En la cama pensé
que era un ingenuo. Y lo era, ya lo creo que lo era. Me levanté. El calor era
insoportable. Mientras accedía a los datos de mi ordenador, la temperatura
avanzaba. Era horroroso.
Cuando
mi portátil accedió a la aplicación informática de mi empresa, puse en marcha
el aire acondicionado. Algo raro sucedió. Como si de miles de turbinas
robotizadas se tratara, un ruido ensordecedor invadió la sala de estar. Me aproximé al aparato con la intención de
limpiar de polvo el acceso principal. Entonces, sin previo aviso, fui absorbido por aquel aparato. Primero fue mi
mano, sentí un cosquilleo en los dedos, y aquel hormigueo se fue extendiendo
por todo mi cuerpo. La oscuridad invadía mi mente, no respiré por unos segundos.
Acto seguido volví a sentir el hormigueo, esta vez en mis piernas que tocaron
suelo firme tras un leve chasquido. Confundido miré a uno y otro lado. Estaba
en una sala blanca, las paredes relucían y no había muebles de ningún tipo. ¿Dónde estaba?
Unos
tacones se aproximaron a mí.
— Bienvenido Jonás.
Una
voz sumamente robótica me habló sin ningún tipo de expresión.
—
Esto
es Absalón. Tratamos de estudiar la inmortalidad en los seres humanos como tú.
Gracias a tu genética podrás alcanzar la inmortalidad absoluta. Aún estamos en
pruebas.
La
mujer dio la vuelta y comenzó a andar hacia lo que parecía una pared blanca. En
un instante, se esfumó. La sala blanca
quedó así, blanca. En ese preciso momento, se hizo la oscuridad
en la sala. Absalón quedó en penumbra. Comencé
a correr de un lado a otro de la sala. Golpeé las paredes de mármol.
Todo
estaba en silencio.
Agotado,
me senté en medio de aquel cubículo y lloré.
Entonces,
una luz iluminó mi figura. Se agrandaba formando un círculo perfecto sobre mí.
Una
voz varonil, en off, me habló.
—
Jonás,
permanecerás en Absalón sólo un mes. Un mes para el mundo terrenal, pero
cincuenta millones de años más para el universo estelar. Tus familiares y
amigos no notarán tu ausencia. Nos hemos encargado de ello.
—
¿Con
qué derecho hacen esto?¿Cómo qué no lo notarán? Esto es un secuestro en toda
regla.
Abrumado,
me resigné a aquello. No podía luchar contra algo así. Estaba atrapado, sin salida. Sólo quería
salir de allí. ¿Qué podía hacer? Pensando en todo aquello, me quedé dormido. Desperté
sobre mi cama, en mi apartamento. Quizá todo había sido un mal sueño. Me miré las manos, moví los dedos. Me dirigí al
salón y todo estaba en orden. Mi
ordenador, mi móvil y sobre todo el aire apagado. Importante detalle. Me prometí
a mí mismo no encenderlo jamás. Telefoneé a mi novia. Aparentemente todo
parecía normal. Ella no había notado mi ausencia. Quizá no hubiera pasado nada
de lo que había vivido en realidad. Estaba muy confuso.
Encendí
el portátil. La pantalla de inicio estaba diferente, había un icono nuevo. Hice
doble clic en él. Entonces un programa desconocido para mí, se abrió. “Absalón
está ejecutándose...”
Cerré
de golpe el portátil. Apresurado me acerqué a la puerta de casa con intención
de salir, pero la cerradura estaba trucada. La llave no correspondía con el
cerrojo. Estaba atrapado. Llamé al 091. Sin saber como explicar lo que estaba
sucediendo, esperé el tono de llamada.
Cuando descolgaron, la ya familiar voz en off me preguntó qué sucedía.
¡No
podía ser. Esto era una locura! “¿Qué estaba pasando?”.
***
Locura
transitoria, paranoia, brote psicótico. El informe psiquiátrico era claro y
contundente. Había experimentado un trastorno mental. Pero era tan real, tan
palpable, tan cierto…
Según
mi médico nada de lo relatado coincidía con la vida real. A causa del estrés,
pude crear en base a mis pensamientos el mundo de Absalón. Confundido, acepté el diagnóstico asignado.
Al
salir de la consulta, la puerta del psiquiatra resonó fuertemente. Una placa
con su nombre se giró levemente, cayendo hacia un lado. Tras la placa se podía
intuir la palabra Absalón tallada sobre la madera de la puerta.

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