Me estoy
quedando sorda. Genética me han dicho. Dos de mis tías lo son y a mi, pues me
ha tocado. La verdad que si me paro a pensar, casi es mejor no oír lo que se
dice a mi alrededor. En esta vida se hablan muchas cosas innecesarias, superfluas, vacías
de contenido. Para cuando sale una conversación decente, se han dicho miles de
chorradas. Así que sí, me quedo sorda, pero me quedan más sentidos. Aunque un
poco atrofiados, todo sea dicho. De la vista me he operado tres veces, tengo un
ojo vago que decidía ir por libre. Para enderezarlo ha hecho falta tres
intervenciones quirúrgicas de las cuales, al final, he quedado contenta. Pues
eso, ojo rebelde y oído muerto. Un cromo de mujer soy. Aún así, me enfrento a mi existencia con una sonrisa.
Sonrisa que también me ha costado lo mío. A día de hoy llevo tres implantes
dentales, un desembolso de unos seis mil euros. Casi nada. Vamos, que soy como
Robocop, entre hierros en la boca y aparatos en el oído, solo me queda fulminar
a la gente con algún rayo láser. Oye pues no estaría mal eso, a más de uno/a ya
me habría cargado.
Y
yo me pregunto , ¿es necesario tanta parafernalia para agradar a los demás? Más
bien, es para agradarme a mí misma.
Porque sentirse bien es la base de todo lo demás. Si estás agusto contigo misma, crece tu
autoestima y tu manera de proceder. Los miedos se disipan si te empoderas. Todo
es más fácil. Sobrellevar los problemas y hasta enfrentarse a los conflictos
con otra mirada. La vida es más sencilla si la sabes manejar con soltura y para
ello has de quererte. Por eso, todo lo que sea mejorar vale la pena. Pero
volviendo a mi sordera, parece ser que es irreversible. Así que encargué un
audífono, otros tropecientos euros. Todo sea por mi bienestar.
El
día que fui a recogerlo llovía intensamente como es habitual en Donosti. No sé si hay vida después de la muerte, ni de
si todo este gasto sirve para prepararme para ella. Al fin y al cabo, cuando
esté muerta, ni mis implantes, ni mi ojo, ni mi audífono me salvarán de tal
soledad. Viva lo que viva, quiero hacerlo de la mejor manera posible. Porque si
puedo disfrutar de mi existencia terrenal, eso que me habré llevado.
Cuando me lo pusieron quedé asombrada. Podía
escuchar hasta mi respiración y aunque parezca algo carente de contenido, para
mí fue todo un hallazgo. Escuchaba todo nítido y claro. Lo peor fue el desembolso. Estas cosas
no están financiadas al 100% por la seguridad social, y baratas no son
precisamente. Menos mal que gracias a mi padre, había ahorrado el año anterior.
Él me supervisaba los gastos. Era como un tutor financiero. Aunque nunca dejó
de ejercer de padre. Claro que era esa opción o tutelarme por el juzgado debido
a otros problemas añadidos. Soy una mano rota y si no tomaban medidas iba en
declive absoluto. Pues eso, lo pagué. Lo
que yo no sabía es que aquel aparato venía con sorpresa. Con él podía escuchar
hasta los mas profundos deseos de las personas. Una auténtica maravilla de la
que podría sacar provecho.
El
agua se me metía en los zapatos, tenía los calcetines húmedos y estaba muy
incómoda. Decidí coger el autobús para volver a casa. Iba disfrutando de cada
sonido, el graznar de las gaviotas, el mar al romper en la orilla, hasta que
llegué a la parada. La gente guardaba fila en silencio. De repente escuché
decir “ Vaya mierda de tiempo“. Miré a un lado y a otro, pero no supe adivinar
quién lo había dicho. Y es que nadie había hablado. Me ajusté el volumen del
aparato y entré al autobús. Cuando en la siguiente parada se subió una mujer
cincuentona, descubrí que mi audífono tenía poderes. Aquella mujer saludó
efusivamente a otra, “ Hola Conchi. Cuánto tiempo. Qué guapa estás “. Y a
continuación la misma voz en off decía “ Qué horrible. Qué mal envejecer” .
Asombrada, me percaté que solo yo podía escuchar esos pensamientos. Fue como un regalo divino que se me había
otorgado. Silenciosa me dediqué a escuchar atentamente a mi alrededor. Sentada
junto a un chico joven descubrí sus miedos e inseguridades. Él iba pensando en sus cosas y todas ellas se
me revelaban con su voz en mi cabeza. Qué pena, tan joven y perdido, pensé. Me
di cuenta de la falsedad de la gente. Nunca decimos lo que pensamos, solo
adornamos nuestras palabras. “ Qué alegría verte”, cuando en realidad se
piensa, ‘Uff, ahora ¿qué le cuento yo a esta? ”. Alucinaba con mi nuevo poder.
Entre parada y parada me enteré de cosas que jamás hubiera imaginado saber.
Probé
a usar mi poder con mi madre, pero parece que solo funciona en distancias
cortas, porque en una llamada telefónica no conseguí saber lo que ella pensaba
mientras me hablaba. Hubiera estado bien. Hablar, mantener una conversación y saber en
realidad qué es lo que la otra persona piensa. Alucinante.
Estoy
deseando que llegue el lunes. Va a ser divertido probarlo en el trabajo.
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