domingo, 19 de mayo de 2024

ABSALON



En la cama pensé que era un ingenuo. Y lo era, ya lo creo que lo era. Me levanté. El calor era insoportable. Mientras accedía a los datos de mi ordenador, la temperatura avanzaba. Era horroroso.

Cuando mi portátil accedió a la aplicación informática de mi empresa, puse en marcha el aire acondicionado. Algo raro sucedió. Como si de miles de turbinas robotizadas se tratara, un ruido ensordecedor invadió la sala de estar.  Me aproximé al aparato con la intención de limpiar de polvo el acceso principal. Entonces, sin previo aviso,  fui absorbido por aquel aparato. Primero fue mi mano, sentí un cosquilleo en los dedos, y aquel hormigueo se fue extendiendo por todo mi cuerpo. La oscuridad invadía mi mente, no respiré por unos segundos. Acto seguido volví a sentir el hormigueo, esta vez en mis piernas que tocaron suelo firme tras un leve chasquido. Confundido miré a uno y otro lado. Estaba en una sala blanca, las paredes relucían y no había  muebles de ningún tipo. ¿Dónde estaba?

Unos tacones se aproximaron a mí.

 — Bienvenido Jonás.

Una voz sumamente robótica me habló sin ningún tipo de expresión. 

             Esto es Absalón. Tratamos de estudiar la inmortalidad en los seres humanos como tú. Gracias a tu genética podrás alcanzar la inmortalidad absoluta. Aún estamos en pruebas. 

La mujer dio la vuelta y comenzó a andar hacia lo que parecía una pared blanca. En un instante, se esfumó.  La sala blanca quedó así,  blanca.  En ese preciso momento, se hizo la oscuridad en la sala. Absalón quedó en penumbra.  Comencé a correr de un lado a otro de la sala. Golpeé las paredes de mármol.

Todo estaba en silencio. 

Agotado, me senté en medio de aquel cubículo y lloré.

Entonces, una luz iluminó mi figura. Se agrandaba formando un círculo perfecto sobre mí.

Una voz varonil, en off, me habló.

             Jonás, permanecerás en Absalón sólo un mes. Un mes para el mundo terrenal, pero cincuenta millones de años más para el universo estelar. Tus familiares y amigos no notarán tu ausencia. Nos hemos encargado de ello. 

             ¿Con qué derecho hacen esto?¿Cómo qué no lo notarán? Esto es un secuestro en toda regla.

Abrumado, me resigné a aquello. No podía luchar contra algo así.  Estaba atrapado, sin salida. Sólo quería salir de allí. ¿Qué podía hacer? Pensando en todo aquello, me quedé dormido. Desperté sobre mi cama, en mi apartamento. Quizá todo había sido un mal sueño.  Me miré las manos, moví los dedos. Me dirigí al salón y todo estaba en orden.  Mi ordenador, mi móvil y sobre todo el aire apagado. Importante detalle. Me prometí a mí mismo no encenderlo jamás. Telefoneé a mi novia. Aparentemente todo parecía normal. Ella no había notado mi ausencia. Quizá no hubiera pasado nada de lo que había vivido en realidad. Estaba muy confuso.

Encendí el portátil. La pantalla de inicio estaba diferente, había un icono nuevo. Hice doble clic en él. Entonces un programa desconocido para mí, se abrió. “Absalón está ejecutándose...”

Cerré de golpe el portátil. Apresurado me acerqué a la puerta de casa con intención de salir, pero la cerradura estaba trucada. La llave no correspondía con el cerrojo. Estaba atrapado. Llamé al 091. Sin saber como explicar lo que estaba sucediendo,  esperé el tono de llamada. Cuando descolgaron, la ya familiar voz en off me preguntó qué sucedía.

¡No podía ser. Esto era una locura! “¿Qué estaba pasando?”.

                         ***

Locura transitoria, paranoia, brote psicótico. El informe psiquiátrico era claro y contundente. Había experimentado un trastorno mental. Pero era tan real, tan palpable,  tan cierto…

Según mi médico nada de lo relatado coincidía con la vida real. A causa del estrés, pude crear en base a mis pensamientos el mundo de Absalón.   Confundido, acepté el diagnóstico asignado.

Al salir de la consulta, la puerta del psiquiatra resonó fuertemente. Una placa con su nombre se giró levemente, cayendo hacia un lado. Tras la placa se podía intuir la palabra Absalón tallada sobre la madera de la puerta.

 

 

 

 

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