domingo, 19 de mayo de 2024

COMANDO JOTA


 

                                                                                                 

Podía apreciar su mirada a través del vaso de mi gin tónic. Eran cerca de las doce de la noche y yo seguía esperando a Manolo. Nos habíamos citado allí, en el Café Central, para ultimar los detalles de la publicación semanal del diario.  Ese día había un concierto de Jazz. Aquella semana mi artículo hacía un tremendo análisis sobre las drogas de diseño, su consumo creciente entre los jóvenes y las irreversibles secuelas que podían causar. La pillé mirándome de nuevo. Sus ojos de gata se iluminaban en aquel oscuro bar. No estaba sola. Una chica más la acompañaba. Pedí otro gin tónic.

        Perdona tío, me he liado con un asunto.

        Tranquilo, mientras haya bebida en este lugar, puedo esperar.

Me acerqué la copa a los labios y al humedecerlos, una sensación de frescor me invadió por completo. Miré hacia donde estaba aquella chica, pero había desaparecido.

        Me he leído a conciencia tu artículo y de verdad, es muy bueno. No le falta detalle. Bien argumentado y documentado. Enhorabuena.

        Gracias, Manolo. Ya sabes que yo sobre este tema he andado bastante. No me pillaba de nuevas.

        No te excuses. Lo publicaremos en la primera sección.

Nos alejamos de la barra en dirección a unos modernos sofás situados en la terraza. Aquel lugar tenía un aire minimalista y contemporáneo. Gin tónic en mano, al ir a sentarnos , dos chicas hicieron el amago de lo mismo. Entre risas y coqueteo, me percaté que era ella.

        Entramos los cuatro, no os preocupéis. Podemos compartir espacio.

        Oh, muchas gracias. Sería genial.

No me pegaba aquella voz con su espectacular físico, pero aún así me seguía pareciendo sumamente atractiva. Intercalamos los asientos.

Les pregunté si querían tomar algo más. Paula, que así se llamaba, se ofreció a acompañarme a la barra a por las copas.

Por suerte, yo era más alto, no exageradamente más, pero lo suficiente para destacar sobre ella. En nuestro camino a la barra, le pregunté cuestiones típicas de aquella situación. Era patinadora de alto nivel, de ahí su espectacular físico y vivía sola a las afueras de Madrid. Me contó que a parte del patinaje era una apasionada de la pintura. La verdad es que parecía una chica muy interesante y yo me encontraba cómodo a su lado. Regresamos al sofá, pero nuestros amigos no estaban. Dejamos las copas en la mesa y cada uno llamó a su respectivo amigo. Ambos móviles estaban apagados. Era extraño. Nos miramos sin saber bien qué decirnos. Claramente alguno de los dos se hubiera despedido si su intención era irse. O al menos, nos hubieran escrito un WhatsApp. En fin. Resignados, Paula y yo continuamos hablando durante un largo rato. Le conté que yo era periodista, que me apasionaba la música rock y que también vivía solo en Madrid. Entonces, un gran revuelo nos sobresaltó. En la entrada del bar se agolpaba multitud de gente con caras descompuestas. La música dejó de sonar. Alguna mujer gritaba aterrorizada. Cogidos de la mano, nos aproximamos a la entrada. Resonaban las sirenas de la policía acercándose. Los porteros nos indicaron que por esa puerta no se podía salir. Qué fuéramos por la de atrás. No sabíamos que estaba pasando, pero no pintaba bien. Paula y yo cogimos nuestras cosas y nos dirigimos a la puerta trasera. “ ¿Te has fijado? Le faltaba el ojo. Se lo han arrancado tía, ¡qué fuerte!” Una chica que caminaba delante nuestra contaba aquello a su amiga.

        Perdona, ¿qué ha ocurrido? ¿Habéis visto algo?

Preocupado por Manolo, le pregunté sin pudor.

        No sabemos, pero hemos visto a un chico en el suelo, sangraba mucho por un ojo. Luego nos han dicho que entráramos y saliéramos por esta puerta.

Paula quemaba su celular. No había manera de que diera señal al llamar a su amiga.

Al salir, la policía había acordonado la zona del Café Central.

        ¿Nadie ha visto nada? ¿Cómo es posible que tenga dos cadáveres en el parking de un bar y nadie haya visto nada? ¡No dejen salir a nadie por el amor de Dios!

La agente Jota estaba realmente muy nerviosa. Tras un aviso de un trabajador, dos cadáveres habían aparecido entre los coches del parking. Mujer, 32 años, le habían cortado la oreja y apuñalado en el vientre. Varón, 39 años. Ojo arrancado y corte mortal en el cuello.

“¿Dos cadáveres?¿Había dicho dos cadáveres?” Cogí la mano de Paula fuertemente. Estaba pálida.

        ¿No serán...?¡Oh, no!

Con lágrimas brotando de los ojos se aproximó a la agente.

        Disculpe. Hace rato que un par de amigos han desaparecido. No les encontramos.

        Señorita, permanezca dentro. De momento no se puede salir del bar.

        Pero escuche, necesitamos verlos. Saber si son ellos.

