juez, se veían implicados en una trama de corrupción
y engaño. Entre delegados del gobierno opuestos en ideales, se habían
encontrado pactos contractuales de cesión de bienes patrimoniales. Todo
financiado con dinero público. Ellos teatralizaban día sí y día también en el
congreso, gritándose e inculpándose unos a otros. Pero a espaldas del pueblo,
se estaban enriqueciendo con el consentimiento de jueces que harían la vista gorda.
Todo era un entramado delicadamente estudiado en los que los poderosos
implicados saldrían impunes. Manolo estaba investigando y contrastando información
para, quizá, sacar todo a la luz. Su ordenador parpadeaba constantemente. En la
pantalla se podía leer el título de un artículo: “No me chilles que no te veo”.
Era exactamente la misma frase con la que acababa la nota de mi buzón.
La agente Jota y Francis se vieron aquel día por última vez. Sus cuerpos
mutilados por el mismo modus operandi, fueron hallados al día siguiente. Una
oleada de siniestros crímenes había comenzado en las calles de Madrid. El
comando J ya no les podría combatir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario