El
goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.
Aquel
grifo lleno de cal me martirizaba todas las noches. “Algún día tendré que
cambiarlo”, pensé. Me di la vuelta en la cama y cerré de nuevo los ojos. Pero
era una tortura. Cada gota emitía un sonido más hueco, más profundo. Dentro de
mi cabeza se oía hasta el eco de cada gota al caer, como un sinfín de pequeñas
notas musicales mal coordinadas. Vencida, me levanté. Eran las cinco de la madrugada. Aún quedaban
dos horas para comenzar el día. Puse en marcha la cafetera mientras intentaba
sin éxito cerrar el maldito grifo.
Sonó
la puerta. Me tiré el café encima del susto. “ Eran las cinco y media, ¿Quién
iba a llamar a esas horas? “. Me aproximé a la puerta de entrada, miré por la
mirilla. No vi a nadie pero el descansillo estaba iluminado. Suspiré y me hice
otro café. Cuando estaba metiendo la taza en el microondas volvió a sonar el
timbre. Volví a la puerta. Hasta donde alcanzaba mi vista seguía vacío el
descansillo. Esta vez pregunté quién era. No hubo contestación. Empecé a acojonarme. No iba a abrir la puerta
así como así. Entonces sonó el timbre de nuevo. Esta vez dos veces. Y golpearon
la puerta de manera violenta, dos, tres, hasta cuatro veces seguidas. Estaba
temblando de miedo. No me atrevía a mirar de nuevo a través de la mirilla. Decidí
darme una ducha matutina para tranquilizarme. Con el sonido de los golpes en mi
puerta aún resonando en mi interior, me desnudé. Una vez dentro, con el agua
tibia cayendo sobre mí, me pareció oír de nuevo el timbre. Hice caso omiso. La
mampara y el vaho me impedían ver más allá del baño. Salí y me sequé con
suavidad. Cuando alcé la cabeza encontré en el espejo del baño la palabra KILL
escrita. Entonces si que me bloqueé. Miré a todos los lados posibles y
existentes. Me quedé paralizada. Alguien más estaba en mi estudio.
El
goteo era incesante. Como un bucle que no acaba de culminar.
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