Te quedarás en silla de ruedas. Esa fue la conclusión.
Como un jarro de agua fría, mi médico me soltó aquello, sin anestesia previa,
sin miramientos. Debía tomar una decisión,
la decisión más importante de mi existencia y de la que dependería mi
futuro. Fuera como fuera, yo seguiría adelante
con mi embarazo.
Desde que nací, un lipoma vertebral se
aposentó en mi espalda. Crecí y viví con
él sin problemas, hasta que quise ser madre. Al quedarme embarazada aquel
lipoma vertebral se volvió “loco” dentro de mi espalda causándome problemas
medulares. Si seguía adelante con mi futuro hijo/a lo más probable es que yo no
volviera a andar. Parece fácil pensar que la no concepción hubiera sido la
solución, pero yo no sabía que aquel cúmulo de grasa podría acarrearme tantos
problemas. Los médicos nunca me dijeron que el quedarme embarazada fuera a
impedir tantas cosas en mi vida. No pensaron en las consecuencias. Ni siquiera
me advirtieron de ello.
Me dolía la espalda, se me dormían los pies. Síntomas propios del
embarazo decían, síntomas demasiado fuertes para serlo. Así que, como
comprenderéis, al quinto mes de embarazo era muy duro rechazar lo irrechazable.
Sería madre, y lucharía por ello. Posiblemente me pusieron al tanto de tal
decisión, posiblemente. Quizá ellos pensaban que el aborto sería lo mejor para mí.
Fue mi opción y creo que la más acertada, aunque hoy por hoy no pueda correr
detrás de mí niña.
Tras dar a luz, me operaron para
extraer el lipoma y tuve muchos problemas de movilidad. Me podía haber hundido en la miseria, me
podía haber rendido y aceptado que las cosas son así. Pero no, la respuesta es
no. No pienso conformarme con todo esto. Y sí, la aptitud es sí, ante la
mejoría que pueda venir. Tras la operación, me vi inmóvil en una camilla y
pensé “esto no podrá conmigo”. Si necesitaba tres horas diarias de
rehabilitación, yo hacía seis. Si la tristeza se adueñaba de mí, pensaba en mi
marido y mi hija. Mis motores, mis anhelos, mis guías. Hubo instantes
duros, en los que me hubiera rendido,
pero yo volvería a andar. Y tanto que lo haría.
Nos preocupamos por un mal día en el
trabajo, por el chismorreo que hay en la comunidad, por si nuestro equipo
pierde y se juega la liga, por si llegaré o no a fin de mes. Pero lo realmente
jodido es ver que no puedes coger en brazos a tu bebé, que ni siquiera puedes
peinarte o darte la vuelta en la cama. Que necesitas ayuda para todo, dependes
de quién te rodea pero a la vez todos dependen de ti. Es duro, sí, pero
asumiendo mi derrota no lo iba a conseguir.
Después de año y medio anduve con
muletas, a día de hoy tan solo ando con un bastón. Nadie me dijo que lo
conseguiría, pero a base de esfuerzo y cabezonería, así está siendo. Ahínco personal y apoyo de
los míos. Y sobre todo, dinero, muchísimo dinero. La rehabilitación severa a la
que me someto no es gratis ni está financiada por nuestra seguridad social. Por
tanto, no todo el mundo está al alcance de ello. La salud es lo más importante
dicen, pero nadie dice que compren nuestra salud. Así que, hoy por hoy, me he
endeudado para mí bienestar. Y doy gracias a ello, a poder superarme cada
día, a poder ver crecer a mi chica y dar
un pasito más cada mañana.
Me trasladé con mi familia a Toledo,
al hospital de parapléjicos. Estancia dura, sin duda. Los últimos meses los
pasé sola, sin poder amamantar a mi criatura, sin besar a mi amigo y cómplice.
¿Mereció la pena tanto esfuerzo?¿Qué hubiera pasado si hubiera tomado otra
decisión? Sin dudarlo, hubiera decidido una y mil veces tener a mi hija
conmigo. Aunque me hubiera quedado en silla de ruedas. Mi vida ya no será igual
nunca, pero puedo decir que he luchado, y que esa lucha constante ha dado sus
frutos.
Sé que algún día miraré hacia atrás y suspiraré
orgullosa de todo lo que he conseguido. He dado vida y me han devuelto alegría.
He superado una inmóvil situación y he recibido movimiento. Movimiento y energía, mucha energía. Nada
será igual a partir de este momento. Porque ahora estás tú. Y tu sola presencia
me hace sentir bien. Ríe al verme. Mi decisión fue la acertada.

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