Todos hemos sentido alguna vez ese vacío interno. Cuando nada luce en
nosotros, cuando estamos al borde del precipicio. Cuando todo es oscuro y gris.
La sola idea de seguir adelante nos pesa, nos hiere y aleja. Nada tiene sentido,
nada fluye. Nos atormentamos y nos rendimos porque nuestro esfuerzo no se ve
recompensado. La tristeza viene para quedarse y el llanto nace de lo más íntimo
para liberarnos.
No es malo sentirse débil. La apatía, soledad y desesperación son necesarias
para volver a estar en pie.
A veces, el mundo calla para luego estallar y lanzarnos alto.

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