La abuela estaba tiesa. Estaba tiesa y olía a canela.
Me la encontré quieta en su butaca esa mañana de noviembre. Debió quedarse
tiesa mientras veía la novela la tarde anterior. Tiesa y fría había pasado
horas allí ella sola. No supe muy bien que hacer. La observaba en la distancia
primero, luego me acerqué. No respiraba y estaba tiesa. Siempre fue una mujer
adelantada a su tiempo. Una moderna
aventajada. Tuvo tres maridos. Supo exprimir lo mejor de cada uno. Yo tengo
primos que ni conozco, primos segundos,
terceros que ni he visto. Tíos y tías que ni sé sus nombres. La abuela
tuvo mucha vida, muchos hijos e hijas.
Pero ahora estaba ahí, tiesa. Llamé a mamá y
le conté que la abuela no se movía, no respiraba y su piel estaba apagada.
Entonces vinieron los sanitarios y confirmaron su muerte. La abuela parecía
sonreírme cuando la taparon con un papel metálico. Era como el papel albal
que usaba ella para envolver mis tuppers siempre que me daba comidas.
Era muy buena cocinera. A todos nos gustaba su tortilla pero sobre todo su
cocido. No había mejor cocido que el de la abuela. Pero ahora en mi mente está
fija una imagen. La imagen de la abuela tiesa en la butaca. No puedo recordarla
de otra manera. Mi cerebro no procesa otra cosa. Y el olor a canela ahora me
recuerda siempre a ella.
Sus grandes ojos color coca cola
ahora están cerrados. Su piel luce en la sombría del salón de su casa. En él
aún están sus ovillos, de multitud de colores. La abuela nos hizo mantas a
todos antes de morir. Las hizo con sus propias manos, algo arrugadas y
temblorosas. Eran mantas a base de cuadrados perfectamente alineados y tonalidades
bien conjugadas. Eso es lo que nos dejó la abuela. Mantas multicolor. Y es que
no había nadie como la abuela. La luz de su rostro, enérgica y jovial,
transmitía paz y tranquilidad. Era dulce y enternecedora. Una mujer de bandera.
Una mujer completa.
La abuela estaba tiesa. Estaba tiesa
y olía a canela.

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