Al
abrazarle acaricié el dragón de su brazo. Su piel era suave, mis dedos se
deslizaban sobre aquel tatuaje que cobraba vida en mis manos. En algunas zonas
estaba abultado, como con relieve respecto al resto del cuerpo. Me encantaba
ese dragón. Simbolizaba lo guerrero que él era y la delicadeza con que actuaba
ante la vida. Y así era. Jules sabía qué decir y qué hacer en cada momento. Llevábamos
ocho años de noviazgo y pronto seríamos mamá y papá.
Esperábamos
un niño, un enano que nos sacaría de la monotonía y que nos alegraría la
existencia. No estaba siendo un embarazo fácil.
Mi edad, ya avanzada para ser madre, y mis problemas con la medicación
que debía tomar para mí salud mental, complicaban las cosas.
Litio
es lo que tomaba a diario. Era un estabilizador del ánimo del cual no podía
prescindir. Pero aquellas pastillas producían malformaciones en el feto, así
que tuve que decidir, o seguir adelante
sin medicarme o interrumpir el embarazo. Por supuesto, me arriesgué.
Teníamos
muchas ganas de ser padres, era una unión, una simbiosis perfecta de la cual
nacería nuestro hijo. Tuve alguna crisis debido a la falta de litio, pero fueron depresiones pasajeras. Gracias a Jules, superé aquellas rachas de
tristeza y desolación. Aún recuerdo el día que supe que estaba embarazada. Me
hice un test en el baño. Jules esperaba impaciente tras la puerta, sentado en
el sofá de casa, viendo algún documental en la tablet. Cuando le dije que si,
que esta vez si, sus ojos brillaron y se emocionaron. Realmente nuestro enano era un hijo muy
deseado.
Por
supuesto no fue fácil para ninguno. Tuve que guardar reposo durante tres meses
por riesgo de desprendimiento. Mi útero ya no era un útero firme y joven. Durante aquel tiempo, Jules estuvo a la
altura en todo momento. Me cuidó y mimó lo mejor que pudo. Yo me sentía la
mujer más afortunada.
Pasaban
los días y tú crecías en mi tripita un poco más. Dabas patadas y te apoyabas
con tus manitas en mí. Solíamos ponerte música, baladas rockeras con los cascos
de tu padre en mi barriga. Debía gustarte porque te calmabas al instante. Todo
era perfecto. Todo era ideal.
Nacerías
en Noviembre, a mediados si todo iba bien. Ya era Octubre y mi panza era
redonda y grande. Yo la lucía orgullosa bajo mis vestidos premamá. Tu padre y
yo paseábamos por las calles de Donosti,
observábamos romper al mar desde Ondarreta, contemplábamos los
atardeceres juntos y hablábamos de ti. Eras nuestra mayor satisfacción, nuestro plan de futuro, nuestro enano.
Entre
Aimar y Eneko estaba la cosa. Queríamos un nombre vasco para ti. Un nombre que
te representara tal cual eras. Lo decidiríamos al verte la carita. Cuando
nacieras todas nuestras dudas se
resolverían.
Y
llegó el día. Comencé un día 10 con fuertes contracciones. Teníamos todo a
medio preparar, porque yo salía de cuentas el día 12. Jules condujo rápido y seguro al hospital.
Allí estuve 48 horas, entre dolores y desgarros. El parto me produjo un trombo
mortal, debido a la medicación que tantos años estuve tomando y que dejé de repente
para seguir con el embarazo.
Pude
verte la carita, mi enano, pude sentir
tu olor y tu tacto en mí antes de morir.
Sin
previo aviso, aquel trombo colapsó mí corazón . En la misma sala de partos
marché para no volver. Nada pudieron hacer por mí.
Tu
padre decidió llamarte Eneko. Su significado es mi pequeño. Nuestro pequeño enano.

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