Su voz interior la animaba a
seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.
Padecía
esclerosis múltiple desde hacía cinco años. Esta enfermedad es neurológica y
crónica, de naturaleza inflamatoria y autoinmunitaria. Se caracteriza por el
desarrollo de lesiones desmielinizantes y de daño axonal en el sistema nervioso
central. Vamos, que poco a poco te vas consumiendo debido a la falta de
movimientos. No hay cura posible a día de hoy y los tratamientos no avanzan
mucho.
La taza de
café rodó por el suelo. Hasta ahora solo
se le paralizaban de vez en cuando las piernas, pero comenzaba a darse esta
parálisis espontánea también en los brazos. Una lágrima recorrió su cara. Con
lo deportista que había sido siempre, la de cosas que le quedaban por hacer y
verse así de la noche a la mañana. No era justo. Abrió su diario y escribió en
él. De vez en cuando un hormigueo invadía sus dedos. No quería pensar en el
mañana, pero era inevitable dadas las circunstancias. Tan solo pedía que sus
dedos no se durmieran, la posibilidad de evadirse escribiendo era lo único que
deseaba. A sus cuarenta y tres años, tenía escritos cinco libros, los cuales no
habían visto nunca la luz del éxito. Pero eso no importaba, ella escribía como
terapia, para y por su bienestar. Su
enfermedad iba consumiendo su cuerpo, pero su cerebro estaba al cien por cien.
Muchas ideas se agolpaban en su mente.
Necesitaba plasmarlas y ordenarlas en el papel. Así que, eso hacía. Al
pasar los días tenía cientos y cientos de hojas acumuladas en su escritorio. Su
voz interior era un sinfín de notas que acompañaban la música de su corazón.
Marta no
quería rendirse. No lo haría. Lucharía hasta el final. Tenía el apoyo de los
suyos y el cariño de todos. En
rehabilitación conoció a Marcos, un fisioterapeuta apuesto y guapo. Sólo por
verle, Marta sacaba fuerzas de donde no había nada. Hablaban durante las
sesiones de todo un poco. Se hacía ameno junto a él. Luego volvía a su cruda
realidad, donde ya no podía hacer vida normal.
Cinco meses
después de haber escrito su sexto libro quedó inmovilizada totalmente de
cintura para abajo. No volvería a andar.
Estaba sumida en una fuerte depresión. Incapaz de afrontar la realidad, pensó
en el suicidio. No iba a mejorar y no quería sufrir más y de esa manera. Sus
familiares no notaron nada. Nadie percibió que se rendía. Era pronto para eso.
Todas las noches escribía durante horas, viajaba por el mundo a través de sus
palabras. Volvía a correr, saltar, nadar. Y soñaba. Soñaba con una solución a este malestar. A
como se encontraba una cura, a como volvía a ser la que era.
La mañana se
abría paso en el día. Un tímido rayo de sol iluminaba su cuarto. Yacía sobre su
cama con una nota entre sus manos. Nadie lo
quería pero estaba segura que muchos lo comprenderían.
Su voz
interior la animaba a seguir, pero los ecos de su voz externa eran más fuertes.
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