La multitud nos empujó hacia dentro de nuevo. Abracé a Paula que lloraba desconsolada.

Los cortes tanto en el cuello del chico, como en el vientre de ella, se habían producido con un cuchillo de grandes dimensiones. No parecía un crimen pasional, ni xenófobo, tampoco un ajuste de cuentas. Nos tomaron declaración a Paula y a mí. Descompuestos, respondimos a todas las preguntas de la agente Jota.

        Si entre ellos no se conocían, ¿cómo es que decidieron salir al parking del bar?

        Bueno, Manolo es un fumador compulsivo, tal vez invitó a la chica a salir mientras nosotros llevábamos las copas. No lo sé, agente. Ya le digo que fue todo muy rápido. Para cuando volvimos al sofá, ya no estaban.

Paula estaba exhausta y conmocionada.

        Bien chicos, os tomaremos los datos y en cuanto sepamos algo más, os avisaremos. Si en algún momento os acordáis de algo, por muy estúpido que os parezca, cualquier detalle, llamadme.

Me extendió una tarjeta con su nombre y su teléfono.

Acompañé a Paula hasta el taxi. La invité a venir a casa para que no estuviera sola, pero ella prefería estarlo. Quedamos en hablar al día siguiente. Era un duro trago. Ahora nos tocaba avisar a los seres queridos, enterrar a nuestros amigos y no saber por qué. Si al menos tuviésemos algo que explicara esas muertes absurdas, podríamos sobrellevarlo mejor.

Tras dejarla, caminé a solas hacia mí coche. No podía creer lo que había ocurrido. Hace un par de horas estaba entusiasmado con mi artículo, y ahora me iba a casa con un amigo menos. ¡Qué barbaridad!

El resultado de las autopsias no ofrecía ningún dato más de lo que ya se sabía. Ambos murieron desangrados. Tras enterrar a nuestros amigos, Paula y yo fuimos a dar un paseo. Aún estaba destrozada por lo ocurrido. La acompañé a casa y quedamos en vernos pronto. Cuando entré en mi portal, me fijé que de mi buzón sobresalía un sobre blanco. Dentro, había una nota y un pétalo de rosa negra seca:

Esto no es una carta de amor. Es un aviso, el primero de muchos que recibirás si no haces lo que te digo.

Sé que tienes acceso a las cosas de tu amigo Manolo. Recopila todo y deposítalo en la taquilla número 13. Son taquillas públicas que el ayuntamiento cede para los transeúntes de Madrid. Sólo te costará 50 céntimos. Como regalo te doy este pétalo negro. Si avisas a la poli, no haces lo que te digo o intentas algo extraño, tu vida estará en peligro. Por cierto: No me chilles que no te veo”.

¿Las cosas de Manolo? ¿Qué se supone que son las cosas de Manolo? Sé que estaba documentándose sobre algún asunto periodístico, pero no encontraba relación para que el supuesto asesino me pidiera tales “cosas”. Por otro lado, tenía que informar a la agente. Esa última frase, “no me chilles que no te veo” era de lo más macabro. Sin duda hacia referencia al modo en que se habían producido los asesinatos. Ojo y oreja mutilados. ¡Qué horror! La cosa se ponía fea.

        Tiene una llamada agente.

        Por la dos, gracias.

        ¿Agente Jota? Soy el amigo de Manolo. Necesito hablar son usted.

Tenía muchas dudas en mi mente. No sé si hacía bien o no, pero no podía estar ausente ante tal información. Me gustaría comentarle todo a Paula, pero no me atrevo. No hay suficiente confianza para ello. Que su amiga se haya visto implicada en una historia que ni le iba ni le venía, que hubiera muerto por un oscuro asunto de un tipo al que acababa de conocer, solo me alejaría más de ella. ¿Qué hubiera hecho yo en caso contrario?

Antes de acercarme a comisaría a no sé muy bien qué, pasé por la redacción. Pedí al jefe recoger lo último que Manolo había dejado a medias. Tras recopilar documentos me di cuenta de que se trataba de un asunto delicado. Altos cargos del gobierno y algún que otro renombrado juez, se veían implicados en una trama de corrupción y engaño. Entre delegados del gobierno opuestos en ideales, se habían encontrado pactos contractuales de cesión de bienes patrimoniales. Todo financiado con dinero público. Ellos teatralizaban día sí y día también en el congreso, gritándose e inculpándose unos a otros. Pero a espaldas del pueblo, se estaban enriqueciendo con el consentimiento de jueces que harían la vista gorda. Todo era un entramado delicadamente estudiado en los que los poderosos implicados saldrían impunes. Manolo estaba investigando y contrastando información para, quizá, sacar todo a la luz. Su ordenador parpadeaba constantemente. En la pantalla se podía leer el título de un artículo: “No me chilles que no te veo”. Era exactamente la misma frase con la que acababa la nota de mi buzón.

La agente Jota y Francis se vieron aquel día por última vez. Sus cuerpos mutilados por el mismo modus operandi, fueron hallados al día siguiente. Una oleada de siniestros crímenes había comenzado en las calles de Madrid. El comando J ya no les podría combatir.

 

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