domingo, 19 de mayo de 2024

ARÁCNIDA



El ruido de la centrifugadora resuena en el ala norte del laboratorio. Marcela, enfundada en su traje Epi, acaba los cultivos de esa semana. Estudia la posible mutación F-467 del gen sensorial en arañas. Si el estudio sale bien, podría estar ante la vacuna contra la esclerosis múltiple. Hasta hoy no hay cura para dicha enfermedad. La esclerosis múltiple o esclerosis de placas es una enfermedad neurológica crónica de naturaleza inflamatoria y autoinmunitaria caracterizada por el desarrollo de lesiones desmielinizantes, y de daño axonal en el sistema nervioso central. Pero esta vacuna podría desnaturalizar dichos daños.

Su preparación había sido extensa y comprometida. Cuando era bien joven ya apuntaba maneras en el campo de la biología. Pronto comenzó a trabajar para el grupo Fontanis, una de las mayores empresas farmacéuticas del país. Reconocida por sus superiores en varios carteles científicos, Marcela se consagró como una gran doctora. Le apasionaba su trabajo, hasta el punto de vivir por y para él.

Este estudio le traía de cabeza. Llevaba meses entre cultivos celulares y campos estériles de arañas, pero no obtenía resultados coherentes. Miles de experimentos, analíticas, gráficas y suposiciones que no llegaban a fin. A veces, era desesperante. Cerró el programa cuántico del ordenador y se dirigió a la entrada.

Aquella mañana, un descuido hizo que al cambiarse de ropa una de las arañas se colara en el bolsillo de su chaqueta. Sin percatarse de eso, Marcela abandonó el laboratorio. Una vez en casa, se desnudó y se dio una lenta ducha caliente. Lo necesitaba. Estaba exhausta y no era físicamente. Su mente tenía que desconectar de algún modo o acabaría enferma. Pero lo que acabó es mucho peor.

Al salir de la ducha y secarse con la toalla se dirigió a su dormitorio.  Se puso el camisón para estar cómoda y abrió la ventana para que entrara la luz del día. En ese preciso instante la araña que se había colado en su chaqueta salió del bolsillo. Al subir por la pared, un rayo de sol incidió en ella y esa energía contaminada se reflejó en Marcela. Sintió un pequeño hormigueo por todo su cuerpo. Pensó que igual estaba cogiendo frío, así que se puso un jersey. Cual fue su sorpresa que al meter un brazo en la manga, sus dedos se transformaron en pequeñas patas puntiagudas. ¿Qué estaba pasando?. Asustada se dirigió al espejo y comprobó como sus ojos se agrandaban por momentos. Entonces vio que de su labio superior crecía un bigote extremo, pelos súper largos que se proyectaban en todas direcciones. Su cuerpo estaba sufriendo una horrible transformación. ¡Dios mío. Era una araña gigante!

Todo fue muy rápido e inusual. Marcela chillaba desconsolada pero sus gritos se oían como pequeños pitidos molestos. No sabía qué hacer. Estaba sola y con aquellas patas no era capaz de coger el móvil. Si sus gritos no se oían,  sus palabras menos. Intentaba hablar pero nada de lo que decía se entendía. Estaba perdida. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Cómo iba a salir así a la calle?

Intentó tranquilizarse y se sorprendió cuando cazó una mosca que pasaba por allí. ¡Dios mío! ¿Se acababa de comer una mosca? Por un momento pensó con claridad. Si el rayo solar incidió sobre una pequeña araña y eso se proyectó en ella e hizo esa horrenda transformación, a la inversa debería solucionarse. Antes de que se fuera el sol, abrió la persiana como pudo. El sol iba apagándose por el atardecer, pero aún calentaba algo. Buscó ropa, restos de su cepillo de pelo, cualquier cosa que tuviera parte de ella. ¡Las bragas de ese día!. Sus células debían estar presentes para devolverle su apariencia natural.

Paciente, puso todos estos objetos al sol esperando un milagro.  El tiempo pasaba y ella solo notaba como de sus orificios salía una sustancia tipo seda. ¡No por dios! No era momento de tejer una telaraña, ¡No!

Pero sí,  inconscientemente estaba tejiendo lo que sería su coto de caza. Entonces ocurrió.  Uno de los últimos rayos incidió sobre sus bragas. Y ¡ale hop! Su cuerpo volvió a ser su cuerpo. Alucinada se miró las manos, se tocó la cara. Todo parecía estar en orden. No quedaban restos de arácnido en ella. Cogió su móvil y llamó inmediatamente a su jefe. A medida que le iba relatando lo ocurrido, él no parecía creerla.

Al día siguiente la ingresaron en psiquiatría.

 

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