miércoles, 1 de junio de 2016







EL MUNDO AL REVÉS

Nunca he estado en una cárcel. De momento. Pero si ingresada en psiquiatría que no sé yo si es peor.
Allí entras para curarte. En la cárcel para reformarte y cumplir condena por aquello que hayas cometido. Dudo mucho que se torture a los presos, tienen todo tipo de comodidades, en cambio en psiquiatría se curan en salud atándote a la cama, por si acaso. En fin. Así van las cosas.
Manuel cumplía treinta y cinco años el mismo día que ingresó en el centro penitenciario de Meco. ¿Su delito?, desobediencia a la autoridad, falseamiento de documentos y robo a dos coches. La condena era de un año pero podría quedarse en menos por buen comportamiento.
Buen comportamiento, si. ¿ Cómo iba él a comportarse en aquel lugar?. Era un triste acontecimiento, robó por necesidad , pensaba vender las piezas, y más angustioso sería aquello para su mujer e hija, de las cuales poco sabría en aquel año.
El funcionario de prisiones le acompañó a su celda y le explicó todas las normas y horarios establecidos.
Quedaba media hora para la cena. Manuel depositó sus pertenencias en aquella celda, se sentó en la cama y rompió a llorar.
Su mente estaba bloqueada y no tenía ganas más que de morir. No aguantaría un año allí, encerrado y aislado. En el rellano se oían voces de los presos que comenzaban a hacer fila para recoger sus bandejas.
El mismo funcionario de antes le abrió la celda y le animó a salir. Vamos chaval, es hora de cenar.
Manuel se secó las lágrimas y bajó al comedor. Todos le miraban y observaban, diagnosticando cada gesto, cada movimiento y cada frase que aún no había pronunciado.
Sintió verdadero pánico. Sentirse un extraño entre gente que posiblemente habían cometido delitos más graves que el suyo, era aterrador.
Cuando se sirvió la comida, buscó tanteando un sitio solitario, pero todas las mesas estaban ocupadas. Un hombre corpulento le hizo un gesto invitándole a sentarse a su lado. Manuel se acercó temblando. Tranquilo amigo, todos hemos pasado por lo que tú estás pasando ahora.
Gracias, le dijo Manuel. La verdad que aquel hombre le hizo más cómoda la cena. Hablaron de sus cometidos, del porqué estaban allí. Patricio, que así se llamaba, ya había cumplido seis meses allí y parecía ser bastante respetado por el resto de presos. Lo importante es hacerte valorar chaval. No dejes que ninguno de éstos mamarrachos te hiera. Marca tus pautas y no tendrás problemas.
Acabó de cenar, se levantó y se marchó, sin más. No dijo ni adiós. Manuel no podía ingerir ni un pedazo de lo que había en su bandeja. Tenía el estómago cerrado y lo que más le preocupaba era no haberse podido despedir de su hija. Fátima no quiso llevarla consigo.
Aquella noche fue larga. Sólo se oían ronquidos que provenían de las otras celdas. Manuel se dedicó a leer, leyó mucho durante su estancia, sobre todo ciencia ficción. Soñaba con tener poderes, exterminar los barrotes con los rayos láser de sus ojos y volar, volar alto y lejos, allá donde nadie pudiera acusarle ni molestar.
De Patricio no supo nada más hasta el día de las visitas. Coincidieron en la sala. A él le vino a visitar su mujer, pero Patricio recibió la visita de una adolescente, no tendría ni veinte años. Ella chillaba mucho, lloraba y se desesperaba frente a él.
Fátima también lloró al ver a Manuel, pero de una manera más sentida y silenciosa. ¿por qué lo hiciste?, mi madre nos podría haber ayudado.¿ Qué necesidad tenías cariño?.
No supo bien que contestar. Estaban muy apurados de dinero si, y en aquellos momentos no vio otra solución . Un año pasa rápido o puede ser el año más eterno Manuel. Y lo más grave es que esto quedará marcado en tu vida posterior. ¿Quien te va a contratar?.
Nadie, la respuesta estaba clara. Nadie querría que un hombre ex preso, ex delincuente, formará parte de ninguna empresa. Lo tenían muy complicado.
No te pido que me perdones, ya que no lo harás. Tu futuro será mejor sin mi. Te quiero con locura, pero es mejor que sigas tu vida. Sólo te suplico que sigas dejándome ver a Amaya durante el resto de mi vida.
Fátima asintió, lloró más intensamente, le besó en los labios y se marchó.
Un fallo, un error, un vertiginoso acto cambió por completo la vida de Manuel. Ahora se encontraba sólo, sin esperanza. La vida le estaba dando una lección, pero él no quiso aprenderla.
Sólo habían pasado cuatro meses cuando encontraron su cuerpo en la celda, ahorcado.
Había dejado una nota para su hija. “Fui el hombre más feliz al verte nacer, espero recuerdes nuestros juegos por siempre pequeña. Allá donde esté, te protegeré. No cometas los mismos errores que yo. La vida es maravillosa y tú serás mi princesa por el fin de los días. Suerte pequeña.”
La vida es distinta según quien la viva, pero todos tenemos marcado un destino. Cuando te encuentras indefenso, sólo ante la nada, es entonces cuando estás perdido. La justicia no es igual tampoco para según quién. Arruinar la vida de un hombre por robar para comer es patético desde un punto de vista social. Ahora si, condenar a míseras estancias penitenciarias, con tratos de favor a gente de élite que roba millonadas, eso sí que lo vemos bien.
El mundo al revés.




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