
La silueta de mi hija se
movía alegremente en la arena de la playa. De un lado a otro, de arriba abajo,
bailando en aquel paisaje veraniego y lleno de luz. Había sido un año duro y
lleno de contratiempos. Pero allí estaba la recompensa. Nuestro merecido
descanso en el mar.
Vivíamos en el céntrico barrio de
Lavapiés, en Madrid. Era un barrio
multicultural, donde mi hija crecía y aprendía sobre ella misma y los demás.
Siempre había sido una chica muy avispada, llena de cariño. Risueña, competitiva,
buena amiga, adorable y leal. No solía tener problemas para relacionarse
con la gente, así que esas vacaciones,
tenía gran ilusión por ir al mar, pero a la vez, echaría en falta a sus amigos.
Marisa jugaba con los cubos de arena, creando
su pequeño mundo. Princesas encarceladas en un castillo. Príncipes valientes
que las rescataban. Todo idílico y fantasioso. Todo como debería ser en la
mente de una niña de siete años. Su madre, o sea yo, no le había prestado toda
la atención que ella merecía. El trabajo y mi vida sentimental habían ocupado
la mayor parte de mi tiempo. Así que, ahora, tocaba recuperarlo.
Era madre soltera por decisión propia. Marisa
no preguntaba nunca por su padre, así que yo tenía una preocupación menos. No
le desvelé quien era, y ella nunca se lo cuestionó. Se limitaba a abrazarme y a
reír conmigo en la orilla, y eso era suficiente. Mientras leía sobre la toalla,
Marisa danzaba y jugaba con las olas. Era una niña feliz.
Aquella misma tarde, la dejé en el hotel con
mi madre. Me había apuntado a unas clases de buceo. Marisa se quedó encantada
con su abuela. Juntas iban a jugar a las cartas mientras disfrutaban de una
copa de helado.
Pero yo no regresé.
Una mala práctica hizo que una gran ola me
estampara contra las grandes rocas. Mi cráneo no aguantó el golpe y fallecí en
aquellas aguas cristalinas.
Marisa tuvo que madurar antes de tiempo. Su
vida se vio truncada con mi marcha y una amarga sensación ocupó su
corazón. Sufrió una obligada
transformación. De niña angelical, delicada
y pura, a una mujercita triste y solitaria. Mi ausencia supuso un duro trago para todos. Mi hija,
lejos de hundirse, sacó fortaleza y convivió con mi madre, quién tanto la
necesitaba. Entre las dos pusieron coraza al sufrimiento. Se unieron más si
cabe y afrontaron la vida sin mí.
Yo las guío desde aquí, donde siempre velaré por ellas.

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